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Divague: Revista de ensayo literario | Prosas apátridas

Prosas apátridas

editorial2

 

Por Julio Ramón Ribeyro

Nota del autor

El título de este libro merece una explicación. No se trata, como algunos lo han entendido, de las prosas de un apátrida o de alguien que, sin serlo, se considera como tal. Se trata, en primer término, de textos que no han encontrado sitio en mis libros ya publicados y que erraban entre mis papeles, sin destino ni función precisos. En segundo término, se trata de textos que no se ajustan cabalmente a ningún género, pues no son poemas en prosa, ni páginas de un diario íntimo, ni apuntes destinados a un posterior desarrollo, al menos no los escribí con esa intención. Es por ambos motivos que los considero «apátridas», pues carecen de un territorio literario propio. Al reunirlos en este volumen he querido salvarlos del aislamiento, dotarlos de un espacio común y permitirles existir gracias a la contigüidad y al número.

No oculto que al tomar esta decisión tuve presente Le spleen de Paris de Baudelaire. No por una emulación pretenciosa, sino por el carácter relativamente «disparate» del conjunto y por tratarse de un libro, como dice el poeta en su dedicatoria, que es «à la fois tête et queue, alternativement et réciproquement» y que puede leerse en consecuencia por el comienzo, por el medio o por el fin. Aparte de ello, la mayor parte de los textos han sido escritos en París y, como en la obra del autor de Les fleurs du mal, esta ciudad figura nominalmente o como telón de fondo en muchos de estos fragmentos.

París, 1982

 

1

iCuántos libros, Dios mío, y qué poco tiempo y a veces qué pocas ganas de leerlos! Mi propia biblioteca, donde antes cada libro que ingresaba era previamente leído y digerido, se va plagando de libros parásitos, que llegan allí muchas veces no se sabe cómo y que por un fenómeno de imantación y de aglutinación contribuyen a cimentar la montaña de lo ilegible y, entre estos libros, perdidos, los que yo he escrito. No digo en cien años, en diez, en veinte, ¿qué quedará de todo esto? Quizás sólo los autores que vienen de muy atrás, la docena de clásicos que atraviesan los siglos, a menudo sin ser muy leídos, pero airosos y robustos, por una especie de impulso elemental o de derecho adquirido. Los libros de Camus, de Gide, que hace apenas dos decenios se leían con tanta pasión, ¿qué interés tienen ahora, a pesar de que fueron escritos con tanto amor y tanta pena? ¿por qué dentro de cien años se seguirá leyendo a Quevedo y no a Jean-Paul Sartre? ¿por qué a François Villon y no a Carlos Fuentes? ¿Qué cosa hay que poner en una obra para durar? Diríase que la gloria literaria es una lotería y la perduración artística un enigma. Y a pesar de ello se sigue escribiendo, publicando, leyendo, glosando. Entrar a una librería es pavoroso y paralizante para cualquier escritor, es como la antesala del olvido: en sus nichos de madera, ya los libros se aprestan a dormir su sueño definitivo, muchas veces antes de haber vivido. ¿Qué emperador chino fue el que destruyó el alfabeto y todas las huellas de la escritura? ¿No fue Eróstrato el que incendió la biblioteca de Alejandría? Quizás lo que pueda devolvernos el gusto por la lectura sería la destrucción de todo lo escrito y el hecho de partir inocente, alegremente de cero.

 

2

Vivimos en un mundo ambiguo, las palabras no quieren decir nada, las ideas son cheques sin provisión, los valores carecen de valor, las personas son impenetrables, los hechos amasijos de contradicciones, la verdad una quimera y la realidad un fenómeno tan difuso que es difícil distinguirla del sueño, la fantasía o la alucinación. La duda, que es el signo de mi inteligencia, es también la tara más ominosa de mi carácter. Ella me ha hecho ver y no ver, actuar y no actuar, ha impedido en mí la formación de convicciones duraderas, ha matado hasta la pasión y me ha dado finalmente del mundo la imagen de un remolino donde se ahogan los fantasmas de los días, sin dejar otra cosa que briznas de sucesos locos y gesticulaciones sin causa ni finalidad.

 

3

El sentimiento de la edad es relativo: se es siempre joven o viejo con respecto a alguien. César Vallejo dice en un poema en prosa que por más que pasen los años nunca alcanzará la edad de su madre, lo que es cierto además. Es comprensible que los hombres de cuarenta o cincuenta años sigan sintiéndose jóvenes, pues saben que todavía hay hombres de setenta u ochenta. Sólo cuando se llega a esta última edad comienzan a escasear los puntos de referencia por la cima. Los octogenarios se sienten pocos, es decir, solos y viejos.

