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Divague: Revista de ensayo literario | Retrete

Retrete

Retrete

Por Diego Casas Fernández

A diferencia de quienes recuerdan sus primeras lecturas de libros de valor y popularidad consabidos, mi estreno en la literatura no se dio de un modo común (aunque sí mediante una actitud debidamente corriente): fue una gamberrada lejos de lo ilustre que en ese entonces me resultaba leer a Paz, a Borges o a García Márquez en la comodidad húmeda del baño. Fue más una situación de carencias habituales lo que me obligó, durante muchos años, e incluso hasta hace poco, a compartir recámara con mi madre, pues tanto la holgura ilusoria como el poco dinero mermaban toda posibilidad de autonomía y privacidad inmediatas. Digamos que hasta el día de hoy no he dejado de ser un niño de casa de la raíz a la punta, un hijito de mami con ésta tatuada (a base de henna, menos mal) en todo el cuerpo; una larva cristalizada en su propio capullo compartido, ese feto liado por años con el cordón umbilical de su misma supervivencia parasítica.

Por tal motivo carezco de un lugar fijo para trabajar; preciso de un estudio en forma y ni qué pensar de un escritorio con su respectiva silla giratoria y una ventana en donde pueda meditar a mis anchas contemplando una o dos macetitas sobre el alféizar, mientras crecen en ellas un girasol o unas huele de noche —según se encuentre mi estado de ánimo y la gravedad de mis sílabas—, y cuya presencia sopese mis ideas en torno a lo feliz que es leer y escribir sin pobrerías de por medio. (Cabe señalar que es esto lo que me ha impelido, en una actitud usurera y un tanto arribista ―«¡Eres mala, Teresa!»―, a tratar de emanciparme de la casa familiar y buscar por mi cuenta algo de dinero que pueda sufragar los gastos de un modesto estudio con su correspondiente, e igualmente modesta, bibliotequita esnob).

Fue por ello que ante tal desventaja (o acaso valga decir desventaja a medias) cada huida al baño era sinónimo de tres cosas de las que ninguna se salvaba de cierta evasión de la realidad en busca de un universo opuesto a lo que sucedía afuera: masturbarme, leer y escribir. No obstante, no ha existido razón de peso que me obligue a modificar tal rutina, pues más que entrenamiento, la inercia y la monotonía comprometen cualquier disensión   al respecto. En este caso en particular el orden de los factores sí altera ―y en mucho― el producto, puesto que a modo de ritual no puedo comenzar a escribir si antes no me masturbo, y entre ambos procederes la lectura, cuya preeminencia ha ejercido una influencia, por lo menos ante mis ojos, a menudo palmaria cada vez que quiero escribir.

Digamos que no puedo ejercer dicha tríada de otro modo, pues de hacerlo estoy seguro de que cualquiera que sea la otra actividad que desplace a la de en turno, ésta interrumpiría sin reparos, ofuscando mi lectura, borroneando las letras y confundiendo las palabras, en caso de que me encontrara leyendo; o, por otro lado, encorvándome de la angustia y la preocupación por haber postergado un texto ya a esas alturas impostergable, suponiendo que los aguijones de la procrastinación estuviesen zahiriendo con su ferocidad mi muñeca derecha y evitando los escalofríos alrededor de mis testículos.

Por eso digo que no en todos los lugares de nuestra casa podemos (ni debemos)  escribir. Al compartir un hogar ―ya no digamos una vecindad ni mucho menos un fraccionamiento o un condominio― cualquier espacio que se considere propio ha pasado, como mínimo, por la inspección de todos los residentes, quienes a fuerza de territorializar su entorno tienden a inmiscuirse en el silencio del perímetro que según ellos les pertenece por norma, quebrando con su nomadismo latoso el sosiego de cada mueble, único dueño de un espacio asegurado al menos por más tiempo que del que goza la familia al interior de la casa, sin contar sus habitaciones que con frecuencia no son sino hospicios donde se traman nuestros peregrinajes posteriores.

Yo, como otros, comencé a escribir a la usanza de los jodidos (o prudentes, según se mire): sentado y frente a la mesa del comedor o, cuando había oportunidad, sobre la superficie del escritorio de mi tía, dentro de su cuarto. Pero dadas las circunstancias en las que vivía al momento de emprender la creación de algún poema o el esbozo de una narración, mis primeras cuartillas fueron concebidas en la sudorosa acogida del baño, mientras apoltronaba mis nalgas sobre una taza rodeada de miasmas profilácticos (pues en casa se acostumbra tomar de dos a tres litros de agua al día; se procura además comer mucha fibra) y un hedor a caca mezclada con Maestro Limpio, Pato Purific o con cualquier otro desinfectante que de paso mejorara el ambiente y, de paso, lo volviese menos repulsivo, siquiera por unos minutos, lo que durara la estancia creativa allí.

