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Divague: Revista de ensayo literario | Tristeza pública

Tristeza pública

Tristeza pública 2

Fuente: Archivo de Stephen Ellcock en Facebook

 

Por Tania Casillas

Llorar es incómodo. Una ley tácita prohíbe hacerlo en público, a menos que la ocasión sea en un funeral, o  un evento extraordinario.  Soltar las lágrimas a la ligera por un pleito amoroso o dolor físico  puede ser catalogado como histeria o exageración.

Cada lágrima debe justificarse plenamente —aunque salgan a chorros—, de otra manera se es débil de carácter, dramático o sensible; y ninguna de estas etiquetas puede conjugarse con otras consideradas necesarias  para ser un miembro funcional de la sociedad, tales como responsable, centrado y maduro.

Los adultos, a diferencia de los niños, pueden controlarse. Cambian los berrinches por discernimiento. A un niño, sobre todo pequeño, se le permite llorar si está  cansado, hambriento, asustado, aburrido, enojado o s solo. A los adultos, se les pide mantener el  autocontrol, puesto que ellos mismos pueden hacerse cargo de tales necesidades, o tienen la fuerza para esperar hasta que sea momento  de satisfacerlas.  De eso se trata madurar: dejar de actuar con base en  las necesidades básicas, y elegir.

El lugar donde los adultos lloran también importa. Hay rincones para lagrimear y otros para resistir la tristeza. Soltarse en llanto en la oficina disminuiría el respeto hacia  el trabajador, demasiados sentimientos merman la capacidad de enfrentar negocios importantes; pero, llorar en un hospital está bien, porque la enfermedad es triste.

Otro de los inconvenientes del llanto es la humedad, puesto que además de ensuciar la cara y hacer que se corra el maquillaje, moja la nariz. Un ejemplo es la clásica escena de las películas románticas: el caballero consuela a una damisela que   llora sólo un poco —aunque lo suficiente para conmover—- y después toma el pañuelo para secarse los ojos, prueba de que las mujeres bellas no secretan mocos. Si lo hacen, es porque son parte de una comedia que exagera las funciones corporales, haciéndolas aún más incómodas cuando suceden en la realidad.

Llorar ha sido catalogado como un acto íntimo, igual que orinar o tener sexo. No se puede llevar a cabo en público puesto que vuelve vulnerable a quien lo hace. Pero, sobre todo, es incómodo porque despierta la ansiedad en los demás. Ver llorar asusta porque sentimos la obligación de consolar. Es aquí donde esta expresión humana se presta para la manipulación. «Ya te tomó la medida» le dice una madre avanzada a una inexperta, que se queja porque su bebé no lloraba tanto al principio y ahora demanda más atención. Desde pequeños aprendemos qué actitudes nuestras provocan reacción en nuestros padres, luego trasladamos ese descubrimiento a otras de nuestras relaciones.

Depende de si tuvimos límites durante ciertas  edades clave para el desarrollo emocional, podemos continuar con esta actitud. En México no es extraño ver a una madre llorar tratando de provocar un cambio de personalidad en sus hijos. También hay quienes sollozan para causar lástima, aunque sus intenciones sean más bien perjudiciales y con ello pretendan no ser cuestionados.

«Canta y no llores» porque me da miedo no saber reaccionar; porque te hace vulnerable; porque me invitas a reconocer mis propios sentimientos; y, porque la alegría es mejor.

En sus instrucciones para llorar, Julio Cortázar pide atenerse a la manera correcta de llorar, «con un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza«,  pues, a pesar de que la tristeza también es un sentimiento, enfrentamos la  dificultad de adherirla a la vida porque no es bonita. Incomoda a aquellos que tanto temen  al dolor y que buscan, por todos los medios, felicidad instantánea.

Consolar es cansado. Asociamos lágrimas con alivio y éste con obligación; un peso emocional para el que muchas personas no estamos preparadas. Ni siquiera  sabemos por dónde empezar, o qué preguntas son imprudentes. Existen frases prefabricadas, y a veces los nervios logran que un «Te acompaño en tu dolor»” se convierta en «Muchos días de estos». No sabemos cómo relacionarnos con el dolor de otros.

«No sé qué decirte», « No tengo palabras», y otros pretextos más que se escuchan cuando alguien intenta dar el pésame, prueban que  no queremos ver el dolor de frente, nos da flojera intentarlo.  Sólo quien ha sentido dolor puede dar ánimos, sabe las atenciones que le hubiera gustado que tuvieran con él o ella; aprendió que no sólo las palabras consuelan, ofrece más pañuelos, abraza. Se queda a ver cómo sufre el otro.

Llorar libera.

Cuando alguien muere, se tiene permitido llorar los primeros tres, cuatro o cinco meses, pero se van perdiendo los salvoconductos conforme pasa el tiempo; porque seguir sufriendo puede ser signo de algo más grave, como el gusto por la atención pública.

Uno deja de llorar porque es agotador justificarse. Si las lágrimas fueran tan socialmente aceptadas, y hasta alentadas —como la risa— no tendríamos que cargar con tanto dolor. La utopía es ir por la calle llorando y que la gente con la que te cruces te dé una palmada en el hombro, te ofrezca un pañuelo para los mocos, te acompañe sin hablar y te vea sin asustarse.

Que todos podamos llorar.