 

4

Teoría del «error inicial»: en toda vida hay un error preliminar, aparentemente trivial, como un acto de negligencia, un falso razonamiento, la contracción de un tic o de un vicio, que engendra a su vez otros errores. Carácter acumulativo de estos. Al respecto: imagen del tren que, por un error del guarda-agujas, toma la vía equivocada. Más justo sería decir por un descuido del conductor de la locomotora. Más justo todavía imputarle el error al pasajero, que se equivoca de vagón. Lo cierto es que al pasajero se le terminan las provisiones, nadie lo espera en el andén, es expulsado del tren, no llega a su destino.

 

5

Conocer el cuerpo de una mujer es una tarea tan lenta y tan encomiable como aprender una lengua muerta. Cada noche se añade una nueva comarca a nuestro placer y un nuevo signo a nuestro ya cuantioso vocabulario. Pero siempre quedarán misterios por desvelar. El cuerpo de una mujer, todo cuerpo humano, es por definición infinito. Uno empieza por tener acceso a la mano, ese apéndice utilitario, instrumental, del cuerpo, siempre descubierto, siempre dispuesto a entregarse a no importa quién, que trafica con toda suerte de objetos y ha adquirido, a fuerza de sociabilidad, un carácter casi impersonal y anodino, como el del funcionario o portero del palacio humano. Pero es lo que primero se conoce: cada dedo se va individualizando, adquiere un nombre de familia, y luego cada uña, cada vena, cada arruga, cada imperceptible lunar. Además no es sólo la mano la que conoce la mano: también los labios conocen la mano y entonces se añade un sabor, un olor, una consistencia, una temperatura, un grado de suavidad o de aspereza, una comestibilidad. Hay manos que se devoran como el ala de un pájaro; otras se atracan en la garganta como un eterno cadalso. ¿Y qué decir del brazo, del hombro, del seno, del muslo, de…? Apollinaire habla de las Siete Puertas del cuerpo de una mujer. Apreciación arbitraria. El cuerpo de una mujer no tiene puertas, como el mar.

 

6

La locura en muchos casos no consiste en carecer de razón, sino en querer llevar la razón que uno tiene hasta sus últimas consecuencias: el hombre, como leí en un cuento, que trata de clasificar la humanidad de acuerdo a los más variados criterios (negros y blancos, negros altos y blancos bajos, negros altos flacos y blancos bajos gordos, negros altos flacos solteros y blancos bajos gordos casados, etc.) encontrándose así en la necesidad de formular una serie infinita; un hombre que vino a la Agencia para proponer algo aparentemente muy sensato: reunir a los grandes jefes de Estado, al Papa, al secretario general de la ONU, etc., en torno a una Paella universal donde se resolverían amigablemente los problemas mundiales; aquel otro que vino para informarnos que había presentado una demanda judicial contra la Unión Soviética para que devolviera a España el oro que se llevó durante la República. Su argumentación desde el punto de vista histórico y jurídico era inatacable, pero, llevada a la práctica, era un acto de demente. Lo que diferencia este tipo de locura de la cordura no es tanto el carácter irracional de la idea incriminada, sino el que esta contenga en sí su propia imposibilidad. Los locos de esta naturaleza lo son porque han aislado completamente su preocupación del contexto que los rodea y no tienen en cuenta así todos los elementos de una situación o, como se dice, todos los imponderables de un problema. De ahí que esta forma de locura tenga tantas similitudes con la genialidad. Los genios son estos locos más una cualidad: la de encontrar la solución de un problema saltando por encima de las dificultades intermediarias.

 

7

Lugares tan banales como la Prefectura de Policía o el Ministerio de Trabajo son ahora los templos délficos donde se decide nuestro destino. Porteros, valets, empleadas viejas con permanente y mitones, son los pequeños dioses a los que estamos irremediablemente sometidos. Dioses funcionarios y falaces, nos traspapelan para siempre un documento, y con él nuestra fortuna, o nos cierran el acceso a una oficina que era la única en la cual podíamos redimirnos de alguna falta. Los designios de estos diosecillos burocráticos son tan impenetrables como los de los dioses antiguos y, como estos, distribuyen la dicha y el dolor sin apelación. La empleada de Correos que se niega a entregarme una carta certificada porque el remitente ortografió mal una letra de mi apellido es tan terrible como Minerva desarmando a un soldado troyano para dejarlo indefenso en manos de uno griego. Muertos los viejos dioses por la Razón, renacieron multiplicados en las divinidades mezquinas de las oficinas públicas. En sus ventanillas enrejadas están como en altares de pacotilla, esperando que les rindamos adoración.

