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Divague: Revista de ensayo literario | [Que divague, dice ahí]

[Que divague, dice ahí]

Que divague-1

Fotografía de Juan Carlos Luna.

 

Por José Israel Carranza

[Qué diferencia insospechable hay entre fumar mientras se escribe y escribir impedido de hacerlo. No hace mucho hube de avenirme a las restricciones contra el humo de tabaco en el lugar donde paso buena parte de las horas de la mañana que antes dedicaba a escribir fumando, y como esas horas aún he de llenarlas escribiendo —pero sin fumar—, he debido experimentar la privación formidable que, en mi experiencia, toma forma de una especie de ingravidez que vuelve indóciles mis miembros: no sé dónde poner los pies, las manos caen sobre el teclado sin que los dedos acierten a reconocer las teclas, es una suerte que siga conservando la cabeza —bamboleante, inútil— sobre el cuello. Aunque lo consigo: escribo. Hasta que llego adonde las horas transcurren lejos de aquellas restricciones —a esta mesa, a esta tierra firme donde el peso del cenicero sobre la mesa es evidencia de que la gravedad ha vuelto a operar, mis pies se posan con alguna certidumbre en el suelo, los dedos saben moverse, la cabeza deja de hacerlo—, prendo el primero de los últimos, excesivos cigarros del día, y el mundo vuelve a ser más o menos comprensible y la cosa sale].

[Me invitaron a enviarles algo en ocasión del primer aniversario de la revista. Lo evidente, pensé enseguida, es que esperan algo que tenga en cuenta la efeméride. Esto quedó corroborado por las especificaciones que me hicieron más adelante: en efecto, su propósito —que habría de hacer mío— era que, cualquier cosa que terminara enviándoles, versara sobre el asunto: que partiera del aniversario o lo rondara, o bien que desembocara en él, y quedaba tácitamente vedada la posibilidad de eludirlo].

[Ese primer cometido, veo ahora, queda alcanzado en las últimas setenta y nueve palabras del párrafo anterior].

[El cenicero estuvo deteniéndome pacientemente el cigarro mientras salía dicho párrafo. Me olvidé, lo cual antes no me sucedía, y cuando caí en cuenta fui a descubrir que ya no había cigarro, sólo la colilla que se apagó sola y permanecía detenida como por milagro en la muesca practicada para tal fin en el borde del cenicero. Incluso el humo se había disipado].

[Es cierto que nunca se habló de un pago. Ni habría habido por qué. La invitación se me hizo en los términos más cordiales, la acepté de inmediato, y gustoso, y ambas partes concertamos la colaboración sobre el entendimiento tácito de que no existiría emolumento, de tal manera que sería un desatino, cuando no un abuso, que yo me atreviera incluso a imaginarlo, y ellos estarían bien blindados si les lanzara alguna reclamación o al menos la insinuara: nada me prometieron, yo no debí figurarme nada que no hubiera quedado dicho. Y además conozco bien las circunstancias, hasta cierto punto heroicas, en que han dedicado sus empeños a hacer vivir esta revista, admirable por varios conceptos, construida sobre la base de un puñado de afinidades estéticas y éticas que están cohesionadas por un principio de buena voluntad (y de amistad: las mejores revistas tienen en su núcleo un grupo de amigos) debido al cual está perfectamente justificada —todavía— la omisión de nimiedades como la previsión de pecunio para los colaboradores y para los hacedores mismos, aun cuando existamos algunos, entre los primeros, para los que ese factor cuenta mucho… Y no es que esté, en este párrafo, reclamando nada —no es que esté hablando del asunto como no queriendo la cosa, a ver si de repente se les ocurre…—: sólo…].

[Me levanté de la mesa para ir a retratar las nubes. Es un hábito que tengo, o un tic, no sé si llegue ya a afición —me falta sistema—, pero eso quisiera que fuera, para dedicarle más tiempo, para justificar el impulso irresistible que, como ahora mismo, me obliga a interrumpir lo que sea que esté haciendo y apunte mi celular y dispare repetidas veces para luego tener una colección de las instantáneas entre las que escogeré la de colores más vistosos o la de formas más inesperadas, a fin de exhibirla enseguida en la cuenta de Instagram destinada en buena medida a tal propósito. Para justificar ese impulso, que hasta ahora no parece sino gratuito y poco razonado, tengo previsto, a finales de este año, solicitar mi membresía a la Cloud Appreciation Society: tal vez entonces, cuando me admitan, el hábito o tic cobre un sentido y pueda preciarme de tener ya una afición en toda forma, cosa que siempre he sospechado que me falta, una carencia en la que acaso radique la causa primigenia de que escriba ensayos, actividad ultimadamente reservada a quienes no encontramos nada mejor que hacer].

[Ahora pienso cómo será leído ese párrafo sobre el pago. Creo que lo escribí queriendo ser gracioso. Pero hay una diferencia entre querer ser eso y acabar siendo graciosito].

[Pero también me dijeron: «Cualquier cosa», y esa libertad, acaso aprovechable de inmediato por otro de neurosis menos sañudas, a mí me mete por lo general en un pantano de indecisión que es motivo de postergaciones y dilaciones y angustias sin cuento. Porque, aun cuando yo promulgo una fe según la cual el ensayo siempre puede hacerse cargo de «cualquier cosa», a la hora de la verdad descubro siempre —es decir: no lo descubro, sino que lo corroboro, y ya debería haber aprendido— cómo lo preferible es contar con una instrucción precisa. De manera que, para salir del atolladero, en este mismo momento vuelvo a la senda segura de la efeméride y me alejo del precipicio espantoso al que conduce la engañosa libertad].

