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Divague: Revista de ensayo literario | Vacilante

Vacilante

Vacilante

Por Jaime Medina

Cuando uno no está seguro de algo dice que no sabe. Alegar ignorancia, a diferencia de manifestar inseguridad, no termina en formas de condena que van desde suspiros y ojos en blanco disconformes hasta la pronunciación sentenciosa del «¡Mta!». Aunque nos sintamos ofendidos, no siempre reclamamos estos gestos, como si no estar seguros estuviera mal.

Titubear equivale a no hacer nada, o seguir haciendo lo mismo sin ningún cambio. Es una circunstancia mal ponderada porque se encuentra justo entre el sí hacer y el no hacer. La indecisión (la palabra lo enuncia y lo deja muy claro) no es lo mismo que decidir no hacer algo, por lo que no se deberían de confundir estas situaciones tan fácilmente.

La experiencia que más ilustra dudar, según yo, es la de llegar a un crucero mientras el semáforo está en rojo, detenernos y revisar el celular, o mirar por la ventana; la pericia y el instinto nos dicen cuándo  es momento de avanzar, pero al voltear a ver el semáforo, nos encontramos con todas las luces apagadas. La misma pericia nos diría que aceleremos porque lo obvio es que esté fundida la luz verde, pero otra parte de nosotros querrá esperar a que aparezca  la luz roja, nomás por no arriesgarnos.

Para los que sabemos la diferencia entre la ignorancia y la indecisión, es molesto mostrarnos ignorantes. Quien sea el curioso, inmediatamente después de escuchar el «No sé», se tomará la molestia de enunciar todas las posibilidades disponibles. Asume que uno, como él, argumenta que no sabe cuando no está seguro; cosa todavía más irritante , pues sabe, entonces, que para él no saber no significa que no sepa, sino que no está seguro (y aun así lo sigue haciendo, quizá porque no está seguro sobre lo que debería hacer).

Pagar con tarjeta en el súper podría resultar en la clonación de la misma; el empleado del valet parking podría ser un ladrón al que le entreguemos las llaves del vehículo acompañadas de una sonrisa; sin mencionar que con frecuencia nos acecha la posibilidad de ser parte de un titular extravagante y trágico.[ref]«Una vaca atravesó el techo de una casa y mató a un hombre» (goo.gl/l2DByh) o «Una anciana brasileña muere después de que le inyectaran café con leche en vena» (goo.gl/eTP0Qg).[/ref] Desde esta perspectiva, sobran los motivos para dudar; dudar incluso podría considerarse como un mecanismo de supervivencia.  No sugiero ni justifico vivir inseguro (hasta mis propios titubeos me han llegado a desesperar), quiero hacer ver a los que condenan la inseguridad que son ellos mismos a quienes deberíamos de execrar.[ref]Además, ahí está el efecto Dunning-Kruger: las personas menos inteligentes suelen ser las que demuestran mayor seguridad.[/ref]

Sería interesante preguntar por qué se espera que estemos seguros de todo. Mejor aún: ¿para qué? Vacilar no es lo que causa tanto disgusto. Si se nos pregunta qué haremos, a dónde iremos a comer o si invitaremos a salir a alguien es para que el interrogante, independientemente de nuestra respuesta, pueda externar sus pareceres. Estos pensamientos pueden haber sido trabajados con mucha anticipación, y para dejarlos salir se necesita que hagamos algo. Cuando dudamos, inmediatamente logramos que el otro se lleve un un chasco por quedarse sin la oportunidad para manifestar sus ideas (siempre tan interesantes, siempre tan relevantes) y, entonces sí, ¡mta!