Warning: include_once(/home/revistadivague/public_html/wp-content/plugins/contact-form-7/wp-contact-form-7.php): failed to open stream: Permission denied in /home/revistadivague/public_html/wp-settings.php on line 310

Warning: include_once(): Failed opening '/home/revistadivague/public_html/wp-content/plugins/contact-form-7/wp-contact-form-7.php' for inclusion (include_path='.:/usr/lib/php:/usr/local/lib/php') in /home/revistadivague/public_html/wp-settings.php on line 310

Warning: include_once(/home/revistadivague/public_html/wp-content/plugins/list-category-posts/list-category-posts.php): failed to open stream: Permission denied in /home/revistadivague/public_html/wp-settings.php on line 310

Warning: include_once(): Failed opening '/home/revistadivague/public_html/wp-content/plugins/list-category-posts/list-category-posts.php' for inclusion (include_path='.:/usr/lib/php:/usr/local/lib/php') in /home/revistadivague/public_html/wp-settings.php on line 310
Divague: Revista de ensayo literario | Metonimia

Metonimia

Metronimia

Por: Enrique García

Metonimia

Vi mi cara y vi mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.

 

  1. L. Borges

 

He terminado de leer Las vírgenes suicidas de Jeffrey Eugenides y debo decir que tenía tiempo sin identificarme con algún personaje de ficción. Las últimas páginas las leí con inusitada lentitud anhelando que la historia no finalizara, semejante al afán de no abandonar la butaca del cine (incluso cuando ya no hay más créditos que mostrar) después de haber contemplado una obra maestra. La novela de Eugenides cuenta la historia de las hermanas Lisbon, cinco adolescentes que deciden suicidarse tras el atroz encierro al que son sometidas por sus padres ultraconservadores. El confinamiento del que son víctimas las cinco jovencitas produce una misteriosa fascinación en el narrador y sus amigos, quienes se dedican a recolectar e interpretar cualquier objeto que haya pertenecido a Bonnie, Lux, Therese, Cecilia o Mary. Conforme avanza la historia, el lector tiene acceso a la colección que, a lo largo de los años, los vecinos de los Lisbon han compilado. Este será el medio idóneo para reconstruir la corta existencia de las “vírgenes suicidas” y el rasgo esencial que me hizo sentir tan próximo a la novela y al narrador.

El interés por las pertenencias de los otros tiene su origen en mi niñez, cuando vivía en Sinaloa. En esos años, mis padres y yo habitamos la casa de mis abuelos, una construcción enorme y laberíntica que con ahínco me dediqué a explorar. La casa estaba compuesta de dos pisos. La planta baja era lo suficientemente grande para que todos gozáramos de nuestro espacio propio; era la parte viva del hogar, que no distaba mucho de cualquier otra en su género, es decir, que siempre había luces encendidas, voces y ruidos constantes. En cambio, el piso de arriba estaba detenido en el tiempo, pertenecía a un pasado lejano que yo no conocí.

Al subir las escalares, se empezaba a percibir el olor característico de las cosas que han permanecido guardadas durante mucho tiempo y la visión se tornaba opaca debido a la espesa capa de polvo que cubría los muebles. Una vez que se llegaba a la planta superior el camino se bifurcaba en dos corredores que daban acceso a tres habitaciones cada uno. En el ala izquierda no había nada, únicamente suciedad y algunas ventanas rotas; en el lado derecho, los tres cuartos estaban atiborrados de objetos de diversa índole, aunque con cierto orden temático: el primer cuarto se componía sólo de pertenencias de mis padres, el segundo era un vestigio de lo que antes había sido la clínica de mi abuelo y el último era un galimatías, a la manera de una pintura de Pollock o el canto séptimo de Altazor.

Cada que subía a explorar las habitaciones estaba adentrándome en las vidas que desconocía de mi papá, mi mamá y mi abuelo. En esas búsquedas periódicas desenterré trofeos de karate y futbol de mi padre; un frasco en el que nadaba el apéndice de mi mamá; la  foto gigantesca en la que ambos aparecían con sus elegantes trajes de boda; los dilatadores, fórceps, pinzas y espéculos vaginales que formaban parte del arsenal ginecológico de mi abuelo; medicamentos y sueros con una fecha de caducidad ancestral; revistas y calendarios pornográficos de los años setenta; la defensa abollada de un Volkswagen y una pila de ropa ensangrentada.