[Así pues: esta revista cumple un año, tiempo suficiente para apreciar sus logros y confiar en que seguirá alcanzando otros. El primero, lo sabe cualquiera que se haya visto inmiscuido en la empresa más o menos insensata de lanzar una publicación independiente, es no haberse extinguido: los entusiasmos originales eran auténticos, se han afianzado —las contrariedades que indudablemente ha debido surtir la famosa realidad no han sido un solvente suficientemente fuerte como para borrarlos—, se trocaron en tenacidad y convicción y los frutos están a la vista: cinco ediciones (seis con ésta) pobladas de una rica multitud de piezas cuya diversidad temática y estilística bien puede servir para afirmar que en el territorio del ensayo es donde está ocurriendo mucho de lo mejor de la literatura mexicana contemporánea, a despecho de cuanto sugieran en sentido contrario las querencias convenencieras de la industria editorial, las predilecciones aturdidas del público lector (la gente nunca sabe lo que quiere, y cuando lo sabe por lo general son porquerías) y el desdén o encono u ojeriza que algunos han dado en ejercer contra un género que, pese a su irresponsabilidad característica —lo que primeramente le reprochan— es, como bien al tanto están quienes hacen esta revista, un observatorio óptimo del presente y el vehículo necesarísimo para la circulación del pensamiento crítico. (Ya en más de una ocasión he estado a punto de enzarzarme en defensas más o menos irritadas, y bastante ociosas, del ensayo. Pero se defiende solo, creo, y para probarlo basta echar un vistazo a esta revista)].

[El martes de esta semana vi, en un matutino televisivo local, la noticia de que habían capturado a los dos asesinos de una mujer. La historia era, básicamente, que uno de ellos, celoso de que la víctima lo hubiera canjeado ya por un nuevo amor, decidió matarla, y para ello pidió ayuda a un amigo. Hasta ahí, todo más o menos normal —en los términos de la normalidad siniestra que el crimen y el horror han impuesto sobre la realidad de todos los días en este país psicótico. Pero, de repente, al ver las faces imbéciles y perplejas que lucían los asesinos, esposados y de espaldas al muro en que los exhiben delante de las cámaras, reconocí a uno. O creí reconocerlo: William James llamaba a esto experiencia tantálica: cuando uno está en posesión de la forma de un conocimiento —un recuerdo, un nombre, una palabra que se escapan— pero dicha forma está vacía y no hay manera de rellenarla. Así que con esa convicción dándome vueltas («Yo conozco a ese cabrón») pasaron el martes completo y la mitad del miércoles, hasta que ocurrió esto: ya resuelto a afrontar de una vez por todas la conclusión de este ensayo, y, por tanto, viéndome en la necesidad de resurtir mi provisión de cigarros a fin de poner manos a la obra sin la perspectiva ominosa de que se agotaran —el ensayo no había podido prosperar en aquel lugar vedado para el tabaco del que hablé al principio, además tenía otras tareas que realizar, además no se me paga para que escriba nada que no esté estipulado en el contrato a cuya observancia debo, precisamente, pasar en aquel lugar las horas que antes pasaba en otros, fumando y escribiendo, aunque para esto último no siempre se me pague… y no se lea esta última precisión como reiteración de un reclamo que no estoy haciendo—, fui al Seven Eleven de la esquina de mi cuadra. Y me bastó ver el uniforme de la cajera para que aquella experiencia tantálica dejara de serlo, para que la forma de la certidumbre que llevaba conmigo se viera súbitamente atestada por la información que me hacía falta: el asesino que creía haber reconocido era un cajero del Seven Eleven. Era posible que, de no haberlo prendido la policía, esos cigarros que ya la cajera me alcanzaba estuviera entregándomelos él. Esa tarde estupefacta del miércoles no pude escribir. Nunca sabemos nada de nadie, ni hay manera de remediarlo. Hoy es sábado por la mañana. ¿En qué estaba?].

[Más allá de la efeméride, lo que creo que cabe celebrar es el ejercicio del rigor editorial y la imaginación que con él se ha aliado en la confección de cada número. Cuando, hace un año, fui invitado a participar en la presentación de esta revista, escribí algo a partir de lo que había encontrado en el primer número («Bifurcarse»), y como, por una parte, eso que escribí nunca se publicó en ningún lado, y por otra sigo pensándolo, lo pongo aquí, para terminar de una vez]. [Acaso he tomado demasiado al pie de la letra el imperativo que da título a la revista, la paciencia del lector tiene límites, hay nubes en el cielo que debo asomarme a retratar antes de que sea demasiado tarde, los cigarros se agotan, no quiero ir al Seven porque no sé quién pueda estar vendiéndomelos, pronto será de nuevo una mañana de lunes, tengo que pagar la colegiatura de la creatura y, por tanto, enfrascarme en el cumplimiento de las responsabilidades alimenticias]:

«…la lectura de ensayos enseña que todo es susceptible de explicarse siempre de otro modo, y por tanto es un combustible inestimable para la imaginación. Cuando, además, las pesquisas que determinado autor haga sobre su tema aspiren a consistir como arte literario, el resultado puede llegar a ser memorable para la emoción y decisivo para la comprensión mejor que cada lector tenga del mundo y de sí mismo (y esto es algo que podrá corroborar cualquiera que haya constatado cómo las explicaciones más fiables de lo que somos y del tiempo que nos ha tocado se encuentran en la literatura). Creo que eso pasa con cada una de las piezas publicadas en esta revista».