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Divague: Revista de ensayo literario | Un genio a la medida

Un genio a la medida

THIEF OF BAGDAD

 

Por Teresa González Arce

A Toño

Además del sueño de volverme invisible de vez en cuando, una de las fantasías infantiles que más se resisten a abandonarme es la de encontrar un genio, mago, hada o duende dispuesto a concederme al menos tres deseos. Digo tres porque es una convención aunque lo cierto es que, puestos a escoger, el tres resulta un número insuficiente y, bien visto, hasta cruel. Pensar en tres deseos implica descartar, establecer prioridades, reconocer que hay cosas que a uno le importan más que cualquier otra y que, por lo tanto, hay afanes que pueden esperar. El número tres tiene un significado especial, simbólico, que explica que los geniecillos de las lámparas no sean tan avaros como para ofrecer uno solo, ni tan derrochadores para conceder cinco o siete. Símbolo del equilibrio y la perfección, el número tres intimida y obliga a descartar cualquier banalidad: está claro que no podemos desperdiciar la oportunidad que se nos ofrece cambiando la sazón del platillo que estamos comiendo, causando una amnesia repentina en quien acaba de oírnos decir una necedad, ni dar a nuestros pantalones arrugados el aspecto de acabar de ir saliendo de la tintorería.

Los genios y los duendes, con su propensión a la numerología, suelen poner a los seres humanos como ante mil reflectores. Generalmente, hay que tomar lo más rápidamente posible una decisión que lo marcará a uno por el resto de su vida. Recuerdo un cuento sobre dos viejitos muy pobres a quienes un hada ofrece concederles tres deseos. La mujer se apresura y pide un trozo de chorizo. Enojadísimo, el hombre pide que el chorizo se pegue a la nariz de su esposa, en castigo a su insensatez. Ya con el ánimo más sosegado y desesperados por el aspecto horripilante de la ahora protuberante nariz, la pareja agota sus recursos al implorar que el hechizo se rompa y todo vuelva a la normalidad. De esta manera, el par de viejos no sólo pierden la oportunidad de hacerse ricos y de vivir sanos y felices para siempre sino que se convierten en emblema de la estupidez humana, de la incapacidad del hombre para ver más allá de sus propias narices.

De niña esta historia me provocaba una angustia terrible, pues en lugar de divertirme ante la idea de una vieja con nariz de chorizo me imaginaba a mí misma en la disyuntiva de tener que elegir lo mejor para mí —y no sólo para mí: tal vez habría que pensar en mis padres, en mi hermano, en los niños pobres del mundo— en tan poco tiempo. ¿Sería capaz de encontrar tres deseos perfectos, sabios, lo bastante astutos para que el genio no los desarticulara con cláusulas inadvertidas del contrato? Porque, además, había que saber formular correctamente los deseos. ¿Qué tal si pedía dinero, sin especificar la cantidad, y se me concedía sólo un peso? ¿O si pedía una casa y me encontraba con una propiedad devaluada en alguna zona inhabitable de la ciudad? La única manera de salir airosa del problema, pensaba yo, era tener preparada una especie de respuesta comodín que pudiera servirme en cualquier momento: si un hada se me aparecía, yo pediría tener para siempre conmigo un genio dispuesto a acatar absolutamente todos mis designios cuando yo los pidiera. Los otros dos deseos quedarían libres por si algo salía mal y tuviera que recurrir a soluciones drásticas. Sigo conservando esta estrategia, por si algo se ofrece.

Honestamente, creo que mi solución mejora la del protagonista de un cuento de Quim Monzó titulado «La micología». Presionado por un gnomo a elegir los consabidos tres deseos en menos de diez minutos, este hombre gana un poco de tiempo solicitando que aparezca otro gnomo igual. Cuando el plazo se cumple, tiene otro ataque de angustia y vuelve a pedir, segundos antes de que se termine su tiempo, otro gnomo igual, y así hasta el infinito. Incapaz de decidir, el personaje de Monzó convierte su vida en una serie de tiempos extra con los que se anula a la vez el pasado y el futuro. Siempre que leo ese cuento tengo el impulso de gritarle al protagonista que cambie las condiciones del contrato, que no se conforme con pequeñas prórrogas y que tome ventaja de una vez por todas. Pero el hombre del cuento sigue atrapado en la misma historia, sin aprovechar la gran oportunidad que la vida le ofrece.

Más que apostarle a un golpe de suerte que cambiara mi vida por completo, más que planear un gran negocio que me hiciera millonaria, prefería una fórmula que me permitiera concederme de vez en cuando caprichos modestos. Tener un genio en una lámpara sobre mi mesa de noche sería como contar siempre con ahorros inagotables que pudieran gastarse en bagatelas. No sé qué hubiera pedido de niña, pero ahora me gustaría encontrar lista la comida y limpia la casa al llegar del trabajo, que las horas de sueño nocturno siempre fueran suficientes, sin importar qué tan tarde me acostara, que los coches desaparecieran de las calles cada vez que yo quisiera, y que las bolsas del cereal no se rompieran al abrirlas por primera vez.

Un genio de bolsillo me permitiría, además, cumplir otras fantasías persistentes como viajar al pasado o al futuro, y regresar temporalmente a mi infancia para saludar a lo más cercano al genio de la lámpara que he conocido: un amigo cuyo carácter imaginario terminé por aceptar ante la incapacidad de los demás para verlo. Aparecía cada vez que yo me sentía sola, me contaba historias y participaba en todos mis juegos y travesuras, sin pelear nunca conmigo. Yo creo que Toño —así se llamaba— era un deseo no formulado y esa es la razón por la que era tan perfecto y divertido: alguien intuyó lo que yo necesitaba y me lo concedió sin ponerme en el dilema de escoger entre varias cosas. O tal vez yo era su deseo y un hada le había conferido el poder de ser visto sólo por mí. No descarto tampoco que él mismo haya sido un duende y que, transgrediendo todas las convenciones de los cuentos de hadas, esté aún esperando a que yo deje de andarme por las ramas y le pida, por fin, mis tres deseos.