Cada uno de esos objetos tan disímiles se convirtió en una puerta al pasado que podía abrir y cerrar a mi antojo. Todas las cosas que encontré en esos cuartos perdieron su condición inanimada y se transformaron en pedazos de vida, en retazos de una existencia ignota para mí. Reconstruí las historias que habían protagonizado esos objetos: disfrutaba al imaginar el temor y los nervios que producía el instrumental de acero inoxidable cuando mi abuelo lo introducía entre las piernas de las sinaloenses de hace más de 50 años -¿qué pasaba por la mente de aquellas mujeres cuando el metal gélido chocaba contra sus muslos cálidos o separaba sus labios carentes de lubricación?-; absorto, comparaba los rostros de mis padres en su foto nupcial con los que tenían ahora tras el divorcio; recreé la escena en la que mi tío y mi abuela chocaron en la carretera rumbo a Guadalajara, los veo saliendo del carro, con el rostro perforado por cristales y el frente del Volkswagen abierto en canal como una res.

Al igual que en la novela de Eugenides, los objetos se convirtieron en la manera de materializar lo que fue vedado a mi conocimiento y experiencia. Sin embargo, este aspecto no se limitó al ámbito familiar. Una gran cantidad de los libros que componen mi biblioteca personal los he comprado en las librerías de viejo. Conseguir libros en este tipo de lugares me emociona porque aparte del azar (uno nunca sabe con qué saldrá bajo el brazo), los hallazgos que se encuentran en los textos se convierten en las pistas para asomarse a la vida de un desconocido. Siempre que encuentro algún subrayado o nota al margen me pongo a pensar en qué tipo de persona lo habrá escrito, por qué esa frase en particular llamó su atención, qué es lo que él o ella buscaron cuando leían ese libro.

En mi copia de Y retiemble en sus centros la tierra, el antiguo dueño hizo una anotación en las primeras páginas de la novela. Gonzalo Celorio escribe: “al tequila se le da el golpe, como al tabaco: el tequila es una bebida que se fuma”. El lector la señala y anota: “¡En desacuerdo!” Y yo pienso: ¿Por qué esta persona se habrá detenido en un fragmento que no es crucial para el desarrollo de la historia? ¿Acaso el lector previo era un sibarita  purista del tequila, que se sintió ofendido por la comparación que hace el autor con el cigarro? También podría ser que fuera un alcohólico irrefrenable que no pudiera soportar otro vicio más. Las posibilidades son infinitas.

Mi gusto por los objetos ajenos me ha llevado a cambiar la percepción de quienes me rodean. En mi trabajo anterior tenía el turno nocturno, estaba completamente solo en el sótano de un hospital, que se componía de un amplio almacén atestado de soluciones y materiales de curación. El contacto con mis compañeros y mi jefa se limitaba a los pocos minutos en que coincidíamos cuando ellos entraban y yo iba de salida. Siempre consideré a mi jefa la persona que mejor pudiera representar la definición de robot o ciborg: cuando se dirigía a nosotros nunca sonreía, su gesto era inamovible e inexpresivo como una figura de piedra; en sus palabras jamás percibí el menor atisbo de sentimiento.

Por las noches, yo hurgaba entre lo que había sobre su escritorio. A decir verdad, las cosas que encontré eran bastante triviales puesto que se trataba de un lugar de trabajo. Pero en una de esas noches,  dejó un post-it en el que había escrito: “¿por qué al corazón no le da cáncer?” Esas palabras me resultaron bastante extrañas ya que me era imposible relacionarlas con aquel ser hermético al que veía cada mañana. En esa escritura tan cuidada, se revelaba una faceta a la que en persona no había podido llegar hasta el momento. Tampoco es que a partir de la hojita considerara a mi jefa más humana, pues seguía siendo la estatua habitual, pero cuando nos encontrábamos en los pasillos del hospital yo siempre recordaba aquellos garabatos que me hacían verla de forma distinta.

Para el común de la gente, los objetos se convierten en recuerdos o símbolos de una persona añorada, pero mi fascinación nada tiene que ver con la nostalgia. Mi manía por los objetos es de carácter perverso y erótico, es una manera de acosar y desnudar a los otros. En las pertenencias observo las huellas de lo que se intenta ocultar, aquello que expone las debilidades y pudores de cualquiera. Estas búsquedas no son sino el anhelo por quebrantar el espacio más íntimo de las personas, idea que me seduce enormemente.

El placer de la intromisión tal vez tenga su traducción en las fallidas relaciones sociales que vivo de manera pública. Para mí, la convivencia es tan difícil y forzada que he preferido conocer a la gente en su ausencia. Uno siempre camina entre la multitud portando un disfraz ridículo y nauseabundo. Parece que nos empeñamos en dejar de ser nosotros mismos y convertirnos en una masa uniforme y sin importancia. Este guiarse por el superyó me produce un aburrimiento infinito. No tengo el menor interés en interactuar de esa forma.