Warning: include(/home/revistadivague/public_html/wp-content/post-types-order/js/title.php): failed to open stream: No such file or directory in /home/revistadivague/public_html/wp-config.php on line 49

Warning: include(): Failed opening '/home/revistadivague/public_html/wp-content/post-types-order/js/title.php' for inclusion (include_path='.:/usr/lib/php:/usr/local/lib/php') in /home/revistadivague/public_html/wp-config.php on line 49

Warning: include(/home/revistadivague/public_html/wp-includes/SimplePie/Net/xml.php): failed to open stream: No such file or directory in /home/revistadivague/public_html/wp-config.php on line 51

Warning: include(): Failed opening '/home/revistadivague/public_html/wp-includes/SimplePie/Net/xml.php' for inclusion (include_path='.:/usr/lib/php:/usr/local/lib/php') in /home/revistadivague/public_html/wp-config.php on line 51

Warning: include(/home/revistadivague/public_html/wp-includes/Requests/Proxy/sql.php): failed to open stream: No such file or directory in /home/revistadivague/public_html/wp-config.php on line 81

Warning: include(): Failed opening '/home/revistadivague/public_html/wp-includes/Requests/Proxy/sql.php' for inclusion (include_path='.:/usr/lib/php:/usr/local/lib/php') in /home/revistadivague/public_html/wp-config.php on line 81
Divague: Revista de ensayo literario | Montaigne

Montaigne

Suicida

Acrílico sobre Tela 100×70 cm. 2001

Por STEFAN ZWEIG

CAPÍTULO I

Hay escritores, pocos, que son accesibles a cualquier persona de cualquier edad y en cualquier época de la vida —Homero, Shakespeare, Goethe, Balzac, Tolstoi—, y hay otros que sólo despliegan todo su significado en un momento determinado. Entre estos últimos se encuentra Montaigne. No se puede ser demasiado joven, ni tampoco carecer de experiencia y desengaños, para poder apreciarlo como es debido, y su pensamiento libre e imperturbable es aún más beneficioso cuando se muestra a una generación que, como la nuestra, ha sido arrojada por el destino a una catarata mundial de proporciones catastróficas. Sólo aquel que tiene que vivir en su alma estremecida una época que, con la guerra, la violencia y las ideologías tiránicas, amenaza la vida del individuo y, en esta vida, su más preciosa esencia, la libertad individual, sabe cuánto coraje, cuánta honradez y decisión se requiere para permanecer fiel a su yo más íntimo en estos tiempos de locura gregaria, y sabe que nada en el mundo es más difícil y problemático que conservar impoluta la independencia intelectual y moral en medio de una catástrofe de masas. Sólo cuando uno mismo haya desesperado y dudado de la razón y de la dignidad humanas puede alabar como una proeza el hecho de que un individuo se mantenga ejemplarmente íntegro en medio de un caos mundial.

       Que sólo el hombre experimentado y puesto a prueba pueda apreciar la sabiduría y la grandeza de Montaigne, lo he constatado yo mismo. Cuando me cayeron en las manos por primera vez, a los veinte años, sus Ensayos, 1 el único libro en que nos ha legado su propia persona, no supe —lo digo con toda franqueza— qué partido tomar. Es cierto que yo poseía suficientes conocimientos literarios para reconocer, con todos los respetos, que allí se manifestaba una personalidad interesante, un hombre de especial clarividencia y perspicacia, un hombre encantador que además era un artista capaz de conferir a cada frase y a cada sentencia su impronta personal. Pero mi alegría era literaria, de anticuario, le faltaba la chispa del entusiasmo apasionado, la descarga eléctrica que pasa de un alma a otra. La misma temática de los Ensayos me parecía bastante fuera de lugar y en gran parte incapaz de conectar con mi propia existencia. ¿Qué me importaban a mí, un joven del siglo XX, las prolijas digresiones de sieur de Montaigne sobre la Cérémonie de l’entrevue des rois [La ceremonia de la entrevista entre reyes] o su Considération sur Cicéron [Consideración sobre Cicerón]? Me parecía escolar y anacrónico aquel zurcido de francés ya un poco ennegrecido por el tiempo con citas latinas, y ni siquiera encontraba yo relación con su suave y templada sabiduría. Había llegado demasiado pronto. Pues, ¿de qué servía el intento de Montaigne de advertir al lector del peligro de las ambiciones y los afanes, de involucrarse con demasiada pasión en el mundo exterior? ¿De qué servía su sosegado anhelo de templanza y tolerancia a una edad impetuosa que no quiere sufrir desilusiones y no busca tranquilidad, sino sólo, de

