Llevar la desesperación a la boca

Flexibilidad

Grafito, tinta sobre Papel 55x28cm

Por: Alejandra Pedroza Marchena

Un día de estos voy a acabar con mis uñas. Su deformación ha sido muy discreta. Su extinción empezó hace unos 20 años, pero nunca me avisó. Quizá debí tomar como alarma los pellejos que las rodean, que se desprenden y arden. Me acostumbré a ellos, a tener esos minúsculos pedazos de piel a punto de soltarse, a ayudarles con mis dientes a desprenderse por completo; me acostumbré a su fastidio y dejaré de sentirlos. Porque a la molestia que rodea mis uñas la llevo siempre conmigo: apenas me quedo quieta, me recuerda que no me libro de ella. Reaparece en los momentos de calma para retarme a que frote por ahí mis dedos, a que pase por ahí mi lengua, que arranque lo que pueda con mis dientes.

Quisiera decir que mis uñas tienen la culpa: comienzan con molestias sutiles, que no se van en una hora, ni en la mañana entera, ni en dos días. Se me olvida si camino o bailo, pero en la calma, el ardor se aferra. Las uñas me gritan que me estorban. Así que voy contra ellas, cada vez más fastidio, cada vez más arranco: hasta la sangre.  Culpo a mis uñas porque desde que tengo memoria los reclamos han recaído en mí. De niña, mi tía la del rancho me decía que me iba a embarrar los dedos con manteca para que dejara de morder; mis maestras en la primaria jugaban con la temerosa moral que se puede tener a los seis años y, sin más, lo condenaban con un“es malo”; hasta la fecha, mi madre está al pendiente para impedir cada que mis manos toman el rumbo de mi boca.
Para morderse las uñas hay que estar dispuesto a los reclamos del prójimo. Cualquier argumento en defensa será inválido, porque los placeres de esta incomprendida manía van más allá de las palabras. Es un ardor que pide empecinadamente que intervenga con mis dientes. Es un golpe del corazón que se acelera si ignoro el llamado. Es un hueco en el estómago que se abre si los pellejos son tan pequeños que no se dejan arrancar. Es desesperación. Es ansiedad.  Y siempre, después de morderme las uñas, me da por suspirar.