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Divague: Revista de ensayo literario | La silla

La silla

La silla

Fotografía de Fernando Osuna.

 

Por Marina Azahua

Lo que vemos no es una mujer, ni una silla. Ni siquiera una mujer sentada en una silla. Es un ser de cuatro extremidades: pies enfundados en zapatos de tacón bajo, al frente; patas de madera gruesa, al fondo. De cierta forma, una centáuride. Las piernas de carne y madera están soldadas una con otra. Resulta imposible distinguirlas. Por el acomodo de su cuerpo, la mujer es tan silla como la silla. Pero carne y objeto están ligados por algo más. Su vínculo no emana exclusivamente de una postura. Los brazos de la mujer se adhieren también, irremediablemente, a los brazos del mueble: son una misma entidad cuya fusión se debe no sólo a las correas que atan a los elementos entre sí. Los aglutina una fuerza cuyo efecto es imposible detener: corriente eléctrica.

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Una máscara le cubre ojos, nariz y boca. Su rostro no es rostro; es visor de buceo, es máscara de oxígeno. Si estos símiles fueran exactos, la ayudarían a respirar. Pero son equívocos. El trozo de cuero que oculta la cara de la mujer ha sido dispuesto para ocultar su asfixia. ¿Qué la sofoca realmente? ¿El pánico? ¿La descarga que paraliza sus pulmones? Una máscara para cubrir la ejecución, para hacer llevadero el acto de mirarlas. A ellas. A la mujer y a su ejecución. Con su escafandra de buza involuntaria, Ruth Snyder se sumerge en la electricidad que la aniquila. Su rostro es el de una autómata de ciencia ficción. Su rostro es el centro oculto de una ejecución pública, respaldada por la ley, barnizada de civilidad, higienizada para beneficio de la respetable audiencia. Es necesario encubrir para poder observar. Lo dicta la decencia. Es preciso resguardar a los observadores del escarnio grotesco. Se hará lo posible para que miren sin observar la agonía en la que participan como espectadores.

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Se dice que a veces a los ejecutados en la silla eléctrica se les salen los ojos de las cuencas cuando reciben la descarga de la corriente. Cuentan que al retirarles la máscara de cuero, se pueden hallar los órganos de la vista sobre los pómulos del ejecutado.

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Del cabello rubio de Ruth no se observa nada. La corona un casco de metal redondeado, de donde surge, invisible, la fuerza que la mata.  

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Nadie sabe exactamente cómo mueren las personas ejecutadas en la silla eléctrica, pero se sospecha que es más por asfixia que por electricidad. La corriente contrae al cuerpo e impide la respiración. Los pulmones se paralizan mucho antes de que hierva la sangre y ardan las entrañas. Se dice que en las autopsias de los ejecutados en la silla eléctrica el cerebro parece haber sido cocinado.

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12 de enero de 1928: Robert G. Elliot, electricista del estado de Nueva York, lee a Kipling antes de dormir. Horas antes expertamente activó la corriente eléctrica que ejecutó a Ruth Snyder. Fue cuidadoso, como siempre. Hizo todo por evitar que humeara y se incendiara el cuerpo. Tras completar su labor, el verdugo manejó de regreso a su casa, tomó un baño, y antes de cerrar los ojos leyó La luz que se apaga.

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La primera escena de la primera novela de Kipling retrata a una pareja de púberes que juegan con un revolver en una playa desierta. Ellos se quieren, de maneras distintas, pero se quieren; y el mundo parece estar en su contra. En esa orilla de la bajamar, acompañados de una cabra, construyen una complicidad atestada de una futura tensión erótica y la tentación cumplida del rompimiento de las reglas.

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Ruth tuvo un cómplice. Ideó el asesinato de su esposo, Albert Snyder, en conspiración con su amante, Henry Judd Gray, un vendedor de corsés. Bien dice la poeta Corina Copp: “Vendedor de corsés —¡qué irónica profesión para el amante de Ruth, el cual la ‘liberó de un matrimonio sin amor’! L’amour fou finalmente venció tras los asombrosos siete intentos previos de Ruth para matar a Albert. A todos ellos había sobrevivido (de acuerdo con Gray) (según Wikipedia)”.

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Después de Ruth la siguiente persona en sentarse en la silla fue Judd Gray.

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En su vejez, el verdugo del Estado, Robert Elliot, publicó sus memorias. En ellas hacía mención de las casi 400 personas que ejecutó durante su vida, entre las cuales figuraba Ruth Snyder. “Como verdugo oficial del estado de Nueva York, ella fue la primera mujer a quien me tocó enviar a la eternidad. No pienso negar que me pareció un asunto repulsivo y cruel”. De acuerdo a Elliot, Ruth sollozaba mientras la sentaban. “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. “Perdóname, Padre, pues he pecado”. Según recuerda su verdugo, mientras cubrían su rostro con la máscara, su rezo se fue volviendo incomprensible.

