Warning: include_once(/home/revistadivague/public_html/wp-content/plugins/contact-form-7/wp-contact-form-7.php): failed to open stream: Permission denied in /home/revistadivague/public_html/wp-settings.php on line 310

Warning: include_once(): Failed opening '/home/revistadivague/public_html/wp-content/plugins/contact-form-7/wp-contact-form-7.php' for inclusion (include_path='.:/usr/lib/php:/usr/local/lib/php') in /home/revistadivague/public_html/wp-settings.php on line 310

Warning: include_once(/home/revistadivague/public_html/wp-content/plugins/list-category-posts/list-category-posts.php): failed to open stream: Permission denied in /home/revistadivague/public_html/wp-settings.php on line 310

Warning: include_once(): Failed opening '/home/revistadivague/public_html/wp-content/plugins/list-category-posts/list-category-posts.php' for inclusion (include_path='.:/usr/lib/php:/usr/local/lib/php') in /home/revistadivague/public_html/wp-settings.php on line 310
Divague: Revista de ensayo literario | Un trabajo para perder el juicio

Un trabajo para perder el juicio

Ocio y trabajo 7

Fuente: Congress of Oddities, James G. Mundie’s Prodigies

 

Por Óscar Mendoza

El Poder Judicial del Estado es similar a cualquier empresa comercial, salvo que en el primero la mercancía es la justicia. Llegué a esa conclusión en los primeros días de mis funciones,  cuando escuché a un secretario ubicado en los mandos medios decir que la justicia era un buen negocio. Durante mucho tiempo pensé en eso; de hecho, reflexionaba al respecto en cada caso que revisaba en el juzgado: órdenes de aprehensión, embargos mercantiles, custodias de menores e incapaces mentales.

Mi conciencia se nublaba aún más cuando leía las reseñas del secretario sobre  los expedientes y las propuestas para dictar sentencia; los argumentos sólidos con que deshacía  las falacias elegantemente disfrazadas por litigantes tramposos y la dirección que tomaba la resolución final, siempre inclinada hacia  una decisión con gran sentido humano. ¿Cómo se podía poseer esa pasión y dominio sobre el derecho y aun así tener a la justicia en un concepto tan degradado?

Después de mucho meditarlo, sólo pude llegar a un escenario posible: tal vez tuvo demasiado trabajo ese día y la fatiga hizo estragos en sus palabras; o tal vez había bebido en exceso la noche anterior, y lo que realmente quiso decir es que no es la justicia sino las leyes las que representan un buen negocio. Nunca he estado seguro de si ese inicio fue lo que llaman «un buen comienzo».

Con el paso del tiempo mi trabajo en el Poder Judicial —que consiste en recabar la información y las pruebas necesarias para cubrir cada aspecto de los juicios— me mostró que la organización varía si se labora en un juzgado de distrito o en un tribunal. Los juzgados son el primer filtro en las controversias legales, por lo que siempre tienen una sobrecarga de responsabilidades. Durante mi corta estadía en una de estas dependencias pude reconocer fácilmente a los jueces, pues eran los únicos que salían a comer a bordo de un auto de lujo, mientras que el resto desayunábamos en un cuarto al que le adaptamos utensilios de cocina básicos.

Debido a la cantidad de documentos que se tenían que revisar, preferíamos no salir del edificio, por lo que hacíamos pedidos a domicilio a los restaurantes cercanos: tortas, quesadillas y chilaquiles eran el menú obligatorio al menos un día a la semana. Cuando llegaban los encargos, los guardias fungían como intermediarios entre nosotros y los repartidores. Una compañera haciendo gala de optimismo me preguntó: «¿En qué otro lugar los custodios se toman la molestia de traerte el desayuno?» De inmediato recordé la noche que me encerraron por perturbar la paz al llevarle serenata a la hija de un agente del ministerio público federal, y la mañana siguiente en que un guardia me dio algo de comer; segundos después pensé en otra posibilidad: el manicomio, pero no había trabajado lo suficiente en el juzgado como para estar ahí y confirmar la teoría.

Una vez experimentada la esclavitud moderna en el juzgado de distrito, decidí continuar mi trabajo en otro lugar: los tribunales. Éstos, al ser de mayor jerarquía y mayor exclusividad en las demandas, poseen una cantidad mucho menor de casos, sin embargo, tienen peculiaridades tan desgastantes como el juzgado. Por ejemplo: son los únicos territorios donde puede haber más de un dictador en el poder al mismo tiempo. Al estar conformado por tres magistrados con la misma autoridad, los problemas surgen cuando las órdenes emitidas son contradictorias.

Para efectos laborales acatábamos la más eficiente, la que era materialmente viable, o, en el peor de los casos, la menos estúpida. Al final, en lo individual se les decía que se habían ejecutado sus instrucciones con ligeros ajustes; realmente no les importaba tanto qué se hiciera, siempre y cuando ellos no tuvieran que salir de sus oficinas y se cumplieran los lineamientos de la corte.

Eso ha sido y será durante mucho tiempo la vida judicial. El funcionamiento de estos órganos del sistema legal no tiene nada de trivial, puedo asegurar que se aprende más que sólo Derecho. Si se observa atentamente, el aprendizaje acerca de cómo se desarrollan los juegos de poder entre los magistrados puede ser fascinante; asimismo, la apreciación de las controversias insólitas no deja morir la capacidad de asombro. No olvidaré el caso del hombre que solicitaba el divorcio porque su esposa, una mujer madura, lo presionaba para intimar cinco o seis veces al día sin que ésta padeciera una condición mental anormal; o la apelación sobre la exoneración de un hombre que creyendo muerta a una mujer (dado que así lo certificaron los médicos) se la robó, y, llevándola a su casa para fingir una boda, logró (sorprendentemente) hacerla salir de su letargo.

Mi trabajo permite experimentar las emociones ajenas como si fueran propias, sentir todas las formas que puede adquirir el alma. No obstante, debe hacerse una advertencia: evite  abusar de este estilo de vida, pues se está expuesto de manera excesiva y frecuente a las pasiones humanas, lo que en ocasiones las vuelve insípidas y conlleva el riesgo de perder la propia humanidad.  Como le sucedió a aquel juez, quien trabajó doce o trece horas diarias durante treinta años, alejándose de quienes amaba para dictar sentencias sin darse cuenta de que, con ello, se condenaba a sí mismo a ver y sentir de todo hasta el punto de no sentir nada.