_________________________

 

1 Hemos identificado, quizá no todas, pero sí muchas de las citas y alusiones de Zweig a la obra de Montaigne, de manera que el lector interesado pueda reencontrarlas en su contexto original. Nos valemos de notas a pie de página para remitirlas a la edición de Los ensayos publicada en Barcelona, Acantilado, 2007 (el número romano indica el libro, el primer número arábigo, el capítulo, y el segundo, la página), pero téngase en cuenta que las versiones no siempre son del todo coincidentes. Para los hechos biográficos o históricos que atañen a Montaigne, nos permitimos recomendar la cronología que se incluye como apéndice en la mencionada edición. (N. del T.).

 

manera inconsciente, algo que estimule su impulso vital? Es consustancial a los jóvenes no dejarse aconsejar templanza y escepticismo. Cualquier duda se convierte para ellos en un freno, porque necesitan fe e ideales para desatar su energía interior. E incluso la locura más radical y absurda, con tal de que los entusiasme, les resulta más importante que la sabiduría más sublime, que debilita su fuerza de voluntad. Y por otro lado, aquella libertad individual, cuyo más decidido heraldo de todos los tiempos había sido Montaigne, no nos parecía necesitar todavía, hacia 1900, una defensa tan pertinaz. Porque, ¿acaso no era ya una evidencia desde hacía mucho tiempo? ¿No era ya posesión, garantizada por la ley y la costumbre, de una humanidad emancipada desde mucho antes de la dictadura y la esclavitud? El derecho a la propia vida, a los pensamientos propios y a su expresión oral y escrita sin trabas nos parecía tan naturalmente nuestro como la respiración, como los latidos del corazón. Ante nuestros ojos se abría el mundo entero, tierras y más tierras, no éramos prisioneros del Estado ni esclavos al servicio de la guerra ni estábamos sometidos al arbitrio de ideologías tiránicas; nadie corría el peligro de ser proscrito, desterrado, expulsado o encarcelado. Y, a los de nuestra generación, nos parecía que Montaigne daba tirones inútiles a cadenas que creíamos rotas hacía tiempo, sin sospechar que el destino las había forjado ya de nuevo para nosotros, más duras y crueles que nunca. Y así, honrábamos y respetábamos su lucha por la libertad del espíritu como una lucha histórica que para nosotros era superflua y fútil desde mucho antes. Una de las misteriosas leyes de la vida es que descubrimos siempre tarde sus auténticos y más esenciales valores: la juventud, cuando desaparece; la salud, tan pronto como nos abandona, y la libertad, esa esencia preciosísima de nuestra alma, sólo cuando está a punto de sernos arrebatada o ya nos ha sido arrebatada.