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El caso de Ruth Snyder fue tan sonado en la prensa que el día de su muerte había cerca de tres mil personas afuera de la prisión. Las peticiones para presenciar la ejecución eran innumerables. El acceso era limitado. Las cámaras estaban prohibidas.

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Los editores del New York Daily News, renombrado periódico de escándalos, contrataron al fotógrafo Tom Howard para que entrara encubierto a la ejecución; era de Chicago y podría pasar inadvertido; los guardias no lo reconocerían. La hazaña periodística se planeó meticulosamente: Una cámara miniatura oculta y sujeta al tobillo. Una sola exposición. Un gesto rápido para levantar la orilla del pantalón y exponer la lente. Una oportunidad única. La activación del obturador por medio de un cable que recorría la pierna hasta llegar al bolsillo. Así fue como Howard registró el momento exacto en el cual la corriente eléctrica atravesó el cuerpo de la condenada. A la mañana siguiente, la imagen de Ruth Snyder agonizando se publicó en la primera plana del periódico, con el encabezado: Dead! ¡Muerta!

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¿Cuántos segundos tarda la corriente eléctrica en recorrer un cuerpo

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Snyder fue la segunda mujer en ser ejecutada en la silla eléctrica en la prisión Sing Sing de Nueva York. Sólo una mujer se había sentado antes en la misma silla: Martha M. Place la precedió en 1899, tras haber asesinado a su hijastra.

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Para evitar que se repitiera el incidente del registro fotográfico de una ejecución, a partir de la muerte de Ruth Snyder, durante décadas, se solicitó a los asistentes a las ejecuciones en Estados Unidos que levantaran las manos al momento de la electrocución. Decenas de personas con los brazos alzados ante la muerte legal de otro ser humano.

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Se dice que tras haber sido electrocutado, el cuerpo de una persona está demasiado caliente como para poderlo tocar.

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La cámara que utilizó Howard para retratar la electrocución de Ruth Snyder está hoy en el National Museum of American History de la Smithsonian Institution. El New York Daily News la donó en 1963.

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“Daily News New York’s Picture Newspaper New York, Friday, January 13, 1928 Average net paid circulation of THE NEWS, Dec. 1927: Sunday, 1,347,556 Daily, 1,193,297 Vol. 9. No. 173 66 pages Extra Edition 2 cents in city limits DEAD! RUTH SNYDER’S DEATH PICTURED! This is perhaps the most remarkable exclusive picture in the history of criminology. It shows the actual scene in the Sing Sing death house as the lethal current surged through Ruth Snyder’s body at 11:06 last night. Her helmeted head is stiffened in death, her face masked and an electrode strapped to her bare right leg. The autopsy table on which her body was removed is beside her. Judd Gray, mumbling a prayer, followed her down the narrow corridor at 11:14. “Father, forgive them, for they don’t know what they are doing!” were Ruth’s last words. The picture is the first Sing Sing execution picture and the first of a woman’s electrocution. Story p. 3; other pics. p. 28 and back page.”

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El pie de foto de toda imagen constituye la mitad de su construcción.  

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En el registro de su agonía, y su correspondiente nota al pie de foto, Ruth Snyder quedó capturada por dos aparatos a la vez, dice Copp: el mecanismo de la silla y el de la cámara. Un aparato mayor también la tenía atrapada mucho antes de su crimen, intuye: el statu quo del matrimonio y la vida diaria de una mujer clasemediera neoyorkina. Yo agregaría un cuarto aparato que también la tenía secuestrada, tanto en vida como en muerte: el aparato de la prensa.

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La imagen que se publicara en la primera plana del New York Daily News fue un recorte retocado de la imagen original que captó el obturador de la cámara de Howard. En la fotografía completa, sin modificación, el piso del cuarto de ejecuciones de la prisión aparece inclinado. Fue mucha la suerte de Howard; estuvo a punto de cortarle la cabeza a Ruth durante el inexacto encuadre. La fotografía completa, sin recorte, es una imagen muy distinta a la que fue publicada. En ella, ante todo, se explicita la distancia que separó al fotógrafo-cámara de su objetivo. En la imagen publicada se pierde también la presencia de otros observadores.

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En la imagen original, a la derecha de la mujer sentada en la silla que la mata, se encuentran al menos otros tres pares de piernas: tres cuerpos registrados, sus rostros faltan. Un hombre con los pies separados mira de frente a Ruth. En el extremo derecho, el cuerpo de un hombre se erige con los brazos cruzados. Entre ambos, un par de pies, mirando en dirección contraria a Ruth, alguien evita mirarla de frente. Son los pies de una mujer, en tacones, con falda.

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Al jurado que condenó a muerte a Ruth Snyder y Judd Grey le tomó una hora y treinta minutos tomar una decisión.

