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Divague: Revista de ensayo literario | Sobre el revoloteo de un colibrí

Sobre el revoloteo de un colibrí

Colibrí

Fotografía de Fernando Osuna.

Por Carlos Grande

 

Porque si aún no son, ¿dónde los vieron los que predijeron
cosas futuras?; porque en modo alguno puede ser visto lo
que no es. Y los que narran cosas pasadas no narraran cosas
verdaderas, ciertamente, si no viesen aquéllas con el alma,
las cuales, si fuesen nada, no podrían ser vistas de algún
modo. Luego existen las cosas futuras y pasadas.

Confesiones, San Agustín

Mi parque favorito (el Parque de la Estatua) está circunscrito a un triángulo conformado por mares venidos a nombres de calles: Mar Rojo gobierna los vientos portentosos del sureste que provocan los automóviles; sobre Mar Adriático se encauza la línea noroeste con edificios más elevados y modernos, como las olas gigantes propias de los ciclones, y, finalmente, Mar Caribe apunta directo al norte, donde son visibles las tierras prometidas con sus grandes tesoros escondidos —aunque, con ojos atentos, aquellas riquezas parece que se esconden bajo murallas metálicas y eléctricas, con una vigilancia propia del impertérrito Argos de Panoptes, cuyos ojos siempre están al acecho.[ref]Como todos sabemos, Zeus fue el primer don Juan de la historia —en su lista de conquistas se cuentan tanto diosas como mortales—, y tenía un amorío con Io, hija de Ínaco y sacerdotisa de Hera. Ante las sospechas de la diosa —imagino que el dios del trueno se ganaba las desconfianzas a pulso—, Zeus se vio envuelto en la premura de convertir a Io en una ternera. Hera, al no ver a Io, pero sí a la ternera —claro, las constantes infidelidades confieren una cierta malicia—, reclamó a Zeus esta última por ser un animal menor. De haberse negado, el más grande de los dioses se hubiera delatado, por lo que aceptó. Hera puso a Io bajo la custodia de Argos, una criatura con más de cien ojos alrededor del cuerpo y que lo hacía el mejor guardián, puesto que sólo un par de éstos dormían de cuando en cuando, siempre al acecho de cualquier impostor.
Lo demás es aburrido: Hermes, por encargo de Zeus, duerme con una canción de cuna a Argos y lo mata, rescatando así a Io. En los Diálogos de Platón, Sócrates suele jurar por Hera. En ocasiones, cuando camino —mejor dicho, y ante los nombres de las calles, navego— al parque, me creo Hermes y trato de pasar de manera sagaz e inadvertida ante los ojos de Argos —transformados por el tiempo en una cámara de vigilancia. Aquellas tierras prometidas del septentrión son fortalezas cercadas por puertas eléctricas, donde vive pura gente pudiente. ¡Por Hera! [/ref]

Los grandes árboles de este parque siempre me han parecido más chuecos de lo que un árbol normal podría ser —lo que los hace más bellos. En el centro del parque gobierna la estatua de Pegaso, que se erige sobre dos esferas de roca, una más grande que la otra —¿la Tierra y la Luna? ¿El Sol y la Tierra? La verdad es que nunca me ha importado lo suficiente— y, para coronar la potestad del caballo de Zeus, una fuente circular hace girar chorros de agua de diferentes maneras, dándole vida al vuelo del mítico corcel.

Uno de mis mayores placeres en la vida consiste en sentarme en una de las tres bancas herrumbradas situadas frente a la estatua de Pegaso, y admirar el revoloteo de los colibríes. Me fascina verlos tan inquietos, aquí y allá, siempre curiosos de lo que una planta puede esconder. El día que uno de ellos decidió no volar y permaneció quieto en una rama, quedé aturdido, como si me hubieran dado un golpe en el pecho que me sacara el aire de los pulmones, las evocaciones incontenibles: no lo podía creer, no recordaba algo parecido.

El suceso no hizo más que incrementar mi fascinación y curiosidad por estas diminutas criaturas: jamás había notado que, por lo general, sus colores son muy variados (más allá del verde, rojo y azul, a los que estaba acostumbrado): pueden conjuntarse el violeta de la cola con el amarillo en las zonas laterales de la cara; el naranja cubriendo el interior de las alas para realzar el pecho con tonos blancos y negros; o, sin muchas excentricidades, portar un punto rosa justo debajo del pico, el cual, en ocasiones suele ser tan grande como el cuerpo mismo del colibrí.

Pero más allá de los colores exuberantes que ostentan, los colibríes encierran un misterio en el revoloteo de sus alas que atañe tanto a niños como a viejos, tanto a los que están por llegar como a los que ya se fueron: el enigma del tiempo ¿El tiempo es una clase de medida? La vida de una persona, por lo general, la medimos en años —nunca he escuchado a alguien que diga que vivió mil lamentos, quinientas cincuenta y tres carcajadas y cuarenta y siete arrebatos del corazón—; las épocas las solemos representar en términos de siglos, y, con el afán de medirlo todo, la humanidad se ha enraizado en los milenios.

