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Divague: Revista de ensayo literario | Matanchén. Verde plástico

Matanchén. Verde plástico

verde plástico

 

Por Eduardo Gangoiti Bermudez

En 1990 alrededor de 80 000 pares de tenis de la marca Nike cayeron de un barco en el Pacífico Norte y tiempo después comenzaron a aparecer en Queen Charlottes, Canadá, y en las islas Hawaii.

En enero de 1992, 29 000 juguetes para la tina de baño —patos, ranas y tortugas de plástico— fueron lanzados al mar por una tormenta en las islas Aleutianas desde un barco en ruta de Hong Kong al estado de Washington.

Gracias a los reportes de avistamientos de los juguetes de plástico para la tina por parte de los playistas —más de 400 hasta agosto de 1993—, los oceanógrafos con base en Seattle, James Ingraham y Curtis Ebbesmeyer, han obtenido datos acerca de las corrientes marinas y patrones de comportamiento de los vientos, con los que alimentan un modelo —que corre en computadora— diseñado por Ingraham.

Los dos científicos —trabajando en su tiempo libre— esperan de esta forma predecir los temporales, las migraciones de peces y conocer la ruta de los derrames de petróleo en los accidentes en alta mar.

Alguna vez pensé en enviar una carta a Seattle por si estuvieran interesados en el estudio de micromareas en el Pacífico mexicano. Podría haber llevado por título «Micromareas a través de la basura en Matanchén, Nayarit». El estudio tal vez tomaría en cuenta mis propios avistamientos: botellas de Cloralex y pañales desechables. Estaban ahí, cada domingo, en la playa. Los recogía y tiraba y volvía a encontrarlos el siguiente domingo. Seguramente debido a la influencia de una corriente marítima que visita el basurero municipal; a un complejo —o tal vez sencillo— sistema de ríos subterráneos con salida en forma de cenote —por lo que he sospechado que junto al basurero, tal vez debajo de toneladas, debe de haber vestigios de una civilización maya-pre-maya.

Una vez pormenorizada la corriente marina que transporta la basura al mar, el estudio aclararía cómo es que la fuerza oceánica se conecta al basurero —a unos 15 kilómetros de la costa—, selecciona, casi exclusivamente, las botellas verdes del blanqueador y pañales, y los deposita de vuelta en la playa.