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Divague: Revista de ensayo literario | La forma del diario

La forma del diario

Diario de cine

22.II. 2016

Por Guillermo Nuñez

Como un espectro vuelve la tensión entre la disciplina y el placer: contra lo agradable que es escribir sobre películas que me han parecido dignas, se impone el rigor de registrar que volví a ver El caballero de la noche asciende (2012), de Christopher Nolan, que ahora encontré plana e infantil. También debo confesar que vi The Hallow (Los hijos del diablo, 2015) de Corin Hardy, un filme de horror que sólo merecería comentarse culturalmente (¿por qué en el género los héroes tienden a ser híbridos, puentes entre naturalezas irreconciliables?). Pero esto es un diario y no, como acusó un amigo, una columna de crítica de cine (en ese caso, me temo, sólo escribiría sobre lo que me interesa criticar, que es muy poco).

Es extraña, la forma del diario: atómica, infrecuente, autobiográfica (cansado, esta noche cené frutilupis y no me dieron ganas de ver nada) pero poco introspectiva.

Ayer vi dos buenas películas: Songs from the Second Floor (Canciones del segundo piso, 2000) de Roy Andersson y Listen to Me Marlon (2015) de Stevan Riley. La primera está inspirada en poemas de César Vallejo. Y es muy graciosa, al menos como puede ser graciosa una novela de Kafka: como un chiste demasiado largo que en algún momento comienza a ser desesperante, en su sentido espiritual (no hay personaje que no lleve maquillaje cenizo). El documental de Riley, por otro lado, puede llegar a ser fetichista pero logra hacer de Brando una figura espectral, amorfa: un fantasma incapaz de comunicarse con claridad pero cuya presencia nos sigue abrumando.

He querido ver Carol de Todd Haynes en el cine pero no he podido. Tampoco he podido retomar mis lecturas sobre cine. En el fondo, me temo, no me interesan tanto como el tener algo sobre lo cual pueda escribir aquí.

Hace unos días volvimos a intentar ver Los ocho más odiados de Tarantino, también en el cine, para aprovechar un cupón que tengo, pero no encontramos asientos juntos así que optamos (Elizabeth y yo) por regresar a casa.

Tierra de cárteles

Imagen tomada del documental Cartel Land

29.II. 2016

 

La segunda entrada que consigo realizar esta quincena. He estado ocupado. Pero algo más que eso: uno debe reconocerlo, en ocasiones puede más la tristeza que la disciplina. Lo que me entristece o me empantana es que sólo he visto películas de muy baja calidad. Ni siquiera eso, he visto series, un capítulo tras otro, como si en mis horas de ocio también fuera un oficinista que se expone a memes y gifs para matar el rato, dispuesto a embotarme la cabeza. Así fue como vi los nuevos capítulos de Los expedientes secretos X (seis, en total) y lo más reciente de The Walking Dead, así como algunos episodios de Daredevil. Si una las suma, son varias horas tiradas a la basura. Sorprendentemente no me sometí anoche a ver la transmisión de la ceremonia de los premios Oscar. Sí vi, sin embargo, Cartel Land (Tierra de cárteles, 2015) de Matthew Heineman que, como Daredevil, plantea la vieja cuestión moral sobre la autodefensa al margen de la ley (¿es posible la justicia de esa forma?). El documental concluye con una extraña simplificación para el tipo de periodismo de investigación que pretende ser: al parecer, el complejo fenómeno geopolítico del narcotráfico (y su síntoma, la violencia) podrían solucionarse si se les abordara como si fueran un patrón de comportamiento poco saludable. Número de ocasiones que en la cinta se menciona el tráfico de armas entre los EEUU y México: ninguna.

También intenté ver Freaks of Nature (2016) pero es imposible de ver: la quité a los quince minutos y, me parece, ya era demasiado tarde.

Mis lecturas sobre cine: abandonadas.

Número de veces que he ido al cine en días recientes: cero.

Por la mañana, en un taxi, le di un vistazo a una Cinepremiere. Era del mes de enero (el taxista la había dispuesto para sus pasajeros). Me sorprendió la rapidez con la que habían envejecido sus contenidos. Abundaban, eso sí, las infografías. Aún así, la revista había durado más tiempo en ese taxi que algunas películas en cartelera.

 

Vuelvo a pensar en El renacido de González Iñárritu. Debe señalarse que, aunque es una cinta taquillera, tiene a su favor que, por ser el tipo de película que es y no por ser de otro (como han intentado confundir algunos comentadores de medio pelo), no veremos pronto figuras de acción de sus personajes. Esto del ensayo “La concentración de los medios de comunicación en Estados Unidos” de André Schiffrin (está incluido en su libro de 2000, El control de la palabra): «Hace poco, Le Monde publicó una carta de protesta firmada por varios productores franceses exigiendo que una sola película no pueda monopolizar más del 10% de las pantallas. En Francia, país que cuenta hoy con 1,000 más que hace diez años y dispone de la impresionante suma total de 5,800, por lo menos, 1,000 de ellas pueden ser acaparadas en cualquier momento por superproducciones como Nemo o El señor de los anillos. Por otro lado, en el reducto de las salas independientes se presencia una lucha que los propios comercializadores califican de fraticida. Ellos también están obligados a una rotación rápida, aunque en París, ciudad que sigue siendo la capital mundial del cine, no pueden verse ciertas películas más que durante ciertas semanas y a ciertas horas, a menudo por la mañana o muy tarde en la noche». Pero lo más interesante: «Aparte de su dominio de la distribución en las salas de cine, los grandes estudios han adoptado una agresiva política de venta de productos derivados de las películas, las cuales pueden aportar ganancias tan enormes que sobrepasan incluso el costo de producción cinematográfica. En 1994 El Rey León, un gran éxito de Disney, rindió ganancias de más de un millón de dólares, generadas en buena medida por los 186 productos derivados de ella. […] El nuevo sistema modifica por completo la ideología de la creación cinematográfica. Exactamente igual que las películas de la Unión Soviética y Europa del Este eran concebidas para vender la idea del comunismo, las nuevas producciones estadounidenses se conciben para vender productos derivados». Schiffrin recoge esta anécdota de Tom Schatz, quien «cuenta que los productores de cine para niños a menudo llaman a sus colegas de McDonald’s desde que están en la fase de escritura del guion. Desean saber si éste incluye suficientes protagonistas para satisfacer las expectativas de venta de las figurillas de plástico que constituirán la parte de McDonald’s en el lanzamiento conjunto de la película».