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Divague: Revista de ensayo literario | sfdlksdmfls

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Bondia, a teclear un rato-Jordi Mani

Por D. E.

Una de mis grandes motivaciones para escribir es indigna del oficio. O por lo menos raya en lo muy bruto (variedad de aceptaciones admitidas). Si yo fuera parte del gremio de escritores, ya sea de los hardcore o de los amateurs, probablemente así lo etiquetaría, o peor. (Peor, sí, definitivamente). Caramba, si eso es lo que creo, ¡imagínense qué grave es!

Algunos escritores describen su amor por las palabras y la lectura como catalizadores, mientras que muchos otros señalan la inspiración que les brindan sus hijos o sus familias, sus historias personales, inclinaciones políticas, situaciones económicas o cualquier razón de su interés artístico o intelectual (y a veces hasta financiero, cuando son de tendencias más bien mercenarias). En mi caso incluyo una razón increíblemente básica y sensorial: me gusta mucho teclear.

Me siento algo imbécil por admitirlo, pues considero que escribir debería de ser una actividad primordialmente intelectual. Aunque podría parecer que me mofo del oficio, no podría estar más lejos de ello. Si sólo me moviera el gusto raso de teclear, ya llevaría decenas de páginas llenas con la pauta que sugiere el título de este texto. Sin embargo, siento que en mi caso se dio que un placer táctil jugó un papel inesperado para desarrollar un interés por escribir.

Bueno, a veces. Porque aunque me guste la opción de teclear para poder escribir, no necesariamente escribo cada vez que tecleo, ni tecleo cada vez que escribo, si entendemos por escribir que existe un propósito literario.

¿Entonces qué tanto tecleo? Muchos ensayos no, evidentemente. Ni artículos ni novelas (brincos diera), ni cuentos ni poemas ni guiones ni blogs (hace años tuve uno, pero había algo de tener una audiencia que me perturbó y lo cancelé). Supongo que tecleo lo que se ofrezca. Empecé escribiendo tareas de la escuela cuando todavía preguntábamos a los maestros si la querían a mano o en computadora (que era sinónimo de «impresa», porque hoy en día no necesariamente las imprimen). Entregar una tarea a máquina era la parte que menos me pesaba, aunque tenía compañeros de clase que gruñían por tener que hacer algo que a mí me parecía ameno.

Nos enseñaron mecanografía cuando los floppy disc estaban en su apogeo y los estudiantes saboteaban los mouse[ref]¿Mice?[/ref] para sacar las pelotitas que traían adentro. La llegada de los ratones ópticos decepcionó a algunos.

La iniciación en la mecanografía fue con un insulso teclado de colores, impreso y enmicado. Usarlo me parecía una estupidez y un insulto a mi inteligencia. Luego de varias sesiones tediosas llegó el alivio utilizando uno de verdad. Tal fue el tedio que causó el teclado impostor, que cuando pasamos a uno real me dio una alegría un tanto patética.

Nos proveyeron un programa muy sencillo en el que ingresábamos las letras en patrones preestablecidos, empezando con la efe y la jota y nada más. Al principio sólo debíamos usar los dedos índices, como indicaba un diagrama en pantalla, y repetir varias combinaciones de estas dos letras (la barra espaciadora la vimos más adelante).

 

ffffjjjjfjfjfjjjfffjjfffjfjfjfjjjjjjffff

 

Si no me falla la memoria, la máquina nos castigaba si ingresábamos la letra incorrecta. Emitía un ruido súmamente incómodo y un tanto escalofriante, era casi el equivalente a recibir una descarga eléctrica, cortesía de la burda tarjeta de sonido. Supongo que la motivación para teclear correctamente residía en parte en evitar producir ese sonido espantoso y, por otra, que no expusiera nuestros errores mecanográficos tan obviamente al resto de los alumnos. De todas formas al principio nos equivocábamos tanto que había un ruidajal en la sala de computación.

