LAS MODIFICACIONES NECESARIAS PARA DISFRUTAR DEL CIELO

Jueguitos Cursis

Pastel sobre Papel 52×43 cm. 2002

Por: Juan Carlos Campa

 

Y el santo, porque es santo, renuncia al mundo. Lo hace desde un desinterés de titán, de verdadero peso completo de la bondad. Renuncia al mundo y lo anima un sentido recto, no persigue nada a cambio, sólo la satisfacción del deber cumplido. No espera nada, y probablemente ése sea el resultado: no obtiene nada. Nada. Sin embargo, esto no puede ser así, en algún momento recibió la promesa de la gloria, promesa que consiste en tres regalos invalorables: la eliminación del sufrimiento, la derrota de la muerte y el reencuentro con sus seres queridos. Alma pura, no tuvo reparo en acometer cuantas pruebas le fueron impuestas, puso siempre la otra mejilla, perdonó a los otros, aceptó el martirio con una sonrisa de oreja a oreja y de paso les mostró a sus semejantes, muchas de las veces de formas francamente extravagantes, cuál era el verdadero derrotero, el sentido nítido que todo ser humano, desde sus limitaciones y pese a ellas, debe seguir.

 

El hombre promedio es reacio a tan magnífico ejemplo. Sin embargo, la existencia del purgatorio sugiere que al cielo no sólo acceden hombres santos, sino hombres buenos. En tal caso, no pueden ser aceptados directamente: es necesaria una previa eliminación de las pequeñas máculas que mancillaron su alma, y que de paso motivaron un cierto apego al mundo. Nadie es perfecto. Los hombres buenos, quizá sin el relumbrón, ni el áurea solar, ni los altares de los santos, pero quizá animados por buenos sentimientos, procuraron una vida alejada del abismo de los grandes pecados, de los pecados oceánicos que condenan al fuego eterno. Hombres buenos que todos los días pudieron llegar a sus casas con las manos limpias y la conciencia tranquila. Del cielo gozan los hombres santos, pero también los hombres buenos.

 

Los santos deben permanecer intocables. El misterio de su animación y de su vida es premiado, y, aunque no lo fuera, habrían repetido cada uno de sus actos sin importar lo que hubiera al final de sus imposibles derroteros. No es el caso de los hombres buenos. Si los hombres buenos ganan el cielo, primeramente deben ser preparados para la nueva condición. Al cielo se accede para la eternidad, y los hombres buenos en el fondo de sus corazones conservan algunos lazos pecaminosos con el mundo, algún interés, algún apego, algún diminuto rencor. Errores muy humanos, muy comprensibles, pero que, usted disculpe, no pueden perpetuarse para la eternidad porque en el cielo no hay lugar para la imperfección, por diminuta que pueda ser. Rece, rece mucho para que quienes están en el purgatorio pronto accedan a la gloria. Pero antes, ¡oh, almas interesadas!, permítanme sugerir el mecanismo de adaptación, y ojalá esté rotundamente equivocado.

 

PRIMERA ADAPTACIÓN: EL OLVIDO

 

El hombre bueno, recién elevado a los ámbitos celestes, debe ser adaptado para no sufrir más. En su espíritu conserva todavía rastros del mundo, en la memoria; nítidos o vagos, están los recuerdos. Algunos coloridos y animosos, pero otros insuperables. Recuerdos de cascabel, fotografías negras que recuperan las vivencias de la miseria humana. Recuerdos que muerden sin previo aviso desde el rincón de lo inesperado. Los primeros incitan la nostalgia del mundo conocido mediante la fiesta de los sentidos, las imágenes y las palabras. Los segundos hacen sufrir. En consecuencia, la memoria retiene al hombre bueno en el mundo, ejercicio que no puede prolongarse en la eternidad. El hombre bueno es entonces compensado con la alteración de la memoria. El premio es el olvido. El olvido garantiza la supresión de la nostalgia y del dolor, pasiones humanas incompatibles con una gloria que todo lo compensa.

 

SEGUNDA: EL ASOMBRO

 

El hombre bueno gozó en vida de espectáculos que no pueden compararse con lo que le deparan lo espacios celestes. Sin embargo, era incapaz de ir de asombro en asombro. Como cualquier otro hombre disfrutó de lo extraordinario, pero desde la condición de que interrumpiera el flujo de lo ordinario. Pudo percatarse además del valor de lo único y de lo irrepetible, de la primera vez y de la vez primera, supo valorarlo y le tuvo gran estima porque era consciente de que el evento, la persona, el suceso, eran irrecuperables. Por el contrario, las repeticiones le mostraron el enfado y la profundidad del bostezo. Una cosa es ver la lluvia por la ventana desde la brevedad del instante, otra bien distinta estar sujeto a la repetición eterna del evento. Cualquier evento. Por eso, el hombre bueno debe ser modificado con un asombro permanente que le permita contemplar la repetición de lo magnífico, en un lugar que no da cabida a lo insignificante.

 

TERCERA: ENCUENTROS Y DESENCUENTROS

 

El hombre bueno conoció en vida a seres buenos como él. Pero también estableció contacto con personas débiles y sin constancia, situación que no impidió que, precisamente por su bondad, les tuviera afecto; incluso no aprobó sus actos y nunca se cansó de fustigarles, de enderezarles por el buen camino: supo además prodigarles amistad. Hombre bueno, pero al fin imperfecto, fue juez implacable. De unos apostó que el cielo era el lugar que por naturaleza les correspondía. De otros juró que no alcanzarían la gloria. Ninguno de estos juicios es necesariamente coincidente con los criterios divinos. Criterios que bien pueden ser opuestos a las observaciones humanas. Llegado el momento de ver a los nuevos vecinos, el hombre bueno debe ser adaptado, pues la situación se sella como eterna, y debe evitarse la extrañeza y la incomodidad de encontrarse con unos y la admiración terrible que provocaría la ausencia de otros.

