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Divague: Revista de ensayo literario | Mi perro es muerto

Mi perro es muerto

Mi perro es muerto B

Fotografía de Fernando Osuna.

 

Por Alejandro Zamora

Una vez Dustin me preguntó cuál era la diferencia entre ser y estar. Llevaba años aprendiendo español y simplemente no entendía. No lo culpo. De hecho era inminente que pusiera la cuestión sobre la mesa. Los maestros de idiomas saben lo confuso que puede ser esto para personas como Dustin, acostumbrados a que en inglés se use un mismo verbo para ambas situaciones. Es decir, mi amigo canadiense estaba prácticamente expandiendo su universo, si no es que se encontraba a la deriva del mismo.

Lo voy a poner de otra manera, para dimensionar la batalla que se desarrollaba en la mente de Dustin. Imagina que alguien llega un día y te dice: «Fíjate que no existen tres tiempos verbales, sino diez». O peor aún: «No existen», como me dijo un profesor marroquí al hablar del idioma árabe. ¿Cómo procesas eso?, ¿dónde lo registras? Semejante dolor de cabeza me dio mi padre, una vez, cuando me preguntó por qué se pronunciaba la palabra honrado como si tuviera doble rr, y no una sola.

Pero ahora era a mí a quien le volaban la cabeza; en realidad nunca supe quién batalló más: si Dustin por no poder distinguir entre «Soy bien bueno» y «Estoy bien bueno», o yo por no poder llegar a la raíz de la gramática. Encogido por la vergüenza, seguí el protocolo de muchos maestros novatos cada vez que un alumno sabelotodo los pone en jaque: me fui por la tangente con una explicación vaga y rebuscada, suficiente como para marear al alumno, quien no tuvo de otra que conformarse con mi compasión: «Esto del español toma tiempo». Después corrí a casa en busca de una respuesta honesta, simple y que yo mismo entendiera.

Cuando tuve suficientes elementos como para dar una explicación decente, contacté a Dustin otra vez. Le dije que la diferencia entre ser y estar era bastante sencilla, en realidad. Ser, le expliqué, se usa en las situaciones más permanentes, como «Soy un hombre ocupado», o «Mis amigos no son ingenieros»; en cambio, estar, aplica en contextos más bien pasajeros: «Estoy borracho», «Los tíos de Juan están en Roma».  ¿Fácil, cierto?

Sin embargo, ahí no terminó el embrollo. Examiné atentamente mi respuesta, y pensé que de seguir al pie de la letra esta regla, el español estaría lleno de disparates. Diríamos «Soy contigo en las buenas y en las malas», porque sería todo el tiempo. En cambio, los eslóganes políticos que dicen «Estamos contigo», estarían justificados, porque son una afirmación que dura lo que una campaña electoral. Y el buen Dustin se expresaría de la siguiente manera: «Mi perro es muerto», porque las mascotas, tristemente, nunca reviven.