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Tom Howard practicó durante un mes, en un hotel, para aprender a usar la cámara miniatura. No tenía forma de controlar lo que veía la lente. No podía dirigir el encuadre ni el enfoque. Para calcular el foco fijo que debía tener la lente, se utilizaron planos arquitectónicos de la prisión. Sólo así se pudieron determinar las distancias probables que separarían al fotógrafo de su objetivo, dentro de la cámara de muerte.

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Cámara: cuarto, recámara, aposento.

Cámara: artefacto productor de fotografías.

Cámara de muerte.

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La distancia que media entre la cámara y el momento de la muerte.

La distancia que media entre el espectador y el cuerpo al que se mira agonizar.

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Algunos años después de la ejecución de Snyder y Gray, el mito persistía. El mito se reformulaba y reconstruía.

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Principios de la década de 1940: Un diorama de tamaño natural, en un museo de cera en Coney Island, en Nueva York. Un hombre de cera lucha, ensangrentado, desde su lecho mientras lo asesina una figura con la cabeza cubierta por un enorme cono de papel. Al fondo, otra figura cubierta por un cono “observa”. La escena reconstruye el momento en que Judd Gray asesinó al Señor Snyder mientras éste se encontraba en la cama. El letrero que corona la simulación reza: Ruth Snyder Murder. El asesinato de Ruth Snyder.

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Una fotografía del diorama—tomada por el célebre fotógrafo de nota roja Arthur Fellig Weegee. Un registro fotográfico de la reconstrucción ficticia del asesinato de Albert Snyder.

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Toda fotografía podría entenderse como un simulacro de realidad, una simulación de verdad: ¿es reconstrucción, re-presentación, restauración de lo sucedido? En ese caso, al observar la fotografía de Weegee, estamos ante la simulación de una simulación.

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El asesinato de Ruth Snyder. Ése es el título de la escena ficticia que intenta reconstruir la verdad. No el asesinato de Albert Snyder. No el asesinato cometido por Ruth y Judd. No, el asesinato de Ruth Snyder. La elección de palabras indica cómo el imaginario colectivo imputó la culpa a Ruth casi por completo, eximiendo pasivamente a su amante. Las palabras también engañan en otro nivel. El letrero que describe la escena podría hacer referencia al asesinato de la propia Ruth, a través de su ejecución, y no el que su amante perpetró contra su esposo y del cual ella fue cómplice.  

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Cambiarle el pie de foto a una imagen es un acto que reconfigura su significado.  

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El asesinato de Snyder. La ejecución de Snyder. La distancia entre dos palabras. La distancia entre la realidad y la ficción. Entre lo sucedido y lo registrado. Todo este tiempo hemos estado observando ficciones. Ninguna verdad. Sólo simulaciones. La fotografía puede ser eso, una simulación cuya aliada es la luz.

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¿Por qué un fotógrafo como Weegee, acostumbrado a captar asesinatos verdaderos, escenas de crímenes recién cometidos, tuvo el impulso de registrar la reconstrucción imaginaria de un crimen? En la fotografía de las figuras de cera, Ruth Snyder y Judd Gray tienen la cabeza cubierta por unos enormes conos de papel. No vemos el rostro de los asesinos, de la misma forma en que no se pudieron observar sus semblantes al momento de ser ejecutados. Los conos tienen el propósito de resguardar a las figuras de cera del polvo, pero en la imagen contribuyen a elaborar una escena desconcertante y un tanto absurda.

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En la ficha catalográfica del Museo de Arte Moderno de San Francisco, el título de la fotografía de Howard es The Electrocution of Ruth Snyder. La electrocución de Ruth Snyder.

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De la misma forma en que la imagen de Weegee no retrata realmente al Señor Snyder, sino su asesinato, en un procedimiento interpretativo similar, Corina Copp ha acertado al indicar que la fotografía tomada desde el tobillo de Tom Howard, no representa a Snyder, sino a su electrocución. “Con todo el espacio que rodea a la figura sentada en su silla, ella se convierte en objeto puro, incitando a la exactitud del título: Es la electrocución la que está cada vez más iluminada, y no Ruth Snyder”. Lo que nos queda, dice Copp, es “el aura de una mujer atada a una máquina”.

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Ruth Snyder escribió un libro. Nunca he podido encontrar un ejemplar, pero sé que fue una publicación barata y he visto imágenes de su portada naranja, ilustrada con un dibujo que muestra su rostro, de enormes ojos, enmarcado por los barrotes de una celda. Una de sus manos se alza hacia lo alto, siguiendo su mirada. El folleto costaba 25 centavos. En la portada se podía leer: Ruth Snyder’s Own True Story. Published Complete for the First Time Anywhere. Written by Herself in the Death Cell.

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Una sola descarga de dos minutos de duración. Subir y bajar la corriente cinco veces para evitar que el cuerpo se incendie.

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El cuerpo de Ruth Snyder fue enterrado en el Cementerio de Woodland, en el Bronx. Su tumba tiene sólo una palabra: “Brown”. Aquel era su apellido de soltera.