           Así, pues, para comprender el arte y la ciencia de la vida de Montaigne y la necesidad de su lucha por soi-même [sí mismo] como la más necesaria de nuestro mundo espiritual, tenía que darse una situación que fuera parecida a la que él vivió. Como él, también nosotros tuvimos que vivir una de esas terribles recaídas del mundo después de una de las más gloriosas ascensiones, también a nosotros nos han despojado a latigazos de nuestras esperanzas, experiencias, expectativas y entusiasmos hasta el punto de que no nos queda por defender sino nuestro yo desnudo, nuestra existencia única e irrepetible. Es en esta hermandad de destino cuando Montaigne se convierte en mi hermano indispensable, en mi amigo, mi amparo y mi consuelo, pues ¡qué desesperadamente parecido es su destino al nuestro! Cuando Michel de Montaigne llega al mundo, una gran esperanza empieza a extinguirse, una esperanza igual a la que nosotros mismos hemos vivido a principios de nuestro siglo, la esperanza de una humanización del mundo. En el curso de una vida humana, el Renacimiento había brindado a la feliz humanidad, con sus artistas, sus pintores, sus poetas y sus eruditos, una belleza nunca esperada con semejante plenitud, y parecía alborear un siglo o, mejor dicho, parecían alborear siglos en los que la fuerza creadora acercaba paso a paso, ola tras ola, la oscura y caótica existencia a lo divino. De pronto, el mundo se había vuelto vasto, pleno y rico. Los sabios rescataron de la Antigüedad, con las lenguas latina y griega, la sabiduría de Platón y de Aristóteles y la devolvieron a los hombres: el Humanismo, con Erasmo al frente, prometía una cultura armoniosa, cosmopolita; la Reforma parecía fundar una nueva libertad de credo junto a la nueva amplitud del saber. Las distancias y las fronteras entre los pueblos desaparecieron, pues la imprenta recién inventada daba a cada palabra, a cada significado y a cada pensamiento la posibilidad de difundirse con rapidez; lo que era dado a un pueblo parecía pertenecer a todos, y así se creó una unidad de espíritu por encima de las desavenencias de los reyes, los príncipes y las armas. Y otra maravilla: a la vez que el mundo espiritual, también el mundo terrenal, físico, se expandió hasta horizontes 3 insospechados. Del océano intransitable surgieron nuevas costas, nuevas tierras, un gigantesco continente garantizó una patria a generaciones y más generaciones. La sangre circulaba más deprisa en las arterias del comercio, la riqueza inundaba el viejo suelo europeo, creaba un lujo que, a su vez, promovía osados edificios, cuadros y esculturas, un mundo embellecido, espiritualizado. Pero siempre que el espacio se ensancha, el alma se tensa. Como en nuestro fin de siglo: cuando el espacio se ensanchó de nuevo gracias a la conquista del éter por el avión y por la palabra, sobrevolando invisible los países, cuando la física y la química, la técnica y la ciencia arrancaron a la naturaleza secreto tras secreto y pusieron sus fuerzas al servicio de la fuerza humana, una esperanza indescriptible dio aliento a la humanidad tantas veces defraudada y en mil almas resonó la respuesta al grito de Ulrich von Hutten: «Es un placer vivir».2 Pero cada vez que la ola asciende demasiado rápida y escarpada, cae como una catarata con tanta más fuerza. Y así como en nuestro tiempo precisamente las nuevas conquistas, los prodigios de la técnica, transforman el perfeccionamiento de la organización en los más terribles factores de destrucción, así también los elementos del Renacimiento y del Humanismo, que parecían saludables, se transformaron en veneno mortífero. La Reforma, que en Europa soñaba con dar un nuevo espíritu al cristianismo, sazonó la descomunal barbarie de las guerras de religión; la imprenta, en vez de difundir la cultura, diseminó el furor theologicus [delirio teológico]; en vez del humanismo, triunfó la intolerancia. En toda Europa, sangrientas guerras civiles desgarraban los países, mientras en el Nuevo Mundo la bestialidad de los conquistadores se desataba con crueldad inaudita. La época de un Rafael, un Miguel Ángel, un Leonardo da Vinci, un Durero o un Erasmo recae en las atrocidades de un Atila, un Gengis-Kan o un Tamerlán.

