Sobre Siria

Historia de ataques quimicos en Siria

Tomada de El tiempo

Por: Daniela Razo

A principios de esta semana, diarios internacionales se llenaron con imágenes de uno de los peores ataques que ha sufrido Siria en los últimos meses: un bombardeo con armas químicas que ha dejado al menos un centenar de muertos y unos cuatrocientos heridos. Las fotografías de los heridos retorciéndose de dolor y de niños con la mirada perdida que tratan de asimilar lo que ven han invadido medios de todo el mundo y nosotros, sin querer queriendo, nos volteamos hacia ese país de Medio Oriente, y no por primera vez.

Bombardeos en Siria hay todos los días desde hace cinco años, y por eso muchos de nosotros no prestamos atención. Es un país que ya prácticamente no existe; las edificaciones han desaparecido o están en ruinas, las calles están desiertas o bien se encuentran resguardadas por los rebeldes de minorías kurdas, o las fuerzas de Bashar Al Assad, o yihadistas del Estado Islámico.

Este último ataque ha logrado el interés mundial porque, primero, se usaron armas químicas (súper prohibidas por la respetable ONU), y, segundo, porque la cantidad de civiles heridos que se ha especulado es una de las más altas de los últimos bombardeos. ¿Quién demonios haría semejante barbaridad?, nos preguntamos con un renovado interés por aquel ruinoso país.

Aquí es donde los comentarios se desvían de Siria; una parte de la sociedad critica a aquellos que sólo hasta ahora voltean al país mientras que otros se vuelven hacia los que ni siquiera se han molestado en iniciar el #PrayForSyria en las redes sociales. El resto sólo miramos todos los bandos y pensamos que siempre es lo mismo.

Algunos días antes de este incidente, comencé a leer La nueva lucha de clases: Los refugiados y el terror de Slavoj Zizek, y esta es una de las cosas que más llamaron mi atención: la culpa y responsabilidad que la ideología izquierdista nos hacen sentir a nosotros, observadores de esas noticias, y cuyo principal objetivo es acusar a los grupos en el poder de la crisis en la que se encuentran varios países de Medio Oriente, cuando ellos mismos, a través de esa postura de apertura a refugiados y proteccionismo están contribuyendo a ahondar dicha crisis.

Dicho de otra manera, de acuerdo a Zizek, entre más tiempo y dinero inviertan las naciones primermundistas en ayudar a refugiados, más crítica se volverá la situación para ellos. Para mí, tiene mucho sentido lo que escribió el filósofo; sin embargo, no me parece que a estas alturas se les deba dar la espalda.

Nosotros —los que no vivimos en esa realidad— podemos voltear mil veces hacia Siria y lamentar mil veces la muerte de tantas personas. Culpemos a los yihadistas, o Al Assad, como si estuviéramos bien enterados de la situación regional. Iniciemos hashtags y unámonos a campañas humanitarias a favor de los desplazados, y unámonos al odio hacia los países que les han cerrado las puertas.

Las principales potencias europeas tienen años intentando crear un diálogo entre las partes en conflicto para ponerle un fin y, quién sabe, quizás algún día funcione si todos los involucrados logran dejar a un lado sus propios intereses… ¿será eso posible?

En lo que a nosotros, ciudadanos irrelevantes, se refiere, la verdad es que no hay nada que podamos hacer para ayudar a Siria. El país tiene cinco años haciéndose pedazos y sólo sabemos de él cuando al menos cien inocentes se han visto afectados por un bombardeo o algo así. Y nos acordamos de los que han dejado ese país cuando vemos, en fotografías, sus rostros desesperados en el Mediterráneo.

Mientras Siria, y países como ése, no encuentren su paz —algo que ningún otro país logrará por más que meta mano y misiles—, nosotros seguiremos viendo esas fotos y lloraremos un poco por ellos. A esto, Zizek le llama “patética solidaridad” y en parte tiene razón, pero no por eso deja de ser un sentimiento sincero.

Yo, por ejemplo, quisiera ser capaz de hacer algo por ellos. Esos niños sirios, de ojos grandes y de colores, de cabello revuelto, de piel cuarteada y mirada desamparada. No me importa si es su realidad y no la mía, no me importa si en todo el mundo hay niños que sufren. Yo estoy viendo sus fotos y las de su país destruido, y siento un nudo en la garganta.

Nadie merece vivir de esa manera, y sin embargo así es. Ningún país con poder debería meterse en los asuntos de otros, pero  pasa. Los ataques, las muertes y las respuestas aparecerán en las noticias y seguiremos sintiendo esa “patética solidaridad”, rezando  porque las cosas mejoren, deseando poder hacer algo.

En el fondo, lo que realmente queremos es no estar del lado de los que sufren.