 

8

Calvo, obeso, majestuoso, con sus modales llenos de unción, el barredor de la Agencia me da siempre la impresión de un obispo que, a raíz de alguna injusticia, ha sido despojado de sus vestiduras sagradas. Cuando lo veo recorrer en overol los pasillos, con su aire recogido, sonriente y benévolo, imagino lo bien que se le vería celebrando una misa o presidiendo una ceremonia de canonización. Habla solo, saluda obsequiosamente a todo el mundo, es un pacífico demente. Fue un redactor que, atacado de locura erótica, trató hace muchos años de violar a una secretaria en un ascensor. No lo echaron de la oficina, pero cuando salió de la casa de reposo, desmemoriado y aparentemente feliz, lo rebajaron al cargo de barrendero.

 

9

Podemos memorizar muchas cosas, imágenes, melodías, nociones, argumentaciones o poemas, pero hay dos cosas que no podemos memorizar: el dolor y el placer. Podemos a lo más tener el recuerdo de esas sensaciones, pero no las sensaciones del recuerdo. Si nos fuera posible revivir el placer que nos procuró una mujer o el dolor que nos causó una enfermedad, nuestra vida se volvería imposible. En el primer caso se convertiría en una repetición, en el segundo en una tortura. Como somos imperfectos, nuestra memoria es imperfecta y sólo nos restituye aquello que no puede destruirnos.

 

10

Mirando el gato del restaurante: la maravillosa elegancia con que los animales llevan su desnudez. Hace tiempo comprobé eso en los perros, en los caballos. No hay en los animales nada de ridículo ni de desagradable. Si alguna vez sus posiciones o sus actos nos fastidian es por su semejanza con los actos o posiciones humanas: por ejemplo, cuando los animales hacen el amor.

 

11

La vida se complace a veces en ofrecernos compendios alegóricos de la realidad o más bien citas magníficamente elegidas del gran texto de la historia que vivimos. En los pasillos del metro, el primero de mayo, millares de obreros endomingados, jóvenes y viejos, con sus familias, se desbordan alegres, despreocupados, rumbo a la Feria de París, al Campo de Marte o al Bois de Boulogne, todos con su ramillete de muguet en la mano. Están felices, han almorzado bien, es su feriado, su festividad. Sentados en el suelo de un corredor, dos estudiantes hirsutos y barbudos, con guitarras, cantan un aire marcial y revolucionario, del que sólo percibo al pasar esta estrofa: «Obreros, levanten sus barricadas». Los proletarios, sin detenerse, les echan al pasar una mirada de reprobación, se sienten chocados, casi ofendidos. Nada más fuera de lugar que esos mozalbetes hablando de barricadas, luchas y conflictos en un día de esparcimiento entre tantos días de trabajo. La presencia de esos  estudiantes, su actitud, su propósito, es tan vano e ilusorio como el de esas mujeres del Ejército de Salvación que se apostan en la puerta de los burdeles tratando de catequizar a los putañeros.

 

12

La historia es un juego cuyas reglas se han extraviado. Filósofos, antropólogos, sociólogos y políticos las buscan, cada cual por su lado, de acuerdo a sus intereses o a su temperamento. Pero sólo encuentran retazos de ellas. La tentativa más coherente para rescatar los principios de este juego es probablemente el marxismo. Pero no la única ni la definitiva. Será completada, rectificada, incluso rebatida, pero habrá cumplido una función de esclarecimiento. Mientras no surja otra explicación habrá que aceptarla, pragmáticamente. Lo terrible sería que después de tantas búsquedas se llegue a la conclusión de que la historia es un juego sin reglas o, lo que sería peor, un juego cuyas reglas se inventan a medida que se juega y que al final son impuestas por el vencedor.

 

13

Dentro de nosotros hay como una oficina meteorológica que emite cada mañana su parte sentimental: estaremos contentos, sufriremos, cólera al mediodía, etc. Y hacia esa predicción avanzamos temerosos o confiados. Oficina falaz, tan volandera como la que profetiza el clima: la tarde de la que esperábamos tanto júbilo se cubre de pronto de una

insoportable tristeza. Pero también cómo alumbra esa noche auguralmente lúgubre la sonrisa de la desconocida.