Y es cierto: no cualquier lugar es propicio para la concepción de un poema, ni mucho menos de un ensayo o un cuento, cuya extensión, dicho sea de paso, requiere mayor reflexión y, por tanto, menos prisa, unos segundos más que permitan corregir al vuelo, reescribir las veces que sean necesarias y repensar mejor la puntuación; en fin: la paciencia y el tiempo que merece el arte. Pero no me malentiendan (pues lo último que quiero es que las groupies de poetas reconocidos o los diletantes animosos de la poesía se arracimen, irascibles ―alcances que dudo, pues no prestarían atención a algo que no tuviera el autógrafo famoso― en mi contra): no digo que un ensayo exija más esmero que otro género, ni que toda narración, debido a su talante extenso, demande mayores diligencias por ser más escritura que un poema. No. Aunque, a decir verdad, la ambigüedad me resulta cómoda para hablar de una vez por todas de quienes se empecinan en creer, pero sobre todo en celebrar, que la poesía sigue siendo el género supremo per se, ocurrencia que han utilizado como pista de alunizaje muchos lunáticos para autoproclamarse como herederos exclusivos, según ellos, de una tradición privilegiada con amarras de oro. Dicha egolatría me recuerda un pasaje de El telón en el que Kundera declara (palabras más, palabras menos) que la prosa, debido a su facha pedestre, jamás logrará alcanzar lo sublime que incuba la poesía, con lo que por supuesto disiento, pues tal aberración no hace sino frenar cualquier otro modo de escribir poesía (y literatura en general), negándole el paso a exploraciones temerarias aunque igual de serias, ligadas al contexto en que germinan.

Aunque a últimas fechas tales exploraciones sean tomadas como el chance autorizado de escribir tonterías. Ahora que algunos poetas quieren despojarse del lastre que ha resultado el género para el que escriben, la arrogancia de sus colegas más grandes no ve con buenos ojos sus referencias ni al Facebook, ni al Skype ni a Miley Cyrus, pero los apoyan porque al fin y al cabo ellos ―jóvenes creadores de nihilismo de aparador― son el futuro de México.

No es nada en contra de la poesía, en todo caso mi tirria la dirijo a unos cuantos, esos que con tal de no pasar a la historia como bonitas piezas de museo, aceptan cualquier cosa bajo la excusa de provenir de cabezas jóvenes; el chiste es “romper los cánones, abrirlos”, dicen los muy alocados. Así, aquellos que siguen autodenominándose como “verdaderos poetas” resultan ser los primeros antologadores de tales desmadritos. La poesía mexicana actual, uno de tantos fotogramas ―acaso el más repugnante y hermoso― de The Human Centipede.

Y aunque maldecir y echar pestes no es una actividad exclusiva del baño, lo cierto es que nos dirigimos hasta allí con las injurias dentro con tal de que nuestro brío de lavandera no sea censurado por las buenas conciencias. Solemos contener la tristeza, la desolación y la furia semejante a como retenemos la orina o disimulamos los retortijones prediarréicos: sonreímos como si nada, mientras nos cagamos por dentro. De allí que el baño sea el lugar al que accedemos quienes nos aguantamos el berrinche, descargando la desesperanza bajo llave y con el lavabo y el retrete reunidos dentro del mismo duelo solitario.

Cuando lloro verifico que no haya nadie a mi alrededor , ya que todavía me siento incómodo cuando me ven en un estado en el que tan sólo yo me conozco. Pero no actúo de tal modo por mero embravecimiento, sino por el fastidio que le resulta a uno no poder berrear a sus anchas por culpa de la presencia de alguien más, quien no deja de extrañarse del porqué de nuestro llanto: que tú no eres así, que ya dime ¿Qué te pasa?, que ¿Por qué lloras? Ni siquiera cuando entramos ya sea a masturbarnos, a leer o simplemente a recapacitar sobre lo que llevamos hecho en la vida, tomamos en serio el estar solos con nuestra propia humanidad.

Recuerdo un aforismo (o algo parecido) de Cioran en el que anima aprender de nuestra soledad, pues en ese momento tal vez podamos conocer algo de lo que se ubica fuera de nuestro rango de visión, cuyo radio comprende también las cosas que no sabemos sobre nosotros mismos. Para colmo, y que conste que no es mera ficción, cuando leía a Cioran estaba en el baño de un vecino que muy amablemente me permitió el paso, primero, a su casa y después a su baño (concesión no siempre autorizada). Mientras buscaba el papel higiénico, sonreí primero por estar solo y luego, por tener amigos con un nutrido revistero. Me sentía tan bien de poder disfrutar ese instante al menos por cinco minutos más. Después, tuve que salir. A Toño, mi vecino y dueño de la casa, comenzaba a preocuparle mi tardanza.

En ocasiones, al interior de mi baño o fuera de él, no dejo de pensar en las circunstancias gracias a las cuales Montaigne, confinado en su castillo y lejos de cualquier amenaza de la muchedumbre, comenzó a escribir un ensayo y no otra cosa. Unigénito del ocio pero también miembro honorable de su propia soledad, da gusto pensar en que el francés no sólo cultivó la escritura en el aislamiento, sino además todas aquellas afrontas de una intimidad ecuánime a las que tuvo acceso, acaso tentado a transcribirlas pero con la convicción de que resultaba favorable dejarlas en el tintero y seguir disfrutando de ellas cuantas veces quisiese, sin temor a la reprobación de la corte de Enrique IV, que las desconocía soberanamente. Esto no le impedía a Montaigne dejar de solazarse en aquellas seducciones de lo anónimo y de su vida privada. Sus más impúdicos misterios los imaginamos de pie en la punta de su lengua, segundos antes de arrojarlos al torrente de aguas cristalinas de la hoja en blanco. De allí que no todo esté dicho en sus biografías ni mucho menos en su legado literario, puesto que los entresijos del ensayo de todos los tiempos (pero con más frecuencia de los actuales) todavía carecen de esa agrura causada por los genuinos y más puercos secretos de un ensayista: sus gracias, su existencia.