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Divague: Revista de ensayo literario | «Un asunto de altura»

«Un asunto de altura»

Un asunto de altura

La clásica barda de NO GRAFFITI toda graffiteada. Fotografía de Daniel Neufeld.

Por Jaime Medina

 

Habríamos debido verlo… sólo que ―dijo Mr. Pond,
rematando su anécdota, al igual que la había
iniciado, con una tosecilla de disculpa―
era demasiado alto para ser visto.

Gilbert Keith Chesterton, Las paradojas de Mr. Pond

 

El asombro es algo que perdura: haberlo sentido una vez es suficiente para revivirlo cuantas veces se nos dé la gana. Aun así, nuestra capacidad de asombro se vuelve cada vez más selectiva. Podrá sonar contradictorio, pero es una sensación que nunca se acaba, aunque sí dejamos de asombrarnos por cosas nuevas con el tiempo.

La memoria (también selectiva) es la que nos ayuda a recordar lo que es el asombro. Aunque nos den la explicación de aquello que en su momento fue increíble (un truco de magia, la escena de una película de acción), la sensación de estar frente a algo insólito se mantiene intacta ―pienso que encontrar a alguien que no sepa lo que es el asombro es imposible.

Entre los enemigos más grandes de la capacidad de asombro (además de las explicaciones) se encuentra la cotidianidad. Por eso no me sorprende que la voz que se oye en los altavoces del supermercado sea la misma en todas las sucursales; tampoco que la caligrafía en los letreros (esos que anuncian los descuentos y las promociones en los productos de carnes frías con un plumón rojo y grueso) sea exactamente igual en todas las tiendas.

Presenciar fenómenos sin explicación con frecuencia hace que los normalicemos, que nos dejen de interesar los mecanismos que los hacen funcionar. Se me ocurre uno al que solemos dejar en las alturas, donde está, y lo pasamos por alto. Me refiero a las grúas torre: yo creo que sólo aparecen y ya. ¿De qué modo podrían estar ahí, armadas, de un día para otro sin que nos demos cuenta? Lo fácil sería buscar en algún libro especializado o en internet el proceso detallado, pero lo mismo podría hacer para ver el pene de un pájaro, y creo que ver uno en persona no dejaría de asombrarme.

Seamos serios. Visualicemos por un momento el tamaño de estas máquinas. Las grúas torre no son necesarias en construcciones menores a cuatro o cinco pisos de altura. Si son armables, ¿por qué, entonces, nunca he visto una a medio armar? Algunas son tan grandes, tanto en su torre como en la pluma (no se diga el contrapeso necesario) que dudo que se puedan armar durante la noche, al menos no sin que alguien se dé cuenta.

¿Y cómo es que se arma algo así? ¿Quién se encarga? Sería necesario armar una grúa torre para poder armar una grúa torre. ¿Y qué se hace cuando ya no se necesita más la grúa? Tampoco he visto que se lleven una en transporte especializado, mucho menos en camiones. Hay algunas que se aparecen dentro de las estructuras que ayudan a construir (rodeadas por el edificio), entonces, tal vez si entremos a esos inmuebles veamos todavía el cuerpo metálico. Siempre y cuando, claro, no se haya planeado y la torre esté  confinada dentro del espacio donde van los elevadores.

Investiguen las partes que componen una grúa torre, los diferentes movimientos que es capaz de realizar. Busquen su capacidad de carga. Vean videos de lo complicado que es maniobrarlas; sean testigos de lo espectaculares que pueden llegar a ser los accidentes que involucran una grúa. Al final, todo esto contribuirá a su asombro: ¿cómo es que ayer todavía no se veía algo así?