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Divague: Revista de ensayo literario | Sobre la pérdida del tiempo y el ocio

Sobre la pérdida del tiempo y el ocio

Ocio y trabajo 5

Fuente: 4CP

 

Por Bernardo García González

Es un lugar común decir que el ocio juega un papel importante en la filosofía. Generalmente, en los libros de texto o en las clases de filosofía de la secundaria o de la prepa, se dice que el origen de la filosofía es precisamente el ocio. Que la filosofía fue posible en Grecia porque había hombres ociosos cuya vida consistía principalmente en pensar.

De hecho, originalmente la palabra teoría significa literalmente contemplación. Los filósofos contemplaban (teorizaban). Ocio, en griego, se dice skholé, de donde deriva directamente nuestra palabra escuela. De modo que, dicho de manera muy vaga, la escuela en Grecia era una ocupación que consistía en contemplar las cosas del mundo. Si eso lo comparamos con las escuelas de hoy, no queda más que deprimirnos.

Pero nunca la palabra ocio ha vuelto a tener un sentido tan positivo como lo tuvo en Grecia. Ese ocio está muy lejos de parecerse a lo que hoy muy vagamente —y malamente— llamamos tiempo libre. La de antes era una escuela contemplativa que convocaba a hombres libres. La de hoy, por lo general, es una escuela rígida, llena de normas, con un tiempo definido y pautado.

Una distinción que me gustaría hacer (y me parece que es la idea central de este escrito) es que ya no cabe hablar hoy propiamente de ocio en el sentido griego. El ocio en aquella época era fundamentalmente un modo de vida, y no sólo una forma de pasar el tiempo. Por eso podemos decir que Grecia era, en un sentido estricto, una cultura del ocio… Era un lugar en el que se cultivaba el ocio. Nosotros, por el contrario, solemos pensar que el ocio es el tiempo que nos sobra, el tiempo en el que no tenemos ocupaciones directamente ligadas a las solicitudes de la vida económica, el tiempo en el que no estamos ligados u ob-ligados a nada. La vida actual no consiste en ocio. Podemos tener ratos de ocio, pero esos momentos son un remanente de lo que, como civilización, nos ha resultado verdaderamente importante: el trabajo.

Subrayo entonces que el ocio, en sentido profundo, no es un mero uso del tiempo, sino más fundamentalmente un modo de vida, una forma de ver y enfrentar el mundo, una cultura. En el mundo contemporáneo queda claro que hemos abandonado la cultura del ocio para sumirnos, más bien, en la cultura del trabajo.

Pensemos por ejemplo en esta idea de la escuela. Antes, la escuela coincidía con la filosofía. Ahora la filosofía se hace más bien a pesar de la escuela. De hecho en la escuela contemporánea no es sólo un lugar en donde nos van adiestrando para el trabajo que nos espera en el futuro (como lo podemos advertir en casi cada publicidad escolar), sino que también es el lugar en el que se impone un cierto tipo de vivencia y comprensión del tiempo.

Dos de los dispositivos más dañinos de la infancia —y más traumáticos para mí, por cierto— son la agenda y el reloj (y el reloj despertador el que más). Con la agenda te enseñan que el tiempo es una especie de contenedor, de espacio vacío, que sirve para ser llenado. Yo me acuerdo muy bien de mi agenda escolar. Les comparto (con mucha vergüenza y definitivamente nada de orgullo) que estudié con los hermanos maristas en Guadalajara. [Jamás metería a mis hijos (si los tuviera, si no me diera flojera tenerlos) en un colegio marista que tiene por principales valores la labor y la obediencia]. Pues bien, en el Cervantes teníamos una agenda desde preprimaria. En la portada de la agenda estaba el logo del colegio. El primer día de clase la ponían arriba del pupitre. De modo que uno llegaba de las vacaciones y justo después de saludar a los amigos tenía frente a sí la horrorosa agenda amarilla. Esa agenda estaba perfectamente pensada para niños: adornada con cuadritos de colores que ya disponían de todos nuestros horarios del año. De ocho a nueve matemáticas, de nueve a diez español, de diez a diez quince receso, luego ciencias naturales, etc. De manera que el tiempo libre (el del receso) estaba literal y simbólicamente atrapado. No era, en realidad, tiempo libre. Era el tiempo que estaba, por ejemplo, entre la clase de español y la de ciencias naturales. Se entiende de entrada que ni las ciencias naturales ni el español, ni las matemáticas eran tiempo libre… no eran recreo, no eran recreativas —en el pleno uso de la palabra—. De hecho aplastaban al recreo. Y no tenían, evidentemente, nada que ver con, por ejemplo, contemplar, pasear, divertirse o nadar. ¡Qué lejos está eso de la skholé griega!

