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Divague: Revista de ensayo literario | Sobre el sentimiento de lo feo

Sobre el sentimiento de lo feo

IMAGEN DE LA COLECCION "BLOW JOB" DEL ARTISTA TADAO CERN.

 

Por Carlos Andrés Gallegos Valdez

No hay algo que discrimine más o provoque oposiciones de clase tan violentas como los cánones de fealdad. Pero incluso en la estética de lo horrible existen notables diferencias. Los negligentes de la apariencia corporal, los fregados de la ciática, los ojerosos con antifaz de ladrón permanente que le roban el sueño a la madrugada, los barbudos neohippies, los que tienen la panza pintarrajeada por estrías toscamente delineadas, los que tienen barros más difíciles de expulsar que los gorrones de las fiestas o los borrachines maratonistas de los bares… Todos esos pertenecen a la categoría contracultural de lo pinche feo, ejemplares biológicos de lo grotesco que parecen idénticos. Pero así como entre los perros hay razas, aquellos hombres y mujeres desgraciados, hechos con la verga y no con pincel, se dividen en dos categorías principales: los feos y los que se sienten feos.

Semejante catálogo de inmundicias no expulsa su hediondez cuando los familiares y amigos abren el bote de la leche caducada y empiezan a oler. El rostro se les descompone mientras te dicen «¡Pero qué gordo estás!», «Te pusiste más llenito» o «Deberías hacer más ejercicio». Es allí cuando se diferencian los feos de los que se sienten feos. Al feo le vale madres el comentario sibilino de la tía igualmente gorda o de la prima repelente. Al que se siente feo, semejantes descripciones le resultan verdades científicas, dogmas de fe. Con la misma precisión de la que hacen gala los matemáticos para resolver teoremas, los que se sienten feos se colocan el sambenito de lo horrendo en sus almas y se tapan la cara o se esconden en un rincón para que la gente los deje de ver.

Al feo no le importa si colocan su rostro en un museo de Ripley o en el Semanario de lo Insólito; es feliz presumiendo la poca enjundia y esmero con que sus padres hicieron la tarea de procrearlo. El otro feo se coloca voluntariamente la marca de Caín para autoflagelarse en la imposibilidad del cambio; fueron las brujas o las maldiciones quienes lo forjaron aborrecible.

El feo por convicción suele vestir pantalones tan libertinos que ni se ruboriza al mostrar el culo. Es un rebelde de la lactancia, bebé lloroso y despreocupado con el pañal cagado haciendo peso en la cintura. Lleva el pantalón en la pelvis para que no le apriete la barriga. Agradecido por todo lo que Dios coloca en su cuerpo, el feo sentimental realiza ofrendas a sus fluidos corporales. Se deja las lagañas en los ojos porque lo que el Creador da, el hombre no lo puede quitar. Se come los mocos porque los infantes, ángeles de Dios, también lo hacen y hay que mantenerse puros como los niños para llegar al Reino de los Cielos. Como la Naturaleza dio la saliva a los perros para limpiarse, el feo se vuelve animalista y los imita, harto de la dominación antropocéntrica que menosprecia el valor de todas las especies que viven en la Tierra. La comezón se vuelve una pulsión tan natural como el comer. Los pedos resultan ser liberaciones de la represión del Ello, en términos freudianos, o crítica subversiva de las apariencias burguesas, en términos comunistas.

Los feos que aprenden a aceptar lo chingados que están, suelen vivir en paz, alcanzando la quietud de espíritu y la iluminación que aún encuentran los filósofos, los religiosos y los drogadictos. A los tristes acomplejados que se niegan a ser feos les quedan dos alternativas: la primera, es admitir su condición como el cerdo que se acostumbró al chiquero, haciendo todo lo que mencioné líneas atrás y agregando más símbolos decadentes de distinción. Así como al tragón se le conoce por el modo en que agarra el taco, al que se siente feo se le reconoce por sus camisetas desfajadas, sus zapatos empolvados, las rasgaduras de sus pantalones, lo despeinado del pelo, el aliento cadavérico del perezoso que olvidó el cepillo de dientes, los restos de baba que maquillan de blanco los cachetes o del que escupe con ánimo de quitarse un resfriado. Algunas tribus urbanas utilizan el cuerpo como signo de identidad: los emos usan flequillo; los aspirantes a invidentes, llamados hipsters, miran con gafas de pasta; los góticos visten de negro. Los que se sienten feos prefieren no utilizarlo: son platónicos en potencia. ¿Para qué preocuparse por lo corporal si podemos vivir en el mundo de las ideas, siempre inmutables?.

La segunda alternativa del sentimentalmente horrible es evadir su realidad con los estupefacientes, alucinógenos y narcóticos que venden esos carteles legales del narcotráfico llamados medios de comunicación masivos. Los feos sin autoestima son una lucrativa y millonaria fuente de negocios para cirujanos plásticos, empresas de cosméticos y tintes para el pelo, vendedores de productos milagro, compañías de lácteos, diseñadores de modas, perfumerías, farmacéuticas, fabricantes de vitaminas y hasta nutricionistas. La publicidad y los programas de televisión se alían para despreciar a esos títeres grotescos, para venderles fajas reductoras, yogures light, pastillas milagrosas, cremas que quitan las arrugas y blanquean la piel (pobres afroamericanos, quien diría que Nivea logra lo que el Ku Klux Klan jamás) y desodorantes que funcionan como viagra para tetos y frikis.

Toda esta parafernalia provocó la más conmovedora decadencia del sentimentalmente feo, el que quiere ser bonito y luce aún más fregado, como un Frankenstein maquillado con pedazos de cadáveres. El feo que se acepta a sí mismo lo ve con sorna, el feo sentimental que sigue la primera alternativa lo mira con desprecio, y los bellos, esas caras lindas con la cabeza de tambor, les cantan a esos monos de circo la frasecita de aquella adaptación descerebrada que Televisa hizo del cuento Patito Feo: «Nadie pasa de esta esquina, aquí mandan las divinas, porque somos gasolina, gasolina de verdad».

Considero que lo feo siempre existirá, y es necesario que siga existiendo. Lo feo nos recuerda las imperfecciones de la vida; lo grotesco nos brinda la comedia que necesitamos para derribar lo solemne y las pretensiones de acomodar la realidad a nuestro control. Por eso, el feo aceptado, el tipo que sabe que ESTÁ HECHO mierda con esa cara que se carga, es un tipo ecuánime, porque admite lo que es, no lo que su orgullo le dice que es o lo que los otros opinen de él. El sentimentalmente feo es un pavo real hinchado de soberbia, un tipo que se piensa perfecto y cuando se mira al espejo se frustra perdiendo contacto con la realidad, CONSIDERÁNDOSE mierda. Así que lo mejor será dejar de tomar demasiado en serio nuestras imperfecciones, obsesionándonos con el abandono corporal y de imagen, o drogándonos con falsas promesas de belleza. Al final, la muerte nos hará a todos completamente aborrecibles. Y nadie encontraría un placer estético en un cadáver putrefacto, con la carne hinchada y devorado por los gusanos, aunque hay gente para todo.