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Divague: Revista de ensayo literario | Tras los pasos de Miguelito

Tras los pasos de Miguelito

traslospasosmiguelito

 

Por Andrea Garza

Hace tiempo escuché que lo mejor de la vida son los encuentros inesperados. Me suena a publicidad melcochona que seguramente provino de la tele —si se refería al amor o los chocolates es indistinto—. Ninguno es confiable (carecen de lealtad o cacao), duran poco, pueden ser decepcionantes y malos para la salud (por eso del exceso). Si yo quisiera un encuentro casual, definitivamente sería de dinero. Topárselo en la calle debe despertar una sensación parecida a la de sacarse la lotería, pero mejor. Sin atisbos de esperanza, permite un pequeño desbordamiento interior, un extra que alza la moral. Comprar una cerveza o ir al cine adquirirá un brillo amplificado, invitar los tacos o el café recubrirá de generosidad gratuita; la delicia de las pequeñas recompensas por méritos nulos. Su máximo disfrute dependerá de la cantidad correcta. Cuando es mucho, saber que puede tratarse de una quincena, la renta, colegiatura, deuda a saldar, etc. de algún desafortunado, lo empaña con culpa. Si es exiguo, habrá que completarlo con un gasto propio que ensombrecerá el goce. Por eso ha de ser una cantidad sin consecuencias que permita darse un gusto.

A mí nunca me ha pasado, no tengo ese tipo de suerte. Pero he sabido de personas que tropiezan con un sólo billete en el momento justo para salir de un apuro. Como la anécdota de mi abuela sobre la tarde en que no tenía para alimentar a sus hijos. Iba en la banqueta pensando posibles soluciones y fue ahí donde tropezó con cinco pesos que gastó en pan, leche, frijoles y huevos para los siguientes días, poco antes de recibir su primer sueldo. Y todo porque se encomendó a la Divina Providencia. En nuestros días, la relación entre dinero y sacralidad quizá sólo sea posible cuando se otorga por intervención divina para una causa apremiante. En la antigua Grecia obedecía a un ritual. Los óbolos se usaban para la transición entre el mundo de los vivos y los muertos porque incluso en el inframundo había que dar peaje. El barquero Caronte recibía el pago y transportaba a las sombras a través del río Estigia para ser juzgadas. Aquellas que no tenían el importe se quedaban en la orilla mucho tiempo: almas errantes deseosas de encontrar en su vagabundeo algún óbolo tirado. Imagino sus pasos inmateriales, vacilantes, esperanzados por salir de ese limbo que podría ser la ribera de cualquier río siempre que se pretenda  llegar al otro lado. Esas monedas representaban un vínculo entre espíritu y materia que dependía del amor o la compasión: alguien que pusiera una bajo la lengua o sobre los ojos del muerto. A pesar de lo que cuenta mi abuela, si encontrara dinero no podría pensar en la intervención divina, se lo adjudicaría a la suerte, esas circunstancias casuales que se concatenan hasta que cualquiera tropieza con ellas —seguramente porque mi vida ha carecido de tiempos así de precarios.

La mía es una relación superficial basada en meras idealizaciones. Me encantaría tener suficiente para independizarme, comprar caprichos y hasta ahorrar un poco. Pero mis esfuerzos por conseguirlo son tan nulos como grande mi ideal. Igual que se añora a un cariño ausente porque representa la posibilidad de perfección y felicidad, temo que su presencia sea tan avasalladora como dual: simpatía y desagrado (Y no escribo amor/odio porque, si bien el dinero llega a idolatrarse, no he sabido de alguien que lo odie cuando le pertenece). Sólo el dinero ajeno genera tal sentimiento por envidia a veces, o por los trastornos que provoca a la personalidad: ambiciones desmedidas, expoliación, explotación, etc. Pero el dinero propio posee una personalidad simpática y encantadora.

Mi primer ejemplo de mezquindad monetaria fue con las caricaturas de Disney. El tío Rico era un molesto pato que en lugar de nadar y defecar despreocupadamente, se la pasaba acumulando riqueza, cuidando cada centavo del robo de los chicos malos y siendo un miserable con sus sobrinos. Hombre egoísta, carecía de pareja o hijos porque había destinado su existencia a generar dinero, convirtiéndose en un anciano con una bóveda inmensa llena de dólares patunos y monedas de oro sobre las que se revolcaba.

Su historia encarna al espíritu norteamericano: un migrante pobre que al llegar a Estados Unidos se inicia como bolero, pero gracias al trabajo esforzado y al liberalismo económico amasa una fortuna tan impresionante que aparece, en la realidad, como número uno de la revista Forbes, por encima incluso de Iron man. La publicación, desde luego, tiene un lugar para todo el que posea una riqueza mencionable y resulta tan divertido agregar personajes ficticios que los verdaderos deslucen como un mal chiste. Como el del delincuente más buscado que huye de una cárcel de máxima seguridad con un escape de película y aparece tiempo después en la misma lista del pato. Malo por inverosímil.

