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Divague: Revista de ensayo literario | Lo que encontré en mis bolsillos

Lo que encontré en mis bolsillos

Propuesta 2 - Waiting for the train

Por Gilbert Keith Chesterton

Una vez, cuando yo era muy joven, tuve ocasión de hablar con uno de esos hombres que han hecho del Imperio lo que es; un hombre con abrigo de astracán y con bigote de astracán; un bigote espeso, negro, rizado. Ignoro si se ponía el bigote a la vez que el abrigo, o si su napoleónica voluntad le ponía en condiciones no sólo de dejarse crecer un bigote en el sitio habitual, sino también de hacer crecer bigotitos todo alrededor de su ropa. Sólo recuerdo que me dijo las siguientes palabras: «Un hombre no puede hoy prosperar si se dedica a pasear con las manos metidas en los bolsillos.» Yo contesté con la del todo evidente impertinencia de que quizá podía un hombre prosperar metiendo las manos en los bolsillos de los demás. Al punto aquel señor comenzó a explayarse sobre la revolución de la Moral, por lo que supuse que algo había de verdad en lo dicho por mí.

Rememoro hoy aquel incidente que se enlaza con otro incidente —si así queréis denominarlo— que me ocurrió el otro día.

Una sola vez en mi vida he desvalijado un bolsillo, y fue —por distracción quizá— el mío propio. Mi acto puede calificarse así no sin motivo. Porque al sacar las cosas de mi mismo bolsillo experimenté al menos una de las más tensas y estremecidas emociones del ladrón; tenía ignorancia completa y profunda curiosidad sobre lo que allí había de encontrar. Tal vez entrañaría hipérbole del elogio calificarme de persona pulcra y cuidadosa.[ref]Chesterton bromeaba reiteradamente —como sobre su gran corpulencia y su desorden distraído— acerca de su desaliño personal. (N. del T.)[/ref] No obstante, puedo siempre, del modo más satisfactorio, dar cuenta exacta de cuanto me pertenece. Siempre puedo decir dónde está cada cosa y qué he hecho con ella, a condición de que sean cosas que no me haya metido en los bolsillos. Una vez algo, lo que sea, se desliza en la tiniebla de esas simas ignotas, agito la mano tristemente en son de despedida virgiliana. Supongo que las cosas que he dejado caer en mi bolsillo continúan allí; idéntica presunción abrigo respecto de las cosas que he dejado caer en el mar. Pero considero con la misma reverente ignorancia las riquezas almacenadas en ambos abismos sin fondo. Dicen que en el día final el mar devolverá sus muertos, y supongo que en la misma ocasión, largas sartas y más sartas de cosas extraordinarias brotarán tumultuosamente de mis bolsillos. Pero he olvidado por completo qué fuera cada una de esas cosas, y en realidad no hay nada (excepto dinero) que pudiese sorprenderme hallar entre ellas.

* * *

Por lo menos ése ha sido hasta ahora mi estado de inocencia. Me propongo solamente referir brevemente las circunstancias especiales, extraordinarias y hasta entonces sin precedente, que me lanzaron —a sangre fría y sin haber perdido el juicio— a vaciar mis bolsillos.

Me encontraba encerrado en un departamento de tercera clase para un viaje no breve. Era hacia el atardecer; pero lo mismo podía haber sido otra hora cualquiera, porque todo cuanto pudiese haber tenido apariencia de tierra o cielo o luz o sombra estaba pintado, como una gran brocha mojada, por una inmutable, impertérrita capa de lluvia absolutamente incolora. No llevaba libros ni periódicos. No tenía ni siquiera un lápiz y un pedazo de papel para escribir un poema épicorreligioso. En las paredes del coche no había anuncios; de haberlos habido, pudiera haberme engolfado en su estudio; porque toda reunión de palabras impresas es harto suficiente para sugerir infinitas complejidades de inventiva mental. Cuando frente a mí veo las palabras «Jabón Rayo de Sol», puedo agotar todos los aspectos de la adoración del Sol, de Apolo y de la poesía estival antes de enfrascarme en el tema, menos concomitante, menos próximo a mí, del jabón. Pero no había en parte alguna nada impreso ni pintado: madera lisa dentro del coche; lisura mojada fuera de él. Pero yo niego con la más vehemente energía que cosa alguna sea o pueda estar desnuda por completo de interés. Me puse, pues, a mirar fijamente las junturas de las paredes y de los asientos y empecé a pensar en firme sobre el tema fascinador de la madera. En el preciso instante en que estaba comenzando a comprender por qué, quizá, había sido por lo que Cristo fue carpintero mejor que albañil, o panadero, o cualquier otra cosa, me erguí de pronto en el asiento y me acordé de mis bolsillos. Llevaba conmigo un tesoro ignorado. Tenía un Museo Británico y una colección South Kensington de ignotas antigüedades desparramadas por toda mi persona en diferentes lugares. Comencé a sacar cosas.