Durante aquellos ejercicios el único papel del maestro era cerciorarse de que nadie mirara sus manos al teclear, sólo su pantalla. Luego de un rato, y si no nos habíamos equivocado mucho, el programa indicaba que debíamos continuar con la ge y la hache, usando solo los dedos índice para repetir patrones nuevos. Una vez que lo dominábamos se añadían las letras que habíamos practicado anteriormente.

 

hhhhgggjjfhgjfhgjfhjghfhhhgjjjfffhhgg

 

Así fue como, poco a poco, recorrimos todo el teclado, tecla por tecla y dedo por dedo, hasta llegar a los números, porque ahí fue cuando el profesor decidió cortar nuestro entrenamiento y pasar a otras cosas, como jugar con la computadora. Cabe mencionar que hasta hoy tener que insertar números o símbolos me trunca un ritmo por lo demás infalible.

Si en ese entonces la mecanografía ya me parecía un juego, al año siguiente, cuando comenzamos a tener competencias en clase, casi lo elevé a categoría de deporte. Todavía recuerdo a mi más grande rival, un chico judío con las mejores calificaciones de la generación. Íbamos cuello a cuello en la competencia en la que, con las manos cubiertas por una hoja de papel, debíamos copiar un texto en un minuto. Éramos los que lo tomaban más en serio, y se notaba.

Creo que fue a partir de entonces que olvidé dónde están las letras. Cuando escribo las encuentro al instante con sólo tocarlas, pero si quisiera recitar de memoria qué cinco letras están sobre la barra espaciadora, tardaría bastante u optaría por sucumbir y mirar el teclado. Lo que sí puedo hacer es concentrarme en lo que escribo, como por ejemplo en lo que va apareciendo sobre la pantalla, en el documento que copio, o en lo que dice alguien, sin preocuparme de cometer muchos errores.

Sin embargo, no ver las teclas cuando escribo develó un insospechado y ligeramente perturbante efecto. Dejando atrás la escuela, ya en el trabajo hubo ocasiones en las que ayudé a tomar notas o a redactar un correo, ya que así como mi jefe pensaba muy rápido, escribía lento y siempre mirando el teclado, lo que en ocasiones resultaba en reescritura, porque no notaba cuando olvidaba dar clic en el área de texto sobre la que redactaría, por ejemplo, un correo. Por mi parte, soy muy rápida y cometo relativamente pocos errores, pero es necesario concentrarme para ser veloz capturando lo que se dice. Para que nada se escapara de mi atención durante el dictado, solamente solicitaba el teclado inalámbrico y me sentaba del otro lado de mi jefe. Apenas había enunciado “Estimado señor Martínez”, cuando podía ver que las palabras ya habían aparecido en su monitor. Ya que yo no tenía necesidad de mirar lo que se estaba escribiendo, me limitaba a observar  atentamente a mi jefe mientras esperaba impaciente la siguiente frase. Así fue como comenzó a olvidar sus ideas y a evitar mirar en mi dirección. Pronto comprendí el nivel —no incómodo— siniestro, al que había elevado esta noble actividad. Hay programas que hacen esto, pensé, pero no se te quedan mirando. Así que pronto opté por disminuir la intensidad de mi atención y mirar la pantalla en lugar de a mi jefe, lo que evidentemente le ayudó a que reorganizara sus ideas antes de continuar con el dictado. A veces también decidía teclear un poco más lento, porque percibía que también se asustaba un poco cuando terminaba de escribir su frase antes  que él la hubiera dicho..

Ahora que lo pienso, ya no me encuentro conforme con aseverar que para mí escribir inició sólo como un gusto sensorial. Creo que debo agregar también el placer de la competencia, aunque hoy no cuente con un contrincante tangible. O quizás haber sido enseñada desde chica a usar una herramienta de hardware —por nada más y nada menos que otra de softwaretuvo consecuencias peculiares, no lo sé. Pero me gusta.