En general, una civilización puede asumir el modo de vida propio del trabajo o el modo de vida propio del ocio. Hoy no hay duda: la nuestra es una civilización de trabajo y de prisa. Nuestra vida ya no consiste en ocio. Más bien aquello que llamamos tiempo libre lo utilizamos para huir de la vida, para salir corriendo de aquello en lo que sí consiste nuestra vida, que por lo general es el trabajo. Y en esta civilización el correlato del trabajo no es el ocio sino el entretenimiento —que es una palabra horrible—. Entretenimiento quiere decir estar tenido —estar sos-tenido— entre dos puntos. En el entretenimiento la vida no consiste, se está sólo como entre paréntesis, aprisionado entre las actividades que sí consisten (las matemáticas y las ciencias naturales en la infancia, o la junta de trabajo y el pasar por los niños a la escuela en la vida adulta). Nuestra cultura es una cultura del trabajo, con el correlato del entretenimiento.

¿Qué se ha perdido al optar, al construirnos como una cultura de trabajo, en lugar de ocio? Se ha perdido libertad,evidentemente, pero también se ha perdido cuerpo (o consistencia) y se ha perdido vida.

Lo de haber perdido libertad me parece que está claro. Perder cuerpo puede sonar un poco más extraño, pero notemos, por ejemplo (por lo menos desde el ámbito de la filosofía), la gran diferencia que hay entre una acción que consiste en contemplar (es decir, en mirar el mundo con detenimiento, con demora —palabra ligada a moral—) y otra que consiste en memorizar. Por lo menos mantenemos dos palabras de la filosofía antigua que remiten directamente al cuerpo, pero sin la más remota idea de su origen: el filósofo griego, el que sabía mirar, buscaba la esencia de las cosas. La palabra esencia hoy es una especie de fantasma intangible, accesible sólo mediante trampas y artilugios racionales; pero así como la contemplación está ligada a los ojos, la esencia está ligada a la nariz. La esencia de una flor puede ser entendida en términos intelectuales, pero también en términos corporales.

Y otra palabra: sabiduría. El hombre sabio era el que probaba el mundo… sabiduría viene de sapere, que significa sabor. Esas categorías que hemos heredado de los griegos, y que utilizamos constantemente en nuestro lenguaje, están ya completamente desligadas del cuerpo. Nuestro cuerpo más bien está inserto en otro lugar.

Para los griegos, por poner un ejemplo corporal más, el paseo era fundamental en la filosofía. En los diálogos de Platón, Sócrates aparece caminando constantemente. En Fedro pasea por el campo, pero en muchos otros diálogos por las calles de Atenas. La filosofía era peripatética, que significa literalmente caminar con alguien alrededor de un patio. Y el paseo como forma de ocio (de escuela) se ha perdido prácticamente por completo. Decía Aranguren en los años 50:

Dentro de poco, por nuestra ciudad ya no pasearán sino quienes profesionalmente deban hacerlo: los escritores para mirarla y los arquitectos para cambiarla.

Un amigo que vive en Caracas, ciudad precipitada y, por tanto, extremadamente moderna, nos contaba que, algunos días, cuando salía de casa con tiempo sobrado para ir a la oficina, deliberadamente dejaba el coche en el garaje con el fin de dar un paseo; pero que este paseo se veía siempre frustrado porque, amigos o conocidos, al verle, no pudiendo comprender que nadie vaya a pie por gusto, detenían su coche e insistían tanto en llevarle que siempre, tras declinar las insistentes invitaciones de los primeros que le encontraban, terminaba cediendo para no discutir más.

Estamos, pues, lejos de una cultura del ocio.

