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Divague: Revista de ensayo literario | ¿Tienes fuego?

¿Tienes fuego?

Tienes fuego

 

Por Francisco Méndez

¿Tienes fuego?
No, en verdad lo siento.

La vi esa mañana:  viajaba en el asiento trasero de un taxi. Cabello  largo, lacio, negro, bien peinado; lentes obscuros, sus delgados dedos aparecían en la ventanilla para tirar la ceniza del cigarro. Era  joven. Sin la personalidad y seguridad que le infundía el cigarro se adivinaba una niña de 20 años, tal vez hasta un tanto simple.

*  *  *

A pesar del rasgo seductor que le concedo al cigarro, me gusta de lejos, en una foto, en una película, como artilugio del personaje. No tengo una buena relación con él; la historia viene de mi niñez. En la escuela secundaria llevé una cajetilla para compartir con mi mejor amigo, fumábamos en una marquesina cuando fuimos descubiertos por otros compañeros. La cajetilla se terminó rápido: todos somos ávidos fumadores durante la edad de la rebeldía (aunque yo nunca le encontré el sabor). Supongo que el humo que tragué desde pequeño sembró el desagrado, una especie de inoculación.

Sin embargo, mis intentos como fumador son más antiguos, permanece la imagen de mi padre. Recuerdo que en un viaje a su pueblo natal, un tipo le gritó su apellido. Dijo que  después de ocho años de no verlo lo reconoció aunque lo vio de espaldas, en la camioneta, y por la manera en que sostenía el cigarro. (Dicen que mi padre fumaba una cajetilla diaria.  Cuando íbamos por la despensa, él echaba siempre un paquete de cajetillas Raleigh, sólo Raleigh, al carrito del mandado).

Mi madre repudiaba el cigarro pero aceptaba con resignación la costumbre de mi padre. Son esos extraños acuerdos que rodean a los pitillos (como en ocasiones los llamaba Ribeiro) que parecen acompañados de algunos convenios sobre política y libertad. Porque mi padre era un hombre sereno, no lo recuerdo protagonizando actos de júbilo exaltado, salvo cuando se mostró emocionado mientras veía partidos de fútbol en TV.  

Mi padre fumaba y veía series de televisión, lo hacía en nuestra presencia y aun siendo muy pequeños, no había momento inadecuado, el cigarro constituía algo más profundo que hierba que se consume y provoca tos en los no aptos. Su mejor máscara es la de ser un objeto ordinario y cotidiano, un lenguaje y una simbología lo rodean, uno tan corriente como íntimo. El cigarro es ese pequeño objeto en la boca que insinúa adultez, no viste pero presenta. La cortinilla de humo no sólo es el preámbulo de tal presentación, sino de lo que significa (en términos de libertad, de responsabilidad) haber adoptado la costumbre de fumar… como quien se hace acompañar de una mascota salvaje, aparentemente menos nociva o sólo más silenciosa, pero peligrosa al fin.

Nunca fui un niño muy aplicado, dedicaba poco tiempo al estudio, sin embargo la escuela me resultaba fácil, aunque en primer grado iba retrasado: no sabía leer y no pasaría de año si no aprendía.  Mi padre prometió dejar el cigarro cuando yo leyera. Pasé a segundo, aprobé otros grados, logré buenas calificaciones. No, mi padre no dejó de fumar por ninguno de esos motivos.

No lo recuerdo con claridad, supongo que yo tendría unos nueve o 10 años cuando mi padre sufrió un paro cardiaco. Luego de varios días en el hospital regresó a casa: un hombre más lento que de costumbre, aspirinas todos los días, dieta sin grasas ni colesterol, ni cigarro. Ésa fue la despedida definitiva; en un cajón de la cantina quedaron las últimas cajetillas de aquel paquete, una de ellas fue la que me sirvió para invitar a mi mejor amigo.

El cigarro establece una comunión, una fuerte relación, por momentos intermitente para algunos, nunca desaparece de la vida de un fumador, lo puede dejar y retomar en cualquier momento, no es como la exnovia que se casa con otro o… ¡vaya!, el cigarro nunca muere; la relación con él, creo, sólo puede terminar so pena de perder la vida.

No estoy en contra de los fumadores ni del cigarro, no me causa un problema platicar con un amigo mientras fuma, el humo no me es placentero pero es parte de las cosas que nos agradan, o no, de los demás, aunque… la boca de una fumadora, una vez probada… ¡qué dificultad!, supongo que es como probar una cerveza desconocida para un buen bebedor, el envase es atractivo, pero al beber, algo le han puesto a la botella y la cerveza no sabe cómo se presumía. Rosas a la vista, cenizas en el paladar.

Me hubiera gustado ser fumador, entender ese vínculo, no quedar excluido de esas invitaciones («¿Salimos a fumarnos uno?»), esa posibilidad de abordar o de ser abordado al pedir fuego o un cigarro; es una lástima, marginado de un mundo que a la vista parece tan atractivo.