       La auténtica tragedia en la vida de Montaigne consistió en tener que ser testigo impotente de esta horrible recaída del humanismo en la bestialidad, uno de esos esporádicos arrebatos de locura de la humanidad como el que vivimos hoy de nuevo, a pesar de una vigilancia espiritual imperturbable y de una compasiva conmoción del alma. En su tierra, en su mundo, ni un solo momento vio que reinaran la paz, la razón, la concordia y la tolerancia, todas esas sublimes fuerzas del espíritu a las que su alma se había entregado. Tanto en su primera mirada al mundo como en la última, de despedida, vuelve la cara con horror (como nosotros) al pandemónium del mundo y al odio que infama y destruye a su patria y a la humanidad. Es todavía un adolescente, no pasa de los quince años, cuando en Burdeos se reprime ante sus ojos el levantamiento popular contra la gabelle (impuesto sobre la sal) con una crueldad que lo convierte de por vida en el más furibundo enemigo de todo tipo de atrocidad.3 El muchacho ve cómo cientos de personas son torturadas hasta la muerte con todos los suplicios que el peor de los instintos puede llegar a inventar: ahorcadas, empaladas, atadas a la rueda, descuartizadas, decapitadas y quemadas. Ve cómo los cuervos revolotean durante días alrededor del patíbulo para alimentarse de la carne calcinada y medio descompuesta de las víctimas. Oye los gritos de los torturados y no puede dejar de percibir el hedor de carne quemada que inunda las calles. Y apenas el chico se ha hecho mayor, estalla la guerra civil, que asola Francia con sus ideologías fanáticas tanto como hoy los fanatismos

____________________________

2 La célebre frase de Hutten se encuentra en una carta de 1518 a Wíllibald Pirckheimer: «O saeculum! O litterae! Iuuat uiuere, etsi quiescere nondum iuuat, Bilibalde. Vigent studia, florent ingenia. Heus tu, accipe laqueum, barbaries, exilium prospice!».

3 Montaigne sólo alude a la revuelta de la gabelle al referir el asesinato del gobernador Tristan de Moneins por la multitud, en agosto de 1548 en Burdeos (cfr. I, 23, 162). Pero según el historiador Jacques-Auguste de Thou, conocido suyo, su represión habría inspirado La servidumbre voluntaria, la obra juvenil de su gran amigo La Boétie.

 

sociales y nacionales asolan el mundo de un extremo a otro. La Chambre Ardente (el ignominioso tribunal que solía condenar a la hoguera) ordena quemar a los protestantes;4 la noche de San Bartolomé extermina ocho mil personas en un día;5 los hugonotes, por su parte, devuelven crimen por crimen, saña por saña, barbarie por barbarie; asaltan iglesias, destruyen estatuas, la obcecación no concede paz siquiera a los muertos, y las tumbas de Ricardo Corazón de León y de Guillermo el Conquistador son profanadas y saqueadas. De pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad avanzan las tropas, ora las católicas, ora las hugonotas, pero siempre franceses contra franceses, ciudadanos contra ciudadanos, y ninguna de las partes ceja en su exaltada bestialidad. Guarniciones enteras de prisioneros son pasadas a cuchillo del primero al último hombre. Los ríos apestan a cadáveres que flotan corriente abajo, se calcula en ciento veinte mil los pueblos que han sido saqueados y destruidos, y matar perderá pronto su pretexto ideológico. Bandas armadas asaltan los castillos, y para los viajeros, no importa que sean protestantes o católicos, cabalgar por un bosque vecino no es menos peligroso que un viaje a las Nuevas Indias o a los poblados caníbales.6 Ya nadie sabe si su casa y sus bienes le pertenecen, si mañana vivirá aún o estará muerto, si seguirá siendo libre o caerá prisionero, y Montaigne, ya anciano, escribe en 1588: «En esta confusión en la cual nos encontramos desde hace treinta años, todo francés, sea en particular, sea en general, se encuentra a cada momento a punto de sufrir un vuelco completo de fortuna».7

       Ya no existe seguridad en la tierra: este sentimiento básico se refleja necesariamente, desde el punto de vista de Montaigne, en lo espiritual, y por eso hay que tratar de encontrarla fuera de este mundo, fuera de la patria y fuera de la época, negarse a formar parte del coro vocinglero de los posesos y los asesinos, crear la propia patria, el propio mundo. De los sentimientos que albergaban los hombres de aquella época —tremendamente parecidos a los nuestros— da testimonio el poema que La Boétie dedica en 1560 a Montaigne, su amigo de veintisiete años, y en el que exclama: «¡Qué destino nos ha hecho nacer precisamente en estos tiempos! Contemplo el ocaso de mi país y no veo otro camino que el de emigrar, abandonar mi casa e ir adonde el destino me lleve. Hace tiempo que la cólera de los dioses me apremia a huir, mostrándome las vastas y abiertas tierras del otro lado del océano. Cuando en el umbral de nuestro siglo surgió de las olas un nuevo mundo, fue porque los dioses lo destinaban para ser un refugio en el que los hombres cultivaran su propio campo bajo un cielo mejor, mientras la terrible espada y una ignominiosa calamidad condenan a Europa a la destrucción».8