Y aquí va otra palabra clave para entender nuestra vida hoy: trabajo, que viene del latín tripalium que significa literalmente «tres palos». El tripalium era una tortura que se cometía contra los esclavos. Un palo vertical para el dorso y dos en forma de cruz para las extremidades… y con un juego de cuerdas las estiraban para atormentar el cuerpo. De ahí viene la palabra que define nuestra cultura: un tormento. Y de ahí también, evidentemente, que lo que siga después del trabajo sea la jubilación, que viene de júbilo, que significa literalmente «gritar de alegría».

Podrá decirse que hoy en día el trabajo puede ser también libre e inventor. En el hombre ocioso de la ciudad antigua, quehacer y goce se daban siempre juntos. Pero en el hombre de la ciudad actual el quehacer se hace trabajo y el goce se va hacia el entretenimiento o la distracción —otra horrible palabra: distracción— o, en el mejor de los casos, diversión —que es una palabra más bonita que significa estar vertido en otro, di-vertido— o recreación —ahí sí una palabra muy bella: re-crearse, volverse a hacer—.

Pero otro problema es que el dinamismo de la ciudad actual aplica igual para el trabajo que para la diversión. Se ha ido acelerando tanto el ritmo de la vida que el hombre cae en una inquietud en la que, habiendo perdido el tiempo esencial del ocio, siente que le falta tiempo, que no tiene tiempo. Y es entonces cuando comenzamos a decir que el tiempo es oro. No solo el tiempo del trabajo, sino también el de la diversión, que se empieza a ser más apresurada, también.

Por ejemplo, se ha perdido también la conversación. Nuestras conversaciones van haciéndose cada vez menos desinteresadas. Se habla de negocios, se habla para entretenernos, pero ya no tanto para cultivarnos. Y el deporte, que ya no se trata tanto de un cultivo. Es mucho más un negocio. Y el tiempo en el deporte también importa cada vez más: el tiempo récord. Mientras que a los juegos griegos les era común la nota de la libertad (eran en esencia tiempos y hombres libres), ahora en los deportes no deja de contarse el tiempo. Lejos de ser juego libre, se convierten en actividades con reglas rígidas, similares a las del trabajo. Finalmente, el deporte se hace «profesional».

Pero, sin duda, después del maquinismo, el trabajo entra en un proceso de deshumanización increíble. El trabajo es cada vez más duro, más despegado de la vida libre. Y surgen esos otros monstruos: los relojes.

La historia de los relojes nos regala un dato tristísimo. El primer reloj mecánico es del siglo xii. Fue la primera ocasión que tuvo la humanidad para medir con precisión los minutos y segundos. Luego los primeros relojes mecánicos en plazas públicas se empezaron a observar en el siglo xiv. El caso de Colonia, Alemania, es especialmente revelador: se instaló el reloj público en 1370. Cuatro años después se aprobó una ley que fijaba el comienzo y fin de la jornada laboral. En 1376 se sumó a la ley que los trabajadores podrían tener sólo una hora para comer. En 1390 ya había incluso toque de queda en la ciudad. Eso significa que en un lapso de 20 años, los ciudadanos de Colonia pasaron de no saber con precisión qué hora del día era, a estar regidos por el estado en cuestiones como trabajo, comida y descanso. No mucho tiempo después ya era común tener relojes mecánicos en las muñecas (grilletes). Y como era obvio, algún día aparecería el peor enemigo: el reloj despertador, un reloj mecánico atado a una campanita.

Así pues, formamos parte de una época en la que ciertas palabras clave de nuestra historia cambian su significación y valor, y que pasan de positivo a negativo: el ocio antiguo se convierte en la madre de todos los vicios, curiosamente vertido ahora en femenino (ya no es el ocio, sino la ociosidad). Las especies alteradas del ocio se van convirtiendo en tedio, en melancolía, en spleen, en aburrimiento y en pereza —que se erige como pecado capital, ligado a la melancolía—.

Conservamos en nuestras ciudades, evidentemente, algunas formas de aquella vida griega: tenemos gimnasios, teatros, escuelas, liceos, etc., pero a esas formas se les da un sentido completamente nuevo: de entretenimiento o diversión, más que de ocio propiamente dicho.

Dice María Zambrano:

A un régimen político se le puede juzgar por el ritmo que imprime a todo el pueblo, por la vivencia del tiempo que permite a los ciudadanos… En el modo de moverse las multitudes, un observador avisado podría sorprender la situación social de un país. Por el ritmo o la falta de ritmo, por el modo de mover los pies, de dejarse espacio.