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Divague: Revista de ensayo literario | Punto sobre callo

Punto sobre callo

cicatricesPor: Francisco Mendez

Existen 2 lugares en el cuerpo cuya pequeña alteración en forma y magnitud causa extrañeza e incomodidad: uno es la boca y todo lo que ocurra en ella; el otro, la mano.

 

Cuando me tapan una muela, después de tanto tallar con la “fresa”, el dentista termina pidiéndome que me retire y regrese al día siguiente para ver si aún siento que mi mordida no es uniforme, ¿les sucede a los demás?. Puede que esto me ocurra por el efecto de tener la boca abierta tanto tiempo, sumándose a que  mi quijada ya esté algo desacomodada por golpes del pasado. Algunas pequeñas diferencias se vuelven perceptibles para uno mismo.

 

Me encontraba cortando una planta de plátano, los que las conocen saben que el “tronco” de ésta es ligeramente flácido -es como el tallo de una planta blanda pero con el diámetro de un tronco respetable-, por lo tanto no se corta a golpe de filo. Yo acostumbro clavar y deslizar el machete, pero en esta última ocasión, ya casi para terminar mi labor, lo que se deslizó por el filo fueron mis dedos. Por un momento pensé que sería cosa leve, un pequeño parche en los dedos y listo, en el servicio médico dijeron que no. Los cortes generados  por filos agudos suelen no ser dolorosos, puede ser más ofensiva la sutura o incluso la aguja que se clava para anestesiar. Al momento de la herida, en el instante inicial del corte, es la idea de la fatalidad lo que trastorna.

 

Siento un rechazo por las costuras: no las de la ropa pues algunas me parecen agradables, haciendo contraste  en color o dando un toque fino, como esos sacos con costuras en las solapas. Me refiero a los puntos en la piel, a las hebras de nailon o polipropileno, incluso las grapas para sutura.

En mi cuerpo hay algunas cicatrices, pero éstas que he conseguido en mis dedos, aunque pequeñas, me son incómodas e imposibles de ignorar, yo, como Focillon, le concedo real importancia a la mano, es una  muestra de la personalidad y de la historia del que la usa. Ahora con nuevas cicatrices en una de ellas: ¿pesa lo mismo una marca en la cara que en la mano? Ambas nos presentan, pero la mano hace el trabajo sucio, se cubre la cabeza con las manos esperando salvar lo más importante. De entre las partes más nobles del cuerpo (si es que hay algo como eso), las extremidades superiores solo están después del “fiel servicio de las muelas carcomidas”.

 

Los hilos o grapas en la piel me resultan similares a las imágenes de esas películas de ciencia ficción en que la piel tiene una relación íntima con el cuerpo extraño, como una conexión en la nuca o atrás de la oreja, no recuerdo si fue en Blade Runner, o en alguna de sus contemporáneas, que se observa una situación así, un adicto es comprado con droga, la droga está contenida en un artefacto que proporciona placer al colocarlo en el conector que tiene detrás de la oreja. Situación similar me produjeron las conexiones de la nuca en la película Matrix, la idea de que el cuerpo está alterado, un objeto extraño convive con él, como si una alimaña se clavara en el interior para comer por dentro; eso o que el objeto metálico se oxida y en algún momento pudre la carne.

¿Se ha torcido usted un dedo? Después del suceso, ¿no le ha pasado que siente molestia en el brazo, como si la torcedura afectara a toda la extremidad? Al acudir a un quiropráctico y mencionar un brazo torcido, él podría comenzar a masajear los dedos, no es gratuito, el secreto: no sólo por las líneas de la palma está en la mano.

 

Pensaba en estas líneas cuando topé con un acontecimiento revelador: mi primera sutura, la cual ya estaba perdida en mi memoria, debió ser a los 3 o 4 años. Fue en los labios, sólo puedo recordar cómo sucedió y el momento en que, en medio de mi llanto, cortaban el exceso de hilo de entre mis labios, pero repasando el hecho, y en ausencia de más imágenes, no sé si era eso o cortaban el hilo para retirarme los puntos, no tengo recuerdos de mirarme al espejo con esos hilos o tocármelos, seguro existieron esos momentos, y  fueron bloqueados por mi mente, y de ahí mi repudio.

