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Divague: Revista de ensayo literario | Pinches tortugas

Pinches tortugas

ToPor: Moisés Navarro

Tengo cinco tortugas. Tres japonesas, una cofre y otra de río. En un inicio tuve cuatro: las mismas tres japonesas y una de tipo concha blanda. Las nombré como el mayor de los clichés―qué remedio― me indicaba hacerlo: Leonardo, Rafael, Miguel Ángel y Donatello. Mi hermano menor vertió cloro sobre ellas para ver qué pasaba. Donatello, como en el comic, murió. (Tal vez los científicos sean prescindibles respecto a los líderes, a los simpáticos y a los rebeldes).

A las otras dos tortugas las adoptamos. La pequeña, la de cofre, la encontramos cruzando la carretera. Hay quien salva perros. Nosotros preferimos a las tortugas: no ladran, cagan y mean en su estanque, pueden durar semanas sin comer, por lo que se puede salir de vacaciones sin pendiente y sin pagar hoteles de mascotas caros; además prefieren el agua puerca, por lo tanto limpiarla no supone un fastidio. La de río fue un regalo falso―esos que te da la gente para deshacerse de aquello que no quieren― por su tamaño,es la más grande de todas,la llamé como otra tortuga famosa: Gamera.

A las primeras tres debí colocarles su paliacate con su color distintivo. Ya no sé quién es Rafa, ni quién es Miguel, ni quién es Leo. Tampoco sé cuál es macho o hembra. Si algún día llego a tener hijos dejaré que su madre escoja los nombres, y si tengo más de uno, les pondré su respectivos paliacates.

Recuerdo un documental acerca de Kurt Cobain, en el cual el músico se quejaba sobre estos reptiles. Decía el muy cretino que eran inútiles, sumisas, que podías fastidiarlas todo el tiempo, torturarlas incluso, y ellas no se iban a quejar, tampoco intentar defenderse. En ese momento comprendí porque nunca me gustó Nirvana. Aún no sé muy bien qué demonios hacía viendo ese documental.

No me interesa hacer una defensa de las tortugas y menos responderle a un necio como Cobain, que además, es un necio muerto: doblemente inútil. Sólo sé que me gustan. Tal vez porque fueron mis primeras mascotas. Si mi primera mascota hubiera sido una rata seguro las preferiría a ellas. (Bueno, quizá exageré un poco).

En clase de economía ambiental hablábamos a propósito de la importancia de todas las especies. Por lo general los discursos respecto a la conservación ecológica se centran en unas cuantas: la ballena azul, la tortuga marina, algunos felinos y en especial osos polares―por algo Coca Cola los escogió para sus campañas navideñas. Los renos son demasiado grises para que la mercadotecnia de la felicidad funcione. En la película del Ambientalista escéptico, el ecologista Bjorn Lomborg acusaba a todas las campañas acerca del calentamiento global de utilizar la misma imagen de un oso polar trepado en un bloque de hielo que se va deshaciendo y queda al borde de la muerte.  A nadie se le ocurriría desarrollar su campaña conservacionista con el gusano gigante de Gippsland como bandera.  

El año pasado fui participe de una de las máximas fantasías chairas: salvar tortugas marinas. En realidad no la cumplí a plenitud, no estuve en un campamento tortuguero, fui a un hotel que se asentó en el lugar donde por décadas la tortuga golfina ha depositado sus huevos. Las tareas eran, en apariencia, simples. Localizar los huevos de tortuga, cambiarlos de lugar al vivero del hotel, marcarles una fecha aproximada de incubación y prepararlos para el nacimiento.

El vivero debe diseñarse a prueba de gaviotas, de mapaches y de tejones. Cuando la tortuga llega a desovar se necesita estar alerta y no despegarle la vista un solo minuto, pues ésta, consciente de que sus probabilidades de sobrevivencia son escasas, hacen un nido falso, y  golpean la arena y  disimulan tanto el nido como el señuelo. Si el cuidador la pierde de vista caerá en su trampa y tal vez no encuentre los huevos para resguardarlos. Existe otra complicación: si las tortugas nacen a las doce del día y nadie se percata de ello pueden morir atrapadas en la arena hirviente.

Es mejor que la tortuga llegue a desovar por la noche. El hecho de que la playa esté resguardada por un hotel ahuyenta por unas horas a los tejones y mapaches que bajan de la montaña vallartense en busca de huevos. El problema suelen ser los turistas, en específico los turistas tarugos. Una tortuga tuvo uno de los peores regresos a la playa que seguramente recuerde. La ocupación del hotel era del cien por ciento. Puro paisa decían los empleados, puro paisa tacaño y marrano.