           En tales épocas, en las que los nobles valores de la vida, todo lo que da sentido a nuestra existencia, la legitima y la hace más pura y bella, nuestra paz, nuestra independencia, nuestro derecho innato, todo esto es víctima de la locura de una docena de fanáticos y de ideologías, en tales épocas todos los problemas del hombre que no quiere perder su humanidad, sacrificada a la época, convergen en uno solo: ¿cómo mantenerme libre? ¿Cómo preservar, a pesar de todas las amenazas y todos los peligros, en medio de la furia de los bandos en lucha, la insobornable claridad del espíritu, y cómo conservar ilesa la humanidad

____________________

4 En efecto, se solía llamar «Cámara ardiente» al tribunal extraordinario que condenaba a los herejes.

5 La llamada Noche de San Bartolomé, el 24 de agosto de 1572, fue una gran matanza de protestantes (o hugonotes) que tuvo lugar en París (luego se extendió por toda Francia).

6 Montaigne cuenta dos experiencias en este sentido en III, 12, 1584-1587.

7 III, 12, 1561.

8 Se trata de uno de los poemas latinos de La Boétie, titulado «Ad Belotium et Montanum» [A Belot y Montaigne]. Figura en la edición de poemas y traducciones de La Boétie que Montaigne mismo hizo publicar en París en 1571.

 

del corazón en medio de la bestialidad? ¿Cómo sustraerme a las exigencias que el Estado o la Iglesia o la política me quieren imponer contra mi voluntad? ¿Cómo defenderme para no ir en mis palabras y acciones más allá de donde mi yo más íntimo quiere llegar? ¿Cómo proteger esta parcela única y particular de mi yo, que en un rincón único me refleja el universo, contra la sumisión a la mesura reglamentada y decretada desde fuera? ¿Cómo preservar mi alma propia e individual y su materia, que sólo a mí me pertenece, cómo sustraer mi cuerpo, mi salud, mis nervios, mis pensamientos, mis sentimientos, al peligro de caer víctima de una locura y de unos intereses ajenos?

        A responder estas preguntas, y sólo éstas, dedicó Montaigne su vida y sus energías todas, su denuedo, su arte y su ciencia. Por amor a esta libertad, se observaba a sí mismo, se vigilaba, examinaba y censuraba en cada uno de sus actos y sentimientos. Y esta búsqueda y este esfuerzo por la pureza de espíritu, por la salvaguarda de la libertad en una época de servilismo generalizado a ideologías y facciones, lo convierte hoy en nuestro hermano y contemporáneo. Si lo amamos y, sobre todo, si lo honramos como artista es porque nadie se entregó como él al arte más sublime: le plus grand art : rester soi-même, seguir siendo uno mismo.9 Otros tiempos, más pacíficos y más tranquilos, han tratado desde otros puntos de vista el legado espiritual, literario, moral y psicológico de Montaigne; han discutido doctamente para decidir si era escéptico, cristiano, epicúreo o estoico, filósofo o bufón, escritor o un simple diletante genial. En tesis doctorales y tratados eruditos se analizan y enseñan detallada y escrupulosamente sus opiniones sobre educación y religión. Pero lo que a mí me interesa e importa de Montaigne hoy es cómo, en una época parecida a la nuestra, supo ser interiormente libre, y cómo, al leerlo, nos sentimos fortalecidos por su pensamiento. Lo veo como patriarca, patrono y amigo de todo homme libre [hombre libre] sobre la tierra,10 como el mejor maestro de esta nueva y sin embargo eterna ciencia de seguir siendo uno mismo frente a todos y a todo. Pocas personas de este mundo han luchado con más honradez y “encono por mantener puro e imperturbable su yo más íntimo, su essence [esencia],11 a pesar de la turbia y emponzoñada espuma de la agitación de la época, y pocos han logrado salvar de su tiempo, para todos los tiempos, su yo más íntimo.