 

Hay una imagen fabricada por mi imaginación e inducida por un libro, Las enseñanzas de Don Juan, por Castaneda.  Carlos realiza un ritual en que tiene que atrapar dos lagartijas, a una de ellas le cose los párpados, a la otra el hocico, en mi mente se encuentra una imagen nítida de las lagartijas intentando abrir los párpados o el hocico, y de sus costuras hechas con un hilo oscuro, en trazos que forman cruces.

 

Mi hija toca mi cicatriz en los dedos y me pregunta si me duele. No, ella no sabe de cicatrices, intento explicarle que la cicatriz es la reparación que hace el cuerpo, pero en esa parte no se restablece la sensibilidad, el bodoque de tejido es una enmendadura rígida y un poco más gruesa que el resto de la piel. Las cicatrices de la piel, son como heridas bien resueltas en el exterior, en ocasiones son estéticamente desagradables como una densa telaraña de tejido. En ese punto, la prioridad del cuerpo es conservar, no embellecer.  El interior puede correr con diferente suerte, lleva más tiempo; aún cerrada la herida el interior duele; es que  la prioridad es aislar los adentros del inhóspito exterior.

 

Regresemos a la belleza y las cicatrices, recordé un documental sobre la belleza del rostro: armonía, simetría, brillo y color, eso hace a un rostro bello aunque ninguno parece cumplir a cabalidad. Hay tres sujetos en el documental que quieren ser modelos, la cazadora de talento de la agencia mira sus fotos y los entrevista, es cruel con el narizón y no decide entre el tipo de piel obscura y el hermoso rubio, finalmente se queda con el afro, diciendo, puedes ser el hermano del protagonista. Y le dice al rubio: tu rostro aún no me dice nada, necesitas algo, tal vez una cicatriz.

 

La sensación de la marca que queda de la herida es como si una plasta de pegamento rígido recubriera esa parte, sabemos que tocamos porque nuestros ojos lo miran pero el otro lado no responde con naturalidad, está entorpecido, hay una interferencia, un entumecimiento que ya no desaparecerá. Entre los dedos, los cueros que caen y los bordes que sobresalen, son como el cuerpo extraño en la muela que la lengua no quiere reconocer.

La sutura, los hilos, tocarlos en la epidermis, esa mezcla es la obra magnífica de la violación de la piel para su beneficio, es un objeto artificial que transgrede una zona mínima para unir con firmeza partes que se han separado, es una idea extraña, la ambivalencia de la vida y  las transgresiones que auxilian su reparación.

 

Es impresionante la maravilla que es la mano, tanto como si pudiera ser posible agregar líneas al Elogio de la mano, de Focillon: la mano que empuña la herramienta, tiene la delicadeza, la sensibilidad para probar las temperaturas y las texturas, al mismo tiempo, logra la aspereza y el grosor para soportar.

 

De mis cicatrices, donde la piel se unió, ésta ha sido la única en que la piel cercana al acoplamiento murió, era esa un área con piel dura que al cortar su continuidad no pudo sostenerse más, la piel dura es cercana a lo que perece, como las uñas, que ya no duelen; no se puede reconectar como otras pieles, del interior viene la regeneración y las puntas antiguas caen. En eso hice otro descubrimiento, mis manos son diferentes, antes pensaba que eran callosas por empuñar las herramientas, la bicicleta, la moto; con el accidente descubrí que la mano izquierda es la más callosa, ¿Por qué? posteriormente, la mano en acción respondió al posarse con firmeza y deslizarse sobre el volante del auto, por manejar autos estándar.

 

Miradlas vivir libremente, sin el llamado de la función a cumplir, sin la sobrecarga de un misterio; en reposo, los dedos ligeramente replegados, como si se abandonaran a algún sueño, o bien en la elegante vivacidad de los gestos puros, de los gestos inútiles: parece entonces que dibujan gratuitamente en el aire la multiplicidad de lo posible y que, jugando consigo mismas, se preparan para alguna próxima intervención eficaz.

Henri Focillon