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Divague: Revista de ensayo literario | Lo que me espera

Lo que me espera

loquemeespera

Por Rubén Raúl Roa Encarnación

Dorian Gray, Fausto y Frankenstein (personajes de novela que intentaron excusar el paso del tiempo) nos enseñan que debemos pagar un precio muy alto: Dorian Gray mira su apelmazado rostro y se descubre horripilante; el personaje de Goethe tendrá que entregar su alma al diablo. Para todos espera una caída al vacío que cobrará cada segundo extra a precios impagables.

Tratar de adivinar el futuro es siempre un reto. Supone descubrir consecuencias derivadas del presente basados en la experiencia y los conocimientos. He visto, con el transcurrir del tiempo, cómo los descubrimientos en los campos de la ciencia permiten prolongar nuestra vida.

Mis padres son personas longevas. Gracias a los avances de la medicina lograron sortear ―mejor dicho burlar― las enfermedades que los aquejaron y que en siglos anteriores los habrían conducido a la tumba. Como si existiera un primer dique que debe ser sorteado y después del cual se obtienen algunos años más de vida. Yo estoy dispuesto a cubrir cualquier costo, sólo pongo una condición: conservar la conciencia. Quiero evitar enfrentar a la muerte; intento fútil.

Tengo 60 años, mi cara está llena de arrugas, heredé de mi familia materna una piel muy seca que también he pasado a mis hijos, tengo que usar grandes cantidades de crema, el cuenco de mis dos manos se vuelve insuficiente para esa leche gruesa que imagino de nodriza nórdica, pletórica en proteínas. Mis ojos son café claro, regulares; mis cejas se han vuelto abundantes y me ocupo de estarlas recortando para mantenerlas dentro de ciertos parámetros estéticos, sobre todo para que no delaten mi edad. Mi nariz no tiene nada relevante, es una nariz ni fu ni fa, lo notable es que ahora sus filamentos crecen de manera desordenada, igual que los de las orejas, como un bosque de arbustos enmarañados; su forma es como la de una pequeña bola de carne. Debajo de mi nariz cultivo un bigote que se ajusta al labio superior, mi boca es pequeña y de labios recogidos. Tengo una cabellera abundante que debo recortar, cuando menos, cada mes. Me peino echando el pelo hacía atrás y lo tengo que aplacar con un poco de mousse (creo que así lo llaman). En general, soy una persona sana, salvo que perdí dos muelas: decidieron abandonarme y el culpable fui yo, pues descuidé su atención y, en reciprocidad, me dejaron.

Mis hombros tienen una curva descendente ―soy de hombros caídos, pues― como los de mi padre. No entiendo a qué juega la naturaleza, a algunos les proporciona hombros rectangulares, elegantes y bien presentados. Otros tenemos que pasear un cuerpo más bien escurrido y alargado. Para acabarla de descomponer soy poseedor de una panza disimulada pero que empieza a crecer. Las nalgas son un artículo de lujo del que carezco. De hecho, cuando me siento, tengo la necesidad de buscar una silla o sillón con cojín para que los huesos no me empiecen a doler.

Hace treinta y cinco años me operaron de una hernia de disco en la región lumbar, nunca he vuelto a tener problemas por esta razón. Apenas el año pasado fui intervenido de nuevo, esta vez una hernia inguinal, como si mi tópico fueran los desgarros ―los desgarros más que los desprendimientos: me interesa atender tanto que termino desgarrándome, quiero alcanzar lo uno y lo otro y por esta razón acabo en la separación suspendida… me voy y me quedo.

Creo que mis piernas son la mejor parte de mi cuerpo. Qué dirán ellas, que me han permitido trashumar por lugares de todas clases y que parecen nunca cansarse. Son fuertes, a mi edad aún me permiten moverme con ligereza.

Mis tobillos sufrieron diversas contracturas que los pusieron en peligro de ser inmovilizados y de convertirse en una limitante para mis andanzas. Afortunadamente, después de tener claro que debería de cuidarlos, untarlos de vez en vez con algún ungüento y ponerles, también, una tobillera elástica, sanaron y aprendieron a burlar los hoyos de las banquetas, los tornillos que sobresalen de las bases que se colocan para tensar cables, los mosaicos mal acomodados y, en general, todos los obstáculos que encontramos los de a pie. (Tenga cuidado al pasar de la banqueta al pavimento, no se le ocurra distraerse con algún cuerpo o rostro atractivo que se le cruce en el camino, puede ser la causa de pisar un hoyo que lo lleve al hospital).

Mi madre y su hermano usan marcapasos, seguramente sin estos aparatos ya habrían muerto. Esto quiere decir que soy candidato a tener un adminículo igual. Es una forma artificial de prolongar la vida que anteriormente no se conocía, ahora puede proporcionar (en las mejores circunstancias) hasta 20 años más; antes, el corazón, en una tarde plácida y tibia, sencillamente dejaba de latir y la persona moría. Ahora su vida se extiende pero aparecen disfunciones por las que no atravesaba. A mi madre la artritis le ha distorsionado los dedos de las manos, su columna se ha ido doblando de arriba para abajo y ha sufrido varias caídas; se ha debilitado, la energía de la que dispone para sus actividades se agota rápidamente y, contra su costumbre, tiene que alternar períodos de movimiento con espacios en los que debe suministrarse oxígeno, ¡malas noticias para alguien que fundaba su razón de ser en servir a los demás! Su sistema de nutrición también se ha deteriorado: no come mucho y aprovecha poco los alimentos.

Los miércoles me toca acompañarlos: él de 94 años, ella de 90, lúcidos los dos, alegres y entusiastas a pesar de sus limitaciones. Para mí han sido miércoles de revivir recuerdos, de apapachar a los que alguna vez lo hicieron conmigo, de reclamos pequeños que aluden a diferencias de carácter y de motivos generacionales. Me siento bien asistiéndolos de esta manera y aprendo a vislumbrar lo que, con suerte, podría ser mi propia vejez.