 

14

La existencia de un gran escritor es un milagro, el resultado de tantas convergencias fortuitas como las que concurren a la eclosión de una de esas bellezas universales que hacen soñar a toda una generación. Por cada gran escritor, ¡cuántas malas copias tiene que ensayar la naturaleza! iCuántos Joyces, Kafkas, Célines flous, velados o sobreexpuestos habrán existido! Unos murieron jóvenes, otros cambiaron de oficio, otros se dedicaron a la bebida, otros se volvieron locos, otros carecieron de uno o de dos de los requisitos que los grandes artistas reúnen para elevarse sobre el nivel de la subliteratura. Falta de formación, enfermedades, pereza, carencia de estímulos, impaciencia, angustias económicas, ausencia de ambición o de tenacidad o simplemente de suerte, son como el billete de lotería prometedor al cual sólo le falta el número terminal para obtener el premio en la rifa de la gloria. Y algunos han probablemente reunido todas esas cualidades, pero les faltó la circunstancia azarosa, la aparentemente insignificante (la lectura de un libro, la relación con tal amigo), capaz de servir de reactivo al compuesto químicamente perfecto y darle su verdadera coloración. Así, en el metro veo a veces a una mujer y me digo: «Podría ser Brigitte Bardot, pero lástima que le falten treinta centímetros de estatura» o «Esa rubia se parece a Marilyn Monroe, pero tiene las piernas como dos estacas». Ellas son también las malas pruebas del modelo original, la mercadería con fallas que se vende al por mayor.

 

15

Esperando a alguien en la boca del metro veo entrar y salir a cientos de muchachas —empleadas, estudiantes, etc.— y me doy cuenta en ese instante de una de las funciones de la moda. Seguir la moda es renunciar a sus atributos individuales para adoptar los de un grupo o, en otras palabras, dejar de ser una persona para convertirse en un tipo. Los signos vestimentarios que eligen las mujeres a la moda —en el presente caso pantalones muy anchos, abrigos de piel, botines de altas suelas— producen una ilusión en el espectador: confundir a la copia con el modelo. Mientras más perfecta es la imitación más fácil es la ilusión. Por ello la moda no es otra cosa que un disfraz colectivo que se adopta todas las temporadas de acuerdo a ciertos patrones de belleza impuestos por los modelistas. Lo curioso de la moda es que las mujeres que la siguen buscan ser observadas, pero terminan por uniformarse, corriendo el riesgo de pasar desapercibidas. ¿Desapercibidas? Tal vez como unidades de una familia, pero no como familia. Pues la ambigüedad de la moda reside en que oculta por un lado, pero luce por otro. Oculta a las mujeres, pero luce a la mujer.

 

16

Una mujer, cómo anima una casa. Ausente ella, las cosas languidecen. Todo se cubre de polvo y se marchita. En el florero una rama seca, la cómoda llena de pelusas, quemado el foco de la lámpara, percudida la ropa. La mujer mantiene con las cosas de la casa un comercio asiduo. Son sus cosas, posesiva ella, y las engríe y acariña. Las pone en su lugar, las pule y embellece. Depositaria de los objetos domésticos, tiene para cada cual una palabra, una pasión. Ella, sólo ella, sabe dónde están las tijeras, el hilo, la libreta que en vano buscamos. Habita las cosas y las cosas la habitan. Sensible a lo pequeño, descubre la mancha en la alfombra, la ceniza en la mesa. Nosotros, desdeñosos, distantes, adquirimos las cosas, pero luego las dejamos vivir indiferentes y las vemos perecer sin pesadumbre.

 

17

Los nombres cambian, pero las instituciones se perpetúan. Esos hotelitos destartalados de calles como la Rue Princesse o la Rue des Orteaux, donde se alojan los peones que vienen del Mediterráneo, no son otra cosa que la versión moderna de los ergástulos romanos. No encuentro prácticamente ninguna diferencia entre un albañil argelino o portugués y un esclavo de la época de Diocleciano. En esos hotelitos los peones foráneos se instalan a perpetuidad y salen solamente para su trabajo todos los días, o un día, el último, rumbo al cementerio. Son extraños estos hotelitos, explotados generalmente por un paisano de sus inquilinos. En la planta baja está el bar-restaurante y el tablero con las llaves y en sus cuatro o cinco pisos las celdas donde los obreros duermen hacinados en camas-camarote. El local les ofrece todo: bebida, comida, litera, televisión, mesas para jugar a las cartas o al dominó. Lo que ganan en la fábrica lo gastan en el hotel. Inútil decir que, a diferencia de los esclavos, son libres. No les queda ni siquiera la esperanza de la manumisión.