               La lucha de Montaigne por conservar la libertad interior, quizá la lucha más consciente y tenaz que jamás ha librado el hombre, no tiene, ni externamente, la más pequeña sombra de tragedia o de heroísmo. Sería artificioso encasillar a Montaigne entre los poetas y los pensadores que han luchado con la palabra por la «libertad de la humanidad». No posee la elocuente diatriba ni el bello empuje de un Schiller o un lord Byron, ni la agresividad de un Voltaire. Montaigne habría sonreído ante la idea de pretender transferir a otros, y menos a las masas, algo tan personal como la libertad interior, y desde lo más profundo de su alma odiaba a los reformadores profesionales del mundo, a los teóricos y expendedores de ideologías. De sobra sabía que ya es una tarea colosal por sí sola conservar la propia independencia interior. De modo que restringe su lucha exclusivamente a la acción defensiva, a la defensa de aquel fortín más recóndito al que Goethe llama la «ciudadela» y el acceso a la cual nadie permite a nadie. Su técnica y su táctica consisten en mantenerse exteriormente lo más discreto y lo menos llamativo posible, en ir por el mundo con una especie de caperuza para encontrar el camino hacia sí mismo.12

__________________________

9 Cfr. I, 38, 329.

10 Cfr. III, 1, 1187.

11 Cfr. II, 6, 547: «No escribo mis acciones, me escribo yo, mi esencia».

12 Sobre la eficacia de las tácticas aparentemente defensivas, véase el capítulo «La firmeza» (I, 12).

 

              En realidad, pues, Montaigne no tiene lo que solemos llamar una biografía. Nunca causó extrañeza o sorpresa a nadie, porque no se daba importancia en la vida ni solicitaba auditorio ni aplausos para sus ideas. Por fuera parecía un burgués, un funcionario, un noble, un católico, un hombre que cumplía con sus obligaciones sin llamar la atención; para el mundo exterior adoptaba el mimetismo de la discreción, para así poder desplegar y observar en su interior el juego de colores de su alma con todos sus matices. Siempre estaba dispuesto a prestarse, nunca a darse.13 En cualquier circunstancia de la vida se reservaba lo mejor de su ser, lo más propio. Dejaba a los otros hablar, agruparse en cuadrillas, encolerizarse, predicar y fanfarronear; dejaba que el mundo siguiera sus caminos insensatos y enmarañados y sólo se preocupaba de una cosa: ser juicioso él mismo, humano en una época de inhumanidad, libre en medio de una locura colectiva. Dejaba que cualquiera se burlara de él, que lo llamara insensible, indeciso y cobarde, que los demás se asombraran de que él no se abriese paso para obtener cargos y dignidades; incluso los más allegados, los que lo conocían, ignoraban con qué constancia, tenacidad, cordura y ductilidad trabajaba a la sombra del mundo en la única tarea que él mismo se había impuesto: en vez de vivir una simple vida, vivir la suya propia.

