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Divague: Revista de ensayo literario | Teoría del Chasco

Teoría del Chasco

Sin títuloPor Joaquín Peón

El chasco es un fenómeno paranormal que transgrede la voluntad, el deseo y la ilusión. El fin de la infancia, la enfermedad, el enamoramiento, son chascos. Lo mismo las revoluciones, la publicidad y las revelaciones trascendentales —cuidado, alcanzar una nos coloca en situación de alto riesgo. Sea el shmuck o sea el pícaro, el chasco no titubea a la hora de atentar contra los personajes arquetípicos de las comedias. Personas reales y protagonistas de ficciones somos víctimas probables, por no decir malheridos certeros, en la medida en que todos somos capaces de esperanzarnos. Las dimensiones del chasco son equivalentes al diámetro de la expectativa, no a la pesadez del imprevisto. Como demostraran el Coyote y el Correcaminos, el chasco es marca acme. En su acepción contemporánea a veces se le llama «plop».

Algunos diccionarios sugieren que el término viene del sonido de un pájaro granuja que se mofaba de los paseantes en el medioevo, otros plantean que viene del sonido del cristal desintegrándose en el suelo. Recalco: no el metal, no la madera, sí el vidrio. De origen incierto pero onomatopéyico, por lo tanto del latín, griego, kunama y todas las lenguas en las que los espejos al venirse abajo suenen «chasc», dínamo de comedias y tragedias desde la antigüedad, proveniente de todas las culturas que vivieron bajo el imperio de la gravedad y asimilaron que en la tierra los objetos son jalados con fuerza hacia la superficie, el chasco es calamidad, engaño, sorpresa, fracaso, es el gran golpe a la fe y, ocasionalmente, el piano que cae del cielo, encima del emprendedor.

A menudo se le confunde con el fiasco, a pesar de que existe una diferencia considerable entre ambos. El fiasco se atestigua, el chasco se padece. Hay una diferencia sustancial —el vómito— entre detenerse en un puesto, ordenar seis tacos, decepcionarnos de su hechura, y entre hacer lo mismo pero adquirir una bacteria estomacal jamás antes vista. A la ilusión, y consecuentemente al chasco, sólo se puede acceder mediante un acto voluntarioso. Ilusión es chasco en potencia. He ahí lo chusco. Un individuo, un grupo o una sociedad, persigue afanosamente una fantasía y se va de bruces contra una eventualidad ajena a su control. El hecho no es forzosamente humorístico, pero con el tratamiento adecuado puede ser más eficaz que las cosquillas.

El principio que da cuerda al chasco es también uno de los componentes esenciales de la comedia: el anticlímax. Recuerdo la escena de On the Road en que Remy insiste en llevar a Sal Paradise al muelle para que conozca a un ilustre individuo. «Hasta que no comprendas la importancia del Rey de las Bananas no sabrás nada acerca de las cosas de interés humano». Después de insistir un tanto, convencen a Sal de emprender la caminata. Cuando llegaron fue a dar con un ordinario anciano, parado en una esquina, cargando unos cuantos plátanos. El chasco es, entre otras significaciones, «el rey de las bananas».

También es el modus operandi de la parodia, hace de la épica una anécdota trivial y del viaje iniciático una espera interminable en el aeropuerto. Puede ser una forma de arrojar luz sobre esta realidad artificiosa y distorsionada, y estrategia ideal para representarla. Otro de sus elementos constitutivos es el accidente, la intromisión de un externo involuntario, el pastelazo cósmico.

Chasco el que cuenta Reinaldo Arenas en Antes que anochezca, cuando, con miras a obtener retroalimentación, le prestó su novela inédita a un cercano amigo que aparecía en ella bajo el pseudónimo de «Santa Marica, la virgen benefactora de las locas; virgen y mártir». El amigo, tras percatarse de ello, se encarga de destruir la única copia existente.

Chasco el de la señorita Trixie, la anciana senil de La conjura de los necios, la misma que pasó años trabajando como secretaria por su jubilación y, cuando por fin lo consiguió, fue rescatada por la esposa de su jefe, quien le devuelve el trabajo tras compadecerse aristocráticamente de su vejez, su soledad y su falta de ocupación.

Chasco el que se lleva el narrador del cuento La ley de Herodes cuando, a la hora de proceder con los trámites para obtener una beca en Estados Unidos, se topa con un doctor que le informa de los menesteres burocráticos: «Tengo que ver si tiene úlceras en el recto».

A lo largo de la historia no ha faltado quien se aproveche de las bondades del chasco, inclusive para sobrevivir en la guerra. Corría el año 1944 —Aliados y potencias del Eje se aniquilaban al mayoreo— cuando un par de campesinos franceses se toparon con cuatro soldados estadounidenses cargando un tanque de cuarenta toneladas a lo largo de la calzada. Lo que les pareció una alucinación era en realidad el producto del trabajo de aproximadamente mil cien soldados reclutados de las escuelas de arte de Filadelfia y Nueva York con la consigna de crear un ejército fantasma. Ilustradores, locutores, pintores y técnicos del sonido, cuya única misión era crear ilusiones ópticas y sonoras, como tanques inflables y falsas transmisiones radiales. Según cuenta la revista Smithsonian, a lo largo de la guerra realizaron más de veinte operativos y salvaron entre quince mil y treinta mil vidas. Ni siquiera los soldados del mismo bando sabían de su existencia. Otros casos afortunados de la historia han sido, por ejemplo, la invención de los rayos x o el descubrimiento de América. Chasco es perder la guerra contra una armada de juguete.

En lo que a la tradición del chasco en la literatura se refiere, quizás la pérdida más grande fue la de los coros griegos, esas presencias sobrenaturales de los ditirambos. A veces, cuando leo narrativas de bajo impacto, se me antoja que se aparezcan cincuenta cantantes y bailarines en escena y entonen en los oídos del protagonista melodías como las que aparecen en Los acarnienses, de Aristófanes, la más antigua de las comedias griegas. «Ea, compañeros, ¿por qué no le apedreamos? ¿Por qué no le cardamos como a la lana que va a teñirse de púrpura?». Entiéndase, entonces, que el chasco es y siempre ha sido el mismo pajarraco, acechante y socarrón.