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Divague: Revista de ensayo literario | Un reflejo

Un reflejo

UN REFLEJO

Por Victoire Ailée

Mi fobia hacia estos bichos se remonta a mi niñez. Es una especie de fascinación morbosa y mortificante que combina el miedo irracional con la sensación de impotencia ante un espécimen que, a pesar de ser tan pequeño e inofensivo, ostenta un poder enorme sobre mí con su sola existencia, incluso ante la más imperceptible intuición de su presencia.

Hay una extraña ley que hace que lo que más tememos o repudiamos se nos presente con mayor frecuencia. Una mente lógica argumentará que sólo se le presta mayor atención a lo que se repele, otros concluirán que hay razones allende. Un fenómeno inexplicable que atrae seres supuestamente primitivos (en cuanto a su biología cerebral) y que no podrían tener actos fuera del instinto.

Tengo anécdotas que provocan risas de desprecio e incomprensión, incluso de personas que aseguran tener la misma fobia. Como cuando encontré, en la cocina de mi departamento, un típico ejemplar adulto de esta especie. Mi hija tenía cuatro meses y fue lo único que pensé en salvar, como quién reacciona, si es prudente, ante una catástrofe natural. Mi vecino, ante la inminencia de mi incapacidad para lidiar con la situación, revolvió toda la despensa y con una actitud de valentía ―o de indiferencia― se deshizo de la bestia para que pudiéramos volver al hogar.

En otra ocasión, tuve que abandonar mi responsabilidad de conductora al ver acercarse a una corpulenta blattodea (su nombre científico) a toda velocidad por el tablero de mi auto. Dejé a mi hija en su portabebé, a media avenida, hasta que se presentó un buen samaritano con la actitud del hombre que ayudó a ese otro hombre que se quedó repentinamente ciego en un cambio de semáforo.

Años después, tras haber demostrado mi pericia en las artes marciales presentando mi examen de cinta negra, entré al vestidor y encontré otro ejemplar de esta especie ―que para mí no difería de una serpiente de las más temidas―. Salí del vestidor como quien pretende romper un record de velocidad en atletismo. El sensei, como era de esperarse, dudo si reír con sarcasmo o revocar mi recién otorgada cinta.

Los terapeutas afirman que, para superar una fobia, el individuo deberá familiarizarse gradualmente con aquello que aborrece. La sola idea de asistir a una terapia como ésta me hace rechazarla de por vida. No quiero ni imaginar qué pasaría en la última etapa del proceso de curación.

Algo peculiar de este trastorno es que es sumamente contagioso, y los más vulnerables son los niños, los ancianos y la gente con traumas de la niñez, es decir, la totalidad de los seres humanos.

Aunque el hombre tiene, en mayor o menor grado, una repulsión innata hacia tales bichos, existen personas que nunca tendrán el trauma y, por lo tanto, están destinados irremediablemente a ser esclavos de quienes padecemos esta aberración. Deberán localizar, perseguir implacablemente, rociar con insecticida, patear y hasta aplastar con sus zapatos nuevos a  los escurridizos e inmundos insectos que pueblan la tierra con mayor rapidez que sus exterminadores.

Para colmo, acabo de enterarme que el ruido de uno de estos insectos al ser masacrado mediante un pisotón incita a sus congéneres a aparearse para compensar la pérdida. Es un fenómeno similar al Baby Boom que se dio después de la Segunda Guerra Mundial, por lo que podemos concluir que tenemos algunas similitudes con tales sabandijas.

Entre ellas están, además del crecimiento malthusiano en progresión geométrica, su osadía, su capacidad de adaptación, su secreta conciencia del poder que ejercen ante personas como yo (incapaces de acabar con ellas sin ayuda), y sólo Dios sabe cuántas otras características más. Podría enunciarlas de no ser por mi reticencia a la investigación acerca de sus hábitos, por el miedo a encontrar información acompañada de imágenes repulsivas sin siquiera una advertencia para el lector, como si éste no tuviera, además de su capacidad de interpretar signos, la de observar representaciones del objeto de su terror.

Pienso que las personas, entre más experimentan este miedo exacerbado, más intuyen o saben que están ante un ser que se les asemeja a tal grado que parece reflejarlas fielmente. Con la ventaja de que serán ellas, las cucarachas, y no el evolucionado ser humano, quienes sobrevivirán cuando todos hayamos desaparecido.