              Así, el hombre aparentemente inactivo llevó a cabo una acción incomparable; conservándose y describiéndose a sí mismo, conservó en sí mismo al hombre in nuce, al hombre desnudo e intemporal, y mientras todo lo demás, los tratados teológicos y las digresiones filosóficas de su siglo, nos parecen lejanos y obsoletos, él es nuestro contemporáneo, el hombre de hoy y de siempre, y su lucha es la más actual de la tierra. Cientos de veces, al leer a Montaigne, página tras página, tengo la impresión de que nostra res agitur [el asunto nos concierne],14 la impresión de que en ellas está mejor pensado y dicho, con más claridad y nitidez, lo que constituye la preocupación más profunda de mi alma en la época en que vivo. Hay en estas páginas un tú en el que se refleja mi yo, la distancia queda abolida, el tiempo se separa de los tiempos. No tengo conmigo un libro, una literatura, una filosofía, sino a un hombre del que soy hermano, un hombre que me aconseja, que me consuela y traba amistad conmigo, un hombre al que comprendo y que me comprende. Si tomo los Ensayos, el papel impreso desaparece en la penumbra de la habitación. Alguien respira, alguien vive conmigo, un extraño ha entrado en mi casa, y ya no es un extraño, sino alguien a quien siento como amigo. Cuatrocientos años se han disipado como humo; no es el seigneur de Montaigne, el gentilhomme de la chambre [gentilhombre de cámara] de un olvidado rey de Francia, no es el señor del castillo de Périgord quien me habla; se ha despojado de la gorguera blanca con pliegues, se ha quitado el sombrero puntiagudo y el espadín, la orgullosa cadena de la orden de Saint Michel que llevaba alrededor del cuello.15 Ya no es el burgomaestre de Burdeos quien me visita, no es el gentilhomme ni el escritor. Un amigo ha venido a aconsejarme y a hablarme de él. A veces su voz se quiebra con un ligero matiz de tristeza por la fragilidad de nuestra naturaleza humana, por la insuficiencia de nuestro intelecto, la estrechez de miras de nuestros líderes, la absurdidad y la barbarie de nuestra época: es aquella noble tristeza con la que su discípulo Shakespeare dotó precisamente y de modo tan inolvidable a sus más entrañables personajes, a Hamlet, a Bruto y a Próspero. Pero luego noto su sonrisa: ¿por qué te lo tomas tan a pecho? ¿Por qué te dejas provocar y humillar por la locura y la bestialidad de esta época? Al fin y al cabo todo esto sólo llega a rozar tu piel, tu vida externa, no tu yo más íntimo. Lo externo no puede quitarte

____________________________

13 III, 10, 1496. 14 Cfr. Horacio, Cartas, I, 18, 84. 15 Cfr. II, 7, 549-550; II, 12, 868-869.

 

nada ni turbarte, mientras tú no te dejes turbar. «El hombre de entendimiento no tiene nada que perder».16 Los acontecimientos de este mundo nada pueden contra ti mientras te niegues a tomar parte en ellos; el desvarío de la época no es una calamidad real mientras conserves tu claridad de ideas. E incluso los peores de estos acontecimientos, las aparentes humillaciones, los golpes del destino, los vives sólo en tanto que te muestras débil ante ellos, pues ¿quién sino tú mismo les otorga valor e importancia, les atribuye placer y dolor?17 Tu yo no puede ensalzar ni denigrar nada excepto a ti mismo: ni siquiera a la presión exterior más fuerte le resulta fácil neutralizar a quien se mantiene interiormente firme y libre. Siempre, pero sobre todo cuando el individuo vea amenazadas su paz interior y su libertad, la palabra y el sabio consejo de Montaigne serán un alivio, pues nada nos protege más en una época de confusión y de bandos opuestos que la lealtad y el humanismo. Basta una hora, o media, con su libro para encontrar una palabra correcta y alentadora. Siempre y cada vez, lo que él dijo hace siglos sigue siendo cierto y válido para todo aquel que luche por su propia independencia. A nadie debemos estar tan agradecidos como a aquellos que, en una época tan inhumana como la nuestra, fortalecen el elemento humano que hay en nosotros; a aquellos que nos exhortan a no renunciar a lo único indeleble que poseemos, nuestro yo más íntimo, a pesar de todas las presiones y obligaciones externas, temporales, estatales o políticas. Pues sólo aquel que se mantiene libre frente a todo y a todos, conserva y aumenta la libertad en la tierra.

 

______________________________

16 Cfr. I, 38, 327, donde Montaigne escribe: «El hombre de entendimiento nada ha perdido si se tiene a sí mismo».

17 Recuérdese el capítulo titulado «Que la experiencia de los bienes y los males depende en buena parte de

nuestra opinión» (I, 40).