Apenas uno presencia el aleteo incesante, que no sabe si está frente al pasado, presente o futuro. Los movimientos son casi armónicos, musicales, crean un zumbido característico de estos animales.[ref]De hecho, siempre que visito a estos viajeros fugaces, me gusta escarbar en los sonidos de mi memoria para traer al presente dos temas musicales que, más que ser piezas bien construidas, son estudios para amaestrar los dedos en el oficio de hacer vibrar las cuerdas de una guitarra —clásica, por supuesto; lo moderno no me va bien—: el primero, con tintes de coincidencia, El colibrí, un estudio de Julio Salvador Sagreras —cuyas Primeras lecciones son imprescindibles y, no menos importante, El abejorro, de Emilio Pujol. En ambos casos, se emula un zumbido que va y viene, que, con una melancolía que comienza en los tonos graves y acaba en los agudos, me hace recordar cuando jugaba fútbol con mi padre en este parque; aquí aprendí el arte del correcto golpeo del balón.[/ref] Y es que, apenas acaba un aleteo, ya vienen las ráfagas de viento provocadas por el siguiente, y por el siguiente, y por el siguiente… Así, los pequeños vendavales pasados se confunden con los futuros, y, ¿dónde queda el presente? Cada movimiento es tan efímero que la diferencia entre los estados del tiempo pasa inadvertida, como si estuvieran todos juntos a la vez.

¿Cuál es la escala correcta para medir los aleteos de un colibrí? ¿Los minutos, acaso los segundos?[ref]55 veces por segundo. Eso es todo. Teóricos —y ociosos— de Stanford se dedicaron a medir el número de veces que un colibrí mueve sus alas por segundo. Pero, claro, como no tengo una cámara «Phantom» ultra rápida en mis ojos y no puedo disparar 3,300 cuadros por segundo, en alta resolución, y unos 650,000 en resolución diminuta, prefiero seguir maravillándome con mis incertidumbres y desasosiegos.[/ref] Prefiero el fragor de las emociones: encasillar la decrepitud de una vejez espiritual dentro de un cuerpo joven; la postración de un anciano que siente cómo se encarcelan mil siglos de agonía en un solo instante; el tedio que desconoce los segundos, minutos y horas; una centésima de segundo para sucumbir eternamente ante una mirada, ante unos ojos que nada dicen y todo ocultan.

Pues bien, más que medir el tiempo habrá que compartirlo. Los árboles deformes de este parque fueron, en su principio, los juguetes de mi madre —probablemente por eso están tan chuecos—, que se trepaba a ellos como si escalara la montaña más alta del mundo, como si pudiera tocar la luna con la yema de los dedos y soplarle a las estrellas creyendo que eran dientes de león, esparciendo las partículas fugitivas (como diría San Agustín) y sus fulgores de risas e inocencia sobre el césped. Pero eso fue hace mucho, cuando este parque no estaba gobernado por mares alrededor y sólo existían unas cuantas casas rodeadas por terracerías. En aquel entonces Argos no tenía prisioneros que custodiar y todo era de todos.

En cierto modo el pasado se puede palpar —y también lo puedo ver, levantando la mirada hacia la bóveda estrellada, al observar destellos que ya no existen, pues su luz sigue viajando en el tiempo—, como ahora siento la rugosidad de los árboles amorfos, imaginando las remembranzas de mi madre que me han traído hasta aquí; y así, palpando, acariciando, podemos darnos cuenta de que el tiempo suele dejar rastros y huellas; recuerdos que nos dicen quiénes fuimos y nos enseñan las grietas que nos han dado un nuevo rostro. Huellas que son cicatrices; las cicatrices del tiempo; las cicatrices que encierran todas las exasperaciones que producen una partida, una caricia y una voz protectora; toda la seguridad que puede conferir juntar los brazos con otra persona, juntar el pecho y el corazón, completamente inermes, a sabiendas que en ese instante vertimos el alma en la otra persona y, por el contrario, toda la aflicción que conlleva ya no sentir más aquellos brazos.

Así me encontraba yo el otro día, acariciando las cicatrices del tiempo en las piernas de mi madre, invadidas por el dolor de los años. Así me encontraba yo, cuando comprendí que el tiempo algún día nos va a separar y nuestros brazos ya no se encontrarán más y sólo quedará nuestro amor en el recuerdo más profundo que pueda albergar mi alma. Aún me quedará su historia y, en ésta, su amor. Me quedará su ausencia siempre presente, arraigada a mis sentimientos más recónditos e insondables.

La historia le viene bien a las alas de estos pequeños seres ya que, no sólo les basta con llevarla a cuestas en el revoloteo, además, son las únicas aves capaces de volar hacia todas direcciones: hacia atrás (como si quisieran regresar al pasado y enmendarlo), en espiral o simplemente flotar en el aire. No sé lo que es verdaderamente el tiempo; me conformo con suspender mi vida en el aire, volar al lado de mis fieles amigos y depositar mis arrobamientos en ese revoloteo tan incesante y fugaz.