La playa se encontraba atestada de gente. La alberca desprendía una pequeña capa gris de mugre, protector solar y bronceador. Días antes un niño había defecado dentro de la alberca. Los trabajadores externos y los internos del hotel nos encontrábamos saturados de trabajo. La planta de tratamiento se encontraba rebasada de su capacidad y necesitaba atenderla para que la mierda no flotara en la playa; los de seguridad y los de entretenimiento estaban al pendiente de que no metieran alcohol a escondidas. Los auxiliares de limpieza se encontraban al tope de trabajo entre basura, vómito y la falta de cuidado en los baños de las áreas públicas por parte de los huéspedes. Entonces, en medio de la locura, con la timidez característica de las tortugas, llegó una por la playa.  Serían las cinco de la tarde.

Las reglas son: si ves salir a una tortuga aléjate tres metros para que llegue a dónde va a colocar el nido, una vez que comienza a cavar mantén una distancia de por lo  menos un metro. De otra forma la tortuga se asustará y volverá al agua sin haber desovado. Un huésped dio el aviso, en lo que los responsables de alejar a la gente y explicarles lo que estaban presenciando llegábamos, un huésped de unos cincuenta años, chaparro, de bigote y bastante gordo tomó a la caguama y la alzó encima de su cabeza. El señor se sintió Tarzán, pero ni a Chanoc llegaba. Sus hijos le tomaban fotos al cazador triunfante.

En eso entramos nosotros, los expertos, los chidos, los arrogantes. El huésped siempre tiene la razón nos dijeron. Asiente con una sonrisa a cualquier problema que haya y dale por su lado. Rompimos las preciadas normas de la hotelería y del comercio ese día. Le gritoneamos, lo acusamos de delito federal, lo ninguneamos. Él nos dijo “ustedes qué saben”. “Más de cincuenta años con el proyecto del vivero” le contestó un veterano del hotel.  Él caminó hacia su familia que contemplaba el espectáculo horrorizada.  Dejaron la playa y se metieron a la alberca. En ese momento yo desee que cuando menos pescara salmonela. Otro empleado le replicó “acaba de matar a la tortuga y a todas sus crías, ¿sabe que están en peligro de extinción?” Los niños volteaban hacia su padre esperando que se defendiera, que las acusaciones fueran mentiras. Yo mantuve la actitud desafiante y lo estuve mirando cerca de media hora. Nunca me pudo sostener la mirada. Cabe aclarar que la tortuga por instinto intentaría regresar una segunda vez a depositar sus huevos.

El gerente me mandó llamar y me dijo “Ya déjalo, casi haces que el cabrón se zurre”.Supongo que soy más amenazante de lo que yo mismo me considero. Si la gente supiera que en realidad no sé tirar madrazos ya me hubieran partido la madre, no sólo el idiota de la tortuga, también un par de meseros de bares, algunos cuida coches, un taxista y uno que otro agente de tránsito.

Supongo, existen distintas maneras de linchamiento público, tal vez una de las peores fue la que efectuamos: hacer que los hijos pierdan el respeto por su padre. Ni modo, si el tipo hubiera cargado osos polares seguro le habría ido peor. Nada de esto habría sucedido si hubiera levantado gusanos gigantes.

Creo que no sabemos reaccionar ante la naturaleza. Nos hemos adueñado tanto del mundo que todo lo que sucede lo debemos llevar a la experiencia humana. Vamos invadiendo nuevos lugares y reaccionamos de forma torpe ante los mecanismos que se producen ahí: la necedad de compartir y de tener registro fotográfico de todo. Ahí están los argentinos que mataron un delfín nomás para posar con él; el tipo que sacó un tiburón recién nacido de la playa para sacarse una selfie mientras lo montaba. Así se vende ahora el turismo: ve a donde nadie más ha ido, conoce flora y fauna que nadie más ha conocido, vive la experiencia de tu vida; la mentira del ecoturismo; las enseñanzas de Alexander Von Humboldt tergiversadas. Intervenimos para destruir, ahora lo hacemos para intentar rectificar y sólo la primera intervención la hicimos bien.