* * *

Lo primero que salió fueron pilas y montones de billetes del tranvía de Battersea. Había bastantes para organizar una paper-chase.[ref]Carrera a través del campo en la que una o más personas van dejando caer pedacitos de papel que formen un reguero como ruta para la carrera de los demás que en ella tomen parte. (N. del T.)[/ref] Brotaban, llovían como confetis. Primeramente, es claro, despertaron mis emociones patrióticas e hicieron asomar lágrimas a mis ojos; me proporcionaron también el texto impreso que yo estaba anhelando, porque al dorso de los billetes hallé una especie de breves pero llamativos ensayitos científicos sobre ciertas píldoras. En cierto modo, relativamente y habida cuenta de la inopia en que me debatía a la sazón, aquellos billetes podían considerarse como una compendiosa pero bien escogida biblioteca científica. Si mi viaje hubiera debido prolongarse (lo que a la sazón parecía verosímil) durante algunos meses, me era dado imaginarme arrojándome de lleno en los controvertibles aspectos de la píldora, concertando réplicas y dúplicas, en pro y en contra, a base de los datos que se me ofrecían. Pero la simbólica calidad de los billetes acabó por conmoverme con preferencia. Porque tan cierto como la cruz de San Jorge simboliza el patriotismo inglés, aquellos pedacitos de papel simbolizaban todo ese patriotismo municipal que hoy es acaso la mayor esperanza de Inglaterra.

La segunda cosa que saqué fue un cortaplumas. Una navajita, casi ocioso es decirlo, requeriría para ella sola un espeso volumen lleno de meditaciones morales. Una navaja tipifica uno de los más grandes primarios de aquellos orígenes prácticos sobre los que, como sobre hondos, macizos pilares, descansa toda nuestra humana civilización. Los metales, el misterio de esa cosa llamada hierro, y de esa cosa llamada acero, me sumieron medio deslumbrado en una especie de ensueño. Vislumbré las entrañas de profundos, húmedos bosques, en los que el primer hombre halló, entre todas las piedras comunes, aquella piedra singular. Vi una vaga y violenta batalla en la que ejes de piedra se quebraban y en la que cuchillos de piedra saltaban en pedazos, contra algo reluciente y nuevo en la mano de un hombre desesperado. Escuché todos los martillos sobre todos los yunques de la tierra. Vi todas las espadas de las batallas feudales y todas las ruedas de las económicas. Porque el cuchillo no es sino una espada corta, y el cortaplumas es una espada secreta. Lo abrí y contemplé aquella lengua brillante y terrible que llamamos hoja; y pensé que acaso era el símbolo de la más antigua entre las necesidades del hombre. En seguida me di cuenta que erraba; porque la siguiente cosa que salió de mi bolsillo fue una caja de fósforos. Entonces vi el fuego, que es aún más fuerte que el acero. La llama, esa vieja, feroz cosa femenina, esa cosa que todos amamos, pero no nos atrevemos a tocar.

La siguiente cosa que encontré fue un pedazo de tiza; y en ella vi todo el Arte y todos los frescos del mundo. La siguiente fue una moneda de mínimo valor; y en ella vi no sólo la imagen y la inscripción de nuestro propio César, sino todo el Gobierno y todo el orden desde que comenzó el mundo. Pero no tengo espacio para decir cuáles fueron los objetos de la larga y espléndida procesión de símbolos poéticos que fueron aflorando, desparramándose. No puedo contaros todas las cosas que tenía en mis bolsillos. Pero puedo deciros una, que no pude encontrar en ellos. Me refiero al billete del tren.