Rico McPato siempre tiene suerte para encontrar dinero en la calle porque no aparta su mirada del piso. A pesar de no necesitarlo, su dicha es la misma a la de quien se topa con un milagro. El resto del tiempo se muestra como un refunfuñón práctico y astuto. Su felicidad se parece a la de un adicto: efímera, con la ansiedad suficiente para vivir por la siguiente dosis de dinero. El clímax (no en la historia sino en su ambición) llega al aventar las monedas de oro hacia arriba al final de las historietas. Alegre y eufórico, espera con placer masoquista los golpes de la caída.

Quizá Rico McPato sabría qué caminos recorrer. ¿Habrá mejores calles que otras? Las más transitadas o semivacías, céntricas o en la periferia, entre semana o los fines, días de pago o de fiesta. Mis preguntas son muchas, las opciones infinitas. Cómo no confundir el dinero con basura, propaganda, pedazos de periódico. Para alguien miope como yo podría parecerse a cualquier cosa. Tal vez por ello se me ha negado. Probablemente he rozado las orillas de ese papel suavemente teñido, he pateado los cantos metálicos argentinos y dorados, he sido deslumbrada por sus reflejos sin notarlo, he mancillado con mis suelas los finos dibujos. He estado en presencia del encuentro fortuito y lo he ignorado salvajemente. Mis ojos, distorsión del pavimento, mezclan las formas sin discriminación. Comunismo visual, privación de los privilegios que con gusto daría al dinero. El momento en que se frena la marcha para levantar la belleza del suelo, guardarla en el bolsillo, hacerla propia y dilapidarla apasionadamente. Pero el dinero puede confundirse con cualquier cosa, sobre todo si nace en encuentros imaginarios.

Las expectativas matan la dulzura de la sorpresa y causan lo que llamaré la ansiedad de Miguelito, personaje de la historieta Mafalda. En una tira, Miguelito camina por la calle con una sonrisa mirando el piso mientras imagina que encuentra un billete con el que pagará la entrada al cine para ver un festival del perro Pluto. En los siguientes dos cuadros sucede lo mismo: la sonrisa, el billete, la sorpresa, cine, taquilla, Pluto. Parece que fantasea sin cesar hasta que en lugar de billete, se topa con una hoja muerta. Una vez con su amiga Mafalda, hoja en mano y tono de amargura, denostará el festival de ese «papafrita» de Pluto.

Miguelito es un soñador sobre su futuro y las posibilidades que éste le depara, un niño reflexivo que espera regalos de la vida sin esfuerzo alguno. Sabe perder el tiempo, echarse a dormir sin preocuparse de nada. Un hedonista de la inacción. Pero en su pasividad hay cierta ambición que lo hace chocar recurrentemente con la realidad. Sin la codicia de McPato, busca el placer. Su ensoñación habita en el equilibrio de la vida, una búsqueda que no quita ni impone. Es cierto, la frustración surge cuando no obtiene lo esperado, pero en los sentimientos más puros es así. Como el amor o el odio no correspondido que provoca desesperación. ¿Qué lo diferencia de McPato? Aparte de todo lo dicho, lo más importante es la imaginación. Las miras de McPato son tan cortas, tan áridas que no trascienden su bóveda y su aventar monedas hacia arriba. Como único motor tiene el rastreo de tesoros o jugosos negocios que le permitan rellenarla. Miguelito, en cambio, permanece en su sitio contemplando el cielo y preguntándose si los ángeles vuelan hacia atrás, la velocidad con que lo hacen las moscas, mira un charco para que su imagen se impregne y disemine en forma de vapor. Su afán de trascendencia muchas veces resulta poético y sus momentos más mezquinos siempre se acompañan de estos matices. Por ello imagina que empleará el dinero en algo lúdico: Un billete para el festival de Pluto.

Para quien se dedique a la escritura de ensayos, las caminatas, el paseo sin rumbo, el tranquilo vagabundeo resulta inspirador para la creación, pero su utilidad podría ser doble si se aprovecha para perseguir un feliz encuentro. Imagino un billete empujado por el viento, las vibraciones de los coches o los pasos. Un indeciso vaivén imperceptible para la mayoría. La ligereza de uno de veinte lo mismo que uno de quinientos, huidizos como las ideas en espera de que alguien como yo, un alguien sin suerte para esas cosas, lo gaste con placer o conserve por años. Lo honre no por el azar sino por el mérito, por empeñarse en caminar durante horas como un mezquino pato o un imaginativo niño, mirando el suelo mientras piensa en escribir un ensayo sobre encontrar dinero, con un radio de visión que abarque lo triple de sus zapatos o con las ilimitadas quimeras de la miopía. Aunque yo no lo haría, después de todo soy una idealista y detestaría manchar la virtud del dinero con búsquedas anodinas.