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Divague: Revista de ensayo literario | Sucesión metropolitana

Sucesión metropolitana

Por Jaime Medina

This town’s so strange,
they built it to change.
And while we’re sleeping
all the streets,
they rearrange.
Arcade Fire, “Suburban war”

Para Ivan Hedderich

Numbered Cups-Clyde RobinsonFue recargado en la ventana de un auto que me di cuenta de la numeración errante de las casas, en algunas calles, y de su razón de ser. Los automóviles sin vidrios bien podrían ser un elemento de la novela Fahrenheit 451, mirar a través de los cristales (únicamente del interior hacia el exterior), por lo general, lleva a pensar y meditar —sin importar que el coche en el que uno viaje avance de manera constante o intermitente, rápida o lenta— y esto, a veces, provoca infelicidad en los pasajeros.

La sucesión sin sentido de las cifras de las edificaciones en una calle o avenida —que en ocasiones podría hacer a Fibonacci retorcerse en su tumba— es el resultado de cambios a lo largo del tiempo: demoliciones y construcciones que pudieron haber pasado inadvertidas o envueltas en polémica, drama, alegría. El hecho es que cuando una casa desaparece, ya sea por causas naturales (movimientos telúricos) o debido a la intervención humana, el número que solía identificar al predio perece con ella también.

Así, hallándome ante las eluctables consecuencias de una gran carga vehicular concentrada en una calle angosta, observé que las cantidades (cuando se veían, porque varias estaban escondidas y algunas casas no tenían nada con que señalar físicamente su número) daban brincos —prácticamente todos los esperaba, pero los cambios no llegaron a ser predecibles—: la descendencia de los setecientos a los trescientos se mantuvo durante un tramo, luego de vuelta a los setecientos en unas cuántas viviendas y de nuevo el retroceso. Pensé entonces que los predios marcados con los números más altos (en este caso los setecientos) pertenecían una generación diferente a la de los demás.

Los hogares nuevos (las remodelaciones no entran en esta categoría) construidos en una zona previamente urbanizada no pudieron emplear el número que su antecesor había usado mientras se encontraba en pie, por lo que fijaron una cifra que los diferenciara del resto y que, además, ninguna propiedad hubiera utilizado, aunque la discrepancia con la numeración de las fachadas cercanas fuera evidente. Así, las cantidades que sobresalen por su aparente carencia de sentido dentro de la sucesión numérica que uno consideraría correcta, corresponden a las edificaciones aparecidas en otro tiempo al resto de las que la rodean. Es relativamente comprensible que, a 472 años de su fundación, en algunas vialidades de la ciudad de Guadalajara uno no sepa si la numeración va o viene; o si es posible identificar la cadencia con la que ésta se altera conforme uno avanza.

No me atrevo siquiera a tratar de descifrar la regla específica y concreta de esta situación ni sus efectos y, a pesar de la amplia evidencia de este fenómeno, no sé qué criterio normaría al elegir la cifra para una nueva casa: con frecuencia espetamos “Los números están mal”. ¿Realmente son incorrectas las cantidades? Lo que sí sé es que hay negocios de comida, bancos, paqueterías, etcétera, que están al tanto de lo que pasa. Por eso nunca es suficiente proporcionar el nombre de la calle y el número de la residencia que uno habita: siempre preguntarán por las calles entre las cuales se ubica, para así reducir el margen de error al mínimo.

Tal vez convenga estar enterado del precepto anterior (si es que lo hay, como tal). Así, en lugar de estresarse ante el ir y venir de una secuencia completamente arbitraria —según algunas personas— completamente ajena a nuestros motivos y prisas por dar con alguna dirección (que quizá se localice lejos de ahí, y uno cree que está cerca teniendo como referencia el número que le indicaron) se podría disponer del tiempo para apreciar la frecuencia y la magnitud de los cambios, para entonces advertir la posibilidad de estar con una zona de la ciudad que, años atrás, pudo haber sido completamente diferente.