No sé cuál sea la solución, tampoco sé si haya alguna. Lo más cercano será por desgracia, creo, la autoconciencia. Recuerdo que un empleado del hotel me comentó que a él le gustaba la carne de caguama y también sus huevos. Me lo contó con arrepentimiento. “Desde que vi  lo que tiene que pasar una tortuga para dejar y asegurar sus huevos dejé de comer eso”. La sinceridad con la que me lo confesó cuándo cuidábamos a una, en medio de la noche, hizo que le creyera.  A mi papá una vez le regalaron carne de caguama. Lo hizo algún pescador de Barra de Navidad. Ni mis hermanos ni yo la tocamos. Él se la regresó porque de otra forma la iba a tener congelada toda la vida. No sólo no la comimos, no dejamos que él lo hiciera.

La ineptitud está en todos lados, tal vez principalmente del lado de las autoridades. En alguna ocasión, la SEMARNAT quiso cumplir ―de esas anómalas ocasiones― su trabajo. Recolectó huevos de tortugas de distintos hoteles, los puso en su vivero y una vez que nacieron anunciaron una macro-liberación. Fue un fracaso, no sólo eso: fue una carnicería. Las gaviotas se dieron un festín memorable, terminaron con la panza hinchada de tanto tragar crías. Más que una liberación, resultó un espectáculo de aves tipo Los pájaros de Alfred Hitchcock. Toda una nube de aves se abalanzaba sobre las tortugas recién nacidas, mientras los organizadores intentaban, sin éxito alguno, espantarlas.

Las mejores horas para la liberación son de tres a cinco de la mañana. La oscuridad les permite camuflajearse de los peces grandes que están a la caza de sardinas,  los depredadores terrestres dejan de merodear las playas y las amenazas aéreas están dormidas. Sucede que al gobierno y a los hoteles les gusta quedar bien.

Controlar a la gente es un asunto complicado; también lo es en una liberación. Todos quieren ver al mismo tiempo, todos quieren ser testigos de la lucha por la conservación de una especie; una especie, como lo dije, carismática.

Pudiera parecer que es una operación sin mayor complicación. Soltar la tortuga a que camine, se interne en las olas y listo. Es por eso que somos un fracaso a la hora de salvaguardar animales. No tenemos idea de nada. Primero hay que lavarse las manos con agua del mar para quitarse todo rastro de elemento químico que uno pudiera tener en la piel, después es vital mezclar el agua de mar con arena. Esta última es fundamental pues la tortuga olfateará esa arena y la identificará como su lugar de nacimiento. Es ahí donde querrá regresar. Se suelta al animalito delante del cuerpo de uno (nunca a la par o detrás pues se corre el riesgo de quebrar su sentido de orientación). Una vez que se coloca en el suelo no debe de ser tomada de nuevo. Ella debe llegar a las olas por sí misma.

Cuando hicimos una de las liberaciones más numerosas casi se nos sale de control. La gente no quería respetar la línea de previsión impuesta. Se les explicó y no atendieron las recomendaciones. Los niños no se lavaban bien las manos y querían volver a juntar a las tortugas. Las probabilidades de su supervivencia son de diez contra uno. La participación masiva de turistas complicaba la tarea. Tanto show para obtener comentarios positivos en Trip Advisor. Tuve que gritarles a un par de huéspedes y regañar con severidad a varios niños. Uno persiguió corriendo a una tortuga, yo, con mis patas enormes, di un paso largo, estiré el brazo y lo regresé del cuello de su camiseta. A sus papás no les pareció. Me dijeron “joven, queremos hablar contigo”. Les contesté que estaba ocupadito.

Para ser justos, hubo huéspedes que se limitaron a observar, a escuchar y a acatar las indicaciones; otros que, con curiosidad, nos preguntaron hasta lo que no sabíamos. Huéspedes a los que debí decirles: gracias por no estorbar.

Se siente bien salvar al mundo. Creo, sin embargo, que no deja de ser una forma de control, de conquista. Pinky y Cerebro lo entendían. No fueron los únicos; ahí están Bono, Chris Martin, Angelina Jolie, etc. Hace poco vi una noticia en la que decenas de tortugas aparecieron muertas en las playas vallartenses por ingesta de toxinas. No por nada Pinky y Cerebro modificaban sus planes cada día. Ellos sabían, como lo entiendo yo ahora, que las conquistas que logramos son demasiado efímeras. Tal vez ahora sea tiempo de luchar a favor de  los gusanos gigantes. La pregunta es: ¿cómo demonios vamos a hacer eso?