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Divague: Revista de ensayo literario | ¿Sentimentalismo por un Blockbuster?

¿Sentimentalismo por un Blockbuster?

Diario de cine

Por Guillermo Núñez

Jon Hamm en 'Black Mirror'

Jon Hamm en ‘Black Mirror’

7.III. 2016

 Ayer salí a caminar. Desde la colonia Florida, donde visité a mi madre, enferma de influenza, caminé hasta Coyoacán, entrando por Viveros y enfilándome por la calle Madrid hasta Centenario. Ahí, en la esquina con Viena, vi lo que queda del Cine Coyoacán (los vecinos lograron impedir la construcción de un nuevo centro de espectáculos, en su lugar; un tentáculo aburguesador, claro, de lo que está ocurriendo en Xoco). Recordé que en ese cine, de adolescente, vi Duro de matar 3 (con mi padre y un amigo), así como Epidemia, ambas de 1995. Recuerdo la angustia que sentí cuando, en Epidemia, a la que fui con mis hermanas y sus amigos y amigas (un momento extraño que no he vuelto a experimentar), mostraban a uno de los infectados viendo una película en un cine no muy distinto al que proyectaba la película: el personaje tosía y la cámara acompañaba, volando sobre el aire, a la partícula con la que infectaba a otros espectadores. Después de ser incapaz de contener la violencia de su tos, el personaje salía a la dulcería y colapsaba. Creo que el recuerdo fue motivado por el discreto pánico que se asoma ahora que ha resucitado el H1N1 en la Ciudad de México.

Preparo un ensayo sobre la representación del futuro en el cine de ciencia ficción. Vi Ghost in the Shell (una película animada, también de 1995) de Mamoru Oshii. Me aburrió un poco, a pesar de sus momentos contemplativos, tal vez lo más destacado de la animación: esos montajes de los paisajes y rincones urbanos en los que no pasa gran cosa. Por lo demás, la cinta no hace sino insistir en las preguntas que ya se habían planteado en 2001: Odisea del espacio y Blade Runner.

Anoche también vi Frente al mar (2015) de Angelina Jolie. La cinta me recordó a Mr. and Mrs. Smith (2005, Doug Liman), en la que un matrimonio descubre que no es necesario asesinar para darle sentido a su unión. En Frente al mar, el matrimonio llega a la conclusión de que es posible la vida en pareja sin la reproducción. Es el tipo de cintas de las que el público, incapaz de aceptar que ha tirado su dinero a la basura, sale del cine resignándose a decir, al menos, que “los paisajes están impresionantes”.

Las cosas han cambiado, querido George Orwell: «Todo mundo tiene a alguien a quien puede ver hacia abajo y debo decir, al haber ejercido ambos oficios, que al crítico de libros le va mejor que al de cine, quien ni siquiera puede hacer su trabajo desde casa.»

 

11.III. 2016.

 Anoche vi un capítulo de Black Mirror, que, me parece, fue pensado como un especial de navidad: White Christmas. Se transmitió originalmente el 16 de diciembre de 2014, dirigido por Carl Tibbetts y escrito por Charlie Brooker. Lo vi en Netflix (ya encarrilado, también me sometí a capítulos sueltos de otras series).

Vi un documental de Jon Ronson: Kubrick’s Boxes (se transmitió en la televisión en 2008). Es sobre el archivo que el director dejó a su muerte. Una anécdota recogida en el documental: en una ocasión Kubrick se molestó porque un anuncio para una de sus películas (una inserción pagada en un periódico alemán) era más pequeño de lo que se esperaba. Envió, pues, a uno de sus colaboradores a Stuttgart, desde Inglaterra, para averiguar cuál había sido el problema. En efecto, el anuncio se había encogido durante el proceso (en lugar de imágenes fotográficas, se utilizaron placas de metal, lo cual explicaba la reducción en la impresión de papel). El anuncio era más pequeño de lo normal por tres milímetros.

 

14.III. 2016.

 En casa vi The Lobster (2015) de Yorgos Lanthimos (de quien también he visto Canino), el mismo día en que me enteré de que formará parte de la muestra de la Cineteca Nacional (que inicia el 18). Es una cinta de ciencia ficción interesante. Como Never Let Me Go, Her, Ex Machina o Under the Skin, echa luz sobre el triste futuro que nos depara el presente de nuestras relaciones sentimentales y sociales.

He estado abusando de Netflix. Es una herramienta siniestra, de contenidos siempre a la mano, un poco violento (el prefijo de su nombre esconde a la serpiente; no, más bien a la red de serpientes: una Medusa que nos petrifica en el acto de ver películas o series que podrían interesarnos, o no). El tiempo que he malgastado en Netflix me hizo recordar con nostalgia al par de Blockbusters que frecuentaba en mi infancia y juventud, por no hablar del Videocentro que se encontraba a unos pasos de la escuela o el Videodromo que visité algunas veces (en la sucursal de la Condesa). De alguna forma el deambular por los pasillos de esas videotecas (de renta) le otorgaba un mayor peso, físico, a mis elecciones. El instant queue (¿lo que sigue instantáneamente en la fila?) le quita, por otro lado, significado a lo que vemos. Lo de Netflix no son tanto elecciones como películas o series o contenidos que toleraríamos, dado que están a la mano (ni eso: dado que están inmediatamente).

Un amigo, recuerdo, trabajó en uno de los Blockbusters que yo frecuentaba (y al que dejamos de ir, mi familia y yo, porque insistían en que no habíamos regresado una película). En ese entonces cada tanto mi amigo me recordaba que Gwnyeth Paltrow, a la luz de Grandes esperanzas (a saber, la adaptación que hizo Cuarón en 1998), era la mujer más sexi del mundo. Lo decía con pasión. Y no lo dijo en una sola ocasión, me apuro a decir. A la fecha me asombra. En el mismo establecimiento, mientras esperaba en la fila para rentar algo, escuché la agria queja de una mujer que había visto la secuela de Anaconda por recomendación de uno de los dependientes (o empleados) del Blockbuster.

Ahora, ¿con quién quejarnos?, ¿a quién intentaremos persuadir de que una mujer nos parece seductora en dos dimensiones durante varias semanas, hasta el absurdo?

¡Sentimentalismo por un Blockbuster!

Son memorias cutres pero las aprecio.