 

CUARTA: LA COMUNIÓN DE LAS ALMAS

 

El hombre bueno no puede ser tan desafortunado. Alguien, cuando menos uno, deberá encontrar y reconocer en el espacio infinito. Sin embargo, no todo podrá decirse y no todo podrá escucharse entre las almas reconocidas. Afectados por el mecanismo del olvido, ocurrirá que uno no tendrá historia qué decir y otro no tendrá capacidad para escucharla. Por otra parte, el recién llegado estará inquieto por saber qué pasa con los que dejó atrás: ser testigo de lo que sucede con ellos es imposible. Ver qué pasa con sus seres queridos implicaría hacerlo testigo de sus padecimientos, hecho que lo haría sufrir irremediablemente. Apreciar el accidente que pudo suprimirse o la muerte dolorosa que pudo evitarse lo mantendría en la estupefacción. No. El hombre bueno no puede entrar en contacto con ninguno de los seres que ha dejado en el Valle de Lágrimas, debe pues ser adaptado para no enterarse de qué pasa, o de plano, para que al presenciarlo no le importe.

 

QUINTA: SATISFACCIÓN COLMADA

 

Tanto la plena satisfacción del deseo como su total ausencia son incompatibles con la naturaleza humana. En ocasiones, la pura expectativa es la razón del deseo. El hombre, incluso el hombre bueno, se mantiene siempre en vilo entre un deseo y otro. En buena medida, el hombre bueno ganó el cielo porque supo conducirse mediante la renuncia consciente y deliberada a las tentaciones que el deseo suponía. Fue tentado, no accedió. Sin embargo, eso no significa que no apareciera el devaneo del quizá o la debilidad del

arrepentimiento. El hombre bueno pudo contemplar con nostalgia los últimos destellos de la estrella, quizá mala, quizá buena, quizá mejor, que no siguió. Como quiera que sea, el deseo puede esconder la insatisfacción. Nuevo mecanismo adaptador, el deseo en el cielo debe ser eliminado porque el espacio celeste no puede incluir seres ni siquiera remotamente insatisfechos.

 

SEXTA: CONOCIMIENTO TOTAL

 

El mundo invita al conocimiento. La sensación de carencia motiva la búsqueda. El hombre, sin importar su circunstancia, quiere conocer; la curiosidad es innata y puede incluir una gama interminable de objetos en los que prodigar sus búsquedas. La trivialidad es sólo un punto de vista. La superficialidad de uno puede ser la profundidad de otro. El hombre conoce y se reconoce en tales objetos: relojes, violines, ballenas, pero también ecuaciones cuadráticas, rutas, zapatos y diamantes. Inquisiciones, no necesariamente incorrectas respecto al bien, pero que pueden mantener al hombre ocupado y auténtico durante días y días. El mecanismo de adaptación es significativo: elimina el interés por conocer por la molestia, la incomodidad e incluso la frustración previa al acto mismo del conocimiento —pero además es innecesario, y, ahora sí, superficial: ¿qué se necesita conocer en el lugar en el que se posee todo?

 

SÉPTIMA: LA PASIÓN IMPOSIBLE

 

De entre los hombres buenos. Algunos piensan, otros hablan, y otros más actúan. Pero hay ciertos ejemplares especiales que simplemente son sus actos. Es imposible disociarlos de lo que hacen. En este apartado aparecen los artistas (a buen resguardo del cielo, porque generalmente confrontan las expectativas divinas y con seguridad arderán en el infierno). En el caso de que uno de ellos accediera a la gloria divina, el mecanismo de adaptación lo obligaría a dejar tal actividad. En estos apasionados espíritus, el lazo que han establecido con el mundo es enérgico, casi ineludible: la ausencia de sus actos representaría algo más que una simple añoranza. No puede, ni debe continuar, deberá ser cercenada de tajo. El talento es paradójico y es una broma celeste de pésimo gusto: toda una vida dedicada al perfeccionamiento del diamante y, ganado el premio de la gloria, divinamente eliminado.

 

RESUMEN

 

El hombre bueno ha accedido a la gloria celestial, pero ha sido necesario modificarlo para el disfrute eterno y definitivo. Antes del ingreso es un ser imposibilitado para el recuerdo, con los sentidos descompuestos, ajustado al asombro permanente y sin los aleteos molestos de lo ordinario. El simple mundo cotidiano ya no le preocupará más. No sabrá nada de los suyos ni en la Tierra ni en el cielo, y mucho menos en el infierno. No se lo dirá a nadie, situación irrelevante porque de todos modos no podrá contarla y a nadie le importará oírla. Ni el deseo, ni el conocimiento, ni pasión alguna empañarán el nuevo estado. Visto así, la derrota de la muerte no es tan sugestiva. El estado posterior a la muerte es un estado muy parecido a la muerte misma. De ser así, entonces nada se ha derrotado, en todo caso: empate técnico. El ser glorificado está detenido en un autismo celestial rodeado de otros seres dormidos en el mismo letargo oscuro de la eternidad.