 

18

El ajedrez es como el amor venal, en el cual la pareja se reúne, no por afinidad ni simpatía, sino porque se necesitan recíprocamente para obtener de su conjunción un disfrute. Con el alemán fascista de la Agencia no me saludo ni cruzo la menor palabra en toda la semana, pero basta que llegue el domingo para que en las horas libres juguemos una partida. Es un acuerdo tácito, que no va precedido de ninguna invitación verbal. Basta que empiece a armar el tablero para que yo me acerque a su mesa y se inicie la partida. Partida silenciosa de la cual está excluido todo comentario. Una vez terminada, sea cual fuere el ganador, cada cual se reintegra a su trabajo y se olvida completamente del otro, durante días, así lo encuentre en el ascensor o el café de la esquina. Hasta el próximo domingo.

 

19

Al igual que yo, mi hijo tiene sus autoridades, sus fuentes, sus referencias a las cuales recurre cuando quiere apoyar una afirmación o una idea. Pero si las mías son los filósofos, los novelistas o los poetas, las de mi hijo son los veinte álbumes de las aventuras de Tintín. En ellos todo está explicado. Si hablamos de aviones, animales, viajes interplanetarios, países lejanos o tesoros, él tiene muy a la mano la cita precisa, el texto irrefutable que viene en socorro de sus opiniones. Eso es lo que se llama tener una visión, quizás falsa, del mundo, pero coherente y muchísimo más sólida que la mía, pues está inspirada en un solo libro sagrado, sobre el cual aún no ha caído la maldición de la duda. Sólo tiempo más tarde se dará cuenta de que esas explicaciones tan simples no casan con la realidad y que es necesario buscar otras más sofisticadas. Pero esa primera versión le habrá sido útil, como la placenta intrauterina, para protegerse de las contaminaciones del mundo mayor y desarrollarse con ese margen de seguridad que requieren seres tan frágiles. La primera resquebrajadura de su universo coloreado, gráfico, será el signo de la pérdida de su candor y de su ingreso al mundo individual de los adultos, después de haber habitado el genérico de la infancia, del mismo modo que en su cara aparecerán los rasgos de sus ancestros, luego de haber sobrellevado la máscara de la especie. Entonces tendrá que escrutar, indagar, apelar a filósofos, novelistas o poetas para devolverle a su mundo armonía, orden, sentido, inútilmente, además.

 

20

Habituados a la ciudad, ignoramos, hombres de esta época, todas las formas de la naturaleza. Somos incapaces de reconocer un árbol, una planta, una flor. Nuestros abuelos, por pobres que fuesen, tuvieron siempre un jardín o una huerta y aprendieron sin esfuerzo los nombres de la vegetación. Ahora, en departamentos u hoteles, no vemos sino flores pintadas, naturalezas muertas o esas raquíticas plantas de macetas que parecen sembradas por peluqueros.

 

21

Lo fácil que es confundir cultura con erudición. La cultura en realidad no depende de la acumulación de conocimientos, incluso en varias materias, sino del orden que estos conocimientos guardan en nuestra memoria y de la presencia de estos conocimientos en nuestro comportamiento. Los conocimientos de un hombre culto pueden no ser muy numerosos, pero son armónicos, coherentes y, sobre todo, están relacionados entre sí. En el erudito, los conocimientos parecen almacenarse en tabiques separados. En el culto se distribuyen de acuerdo a un orden interior que permite su canje y su fructificación. Sus lecturas, sus experiencias se encuentran en fermentación y engendran continuamente nueva riqueza: es como el hombre que abre una cuenta con interés. El erudito, como el avaro, guarda su patrimonio en una media, en donde sólo cabe el enmohecimiento y la repetición. En el primer caso, el conocimiento engendra el conocimiento. En el segundo, el conocimiento se añade al conocimiento. Un hombre que conoce al dedillo todo el teatro de Beaumarchais es un erudito, pero culto es aquel que habiendo solamente leído Las bodas de Fígaro se da cuenta de la relación que existe entre esta obra y la Revolución francesa o entre su autor y los intelectuales de nuestra época. Por eso mismo, el componente de una tribu primitiva que posee el mundo en diez nociones básicas es más culto que el especialista en arte sacro bizantino que no sabe freír un par de huevos.