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Divague: Revista de ensayo literario | Manual

Manual

Por: Iván soto

La mano tiene formas ridículas, cimas, arrugas, trazos azarosos de líneas rectas y curvas, oquedades, articulaciones, vellosidad aleatoria, uñas transparentes, falanges y cartílago. Ninguna otra parte de nuestra anatomía combina marcas, rugosidades y cáscaras tan distintas. También es una de las pocas piezas del cuerpo en las que se aprecian de forma natural las venas y los huesos.  Ante esta combinación de elementos, lo que extraña es que la naturaleza no haya incluido espinas o ventosas adhesivas en el diseño.

El saludo de Trump

Es difícil explicar por qué el acto del saludo se ha ubicado justo en la mordida de extremidades tan monstruosas. Entidades que parecen tener más movimiento que el resto del cuerpo (que además, si se observa con cuidado, parece ocurrir de forma independiente). Sam Raimi es uno de los pocos que las ha retratado fielmente, en Evil Dead 2, donde una mano se revela contra su dueño y rompe platos en su cabeza hasta dejarlo inconsciente.   

 

Donald Trump es famoso, entre muchas otras razones, por su incapacidad para saludar de forma correcta. Un error en la fisiología original de su mano impide que estreche otra de forma natural. Algo hay también en su consistencia que limita la técnica de apretado, y en su vellosidad poco aerodinámica que afecta el movimiento suave hacia-arriba-y-hacia-abajo que dicta el protocolo.

 

El problema comienza con el ángulo que suele tomar la mano del mandatario para acercarse a otra, con la palma hacia arriba, de forma que de entrada no se cierra cómodamente sobre la del interlocutor. Esto complica el movimiento de los dedos para masticar la materia que se les presenta. Entonces, al intentar mover la muñeca y el codo al mismo tiempo (para hacer subir y bajar la mano en el baile acostumbrado), codo y muñeca confunden sus programaciones, y reaccionan con un dislocamiento muy violento del gesto que provoca que el director del FBI sea jalado con fuerza hacia el cuerpo de Trump. Así, en lugar de hacia-arriba-y-hacia-abajo, el saludo toma una orientación de-adentro-hacia-afuera, y hace las veces también de despedida.

 

Trump llama de esta manera nuestra atención sobre la confusión de utilizar las manos para un gesto idéntico que tiene dos fines opuestos. Al no saber si está llegando o yéndose, el cuerpo del director del FBI no sabe cómo reaccionar. El saludo es una expresión peligrosa cuando no se domina por lo menos a nivel básico (tiene los mismos efectos secundarios que la inversión de los comandos: sostener y soltar, abofetear y acariciar, rascar y rasgar, ahorcar y masajear, etcétera).

 

Al analizar un discurso cualquiera de Trump,  se hace evidente que domina pocos movimientos de mano (unos cinco o seis aproximadamente), y esto puede tener repercusiones diplomáticas  en el futuro próximo. Claro que todos vivimos con el riesgo constante de que nuestras manos se vuelvan contra nosotros, pero el peligro aumenta a medida que adquirimos más poder en la toma internacional de decisiones.

 

Lichtenberg estudió las 62 maneras de sostener la cabeza con la mano y el antebrazo. Es interesante que durante cualquiera de las 62 variaciones, las manos y el antebrazo suplen las funciones del cuello (cosa que nunca sucede a la inversa). Lo que ocurre es que el ser humano continuamente se descubre luchando de forma inconsciente contra la gravedad: la acción básica de “ser” está justo en esa batalla, para la que la ingeniería del cuerpo parece haber sido creada.

 

Lo anterior incrementa varios grados la complejidad de cualquier acto protocolario. Hay que pensar que al extender la mano hacia otra persona, el resto del cuerpo y toda la actividad subconsciente de Trump se concentran en combatir la fuerza de gravedad, para evitar salir despedido hacia la estratósfera. Además están la fobia a las bacterias, la incómoda proporción de sus manos y la prensa deshonesta, cuyo dedo siempre está sobre el disparador de la cámara.

 

Peña Nieto, en cambio, domina a la perfección el saludo. Podría describírsele incluso como especialista consumado en tan imprescindible maniobra, a la cual ha dedicado toda su preparación (aunque ha descuidado un poco el resto de sus capacidades). Por eso el encuentro pospuesto entre ambos mandatarios es, lamentablemente, una oportunidad desperdiciada para observar una interacción histórica, para la cual Trump está en clara desventaja.

 

Hay quien pronostica que, cuando suceda, tendrá lugar un evento metafísico: la legendaria posición de agarre esquizoreumatoide de los dedos de Trump malcerrándose contra los más experimentados, de Peña, que con toda probabilidad romperán al contacto uno a uno los diversos componentes (piel, falanges, cartílago, etc.) americanos. Se teoriza que entonces se olvidará este último, aunque sea por unos segundos, de contrarrestar la gravedad. Flotará primero como globo de helio en la mano de Peña, quien será después succionado hacia su contraparte estadounidense, partiendo los dos con las materias revueltas en un abrazo cuántico o  nueva estación espacial internacional (según se vea).

         

Éste es, hay que subrayarlo, un escenario hipotético. Sólo una de las infinitas posibilidades que se abren a la interacción íntima de la materia política durante el saludo, un gesto poco estudiado y hasta menospreciado. Otros de apariencia más atractiva se roban todos los aplausos: como el abrazo, el acto de tocar a la puerta, el de firmar un edicto, el de presionar botones rojos.