-Hernando Sinisterra y el foxtrot de una época-

Plática del Retrato

Mixta sobre papel 28 x 21.5cm 2015-

Una composición breve acerca del cine y la música nacional colombiana de principios del siglo XX.

Por: david Potes

“Es más importante “sentir” que dominar la historia”. – Hendrik Willem Van Loon

 

Era el año de 1921 cuando el camarógrafo español Máximo Calvo, recibió del sacerdote franciscano Antonio José Posada, un ejemplar de la novela romántica “María”. Detrás de este gesto, el sacerdote Posada escondía la intención visionaria de llevar a la pantalla gigante la novela de Jorge Isaacs. Fascinado por la exaltación poética hacia los paisajes vallecaucanos, Máximo Calvo asume el reto de filmar la película en compañía de Alfredo del Diestro, un actor y director de cine nacido en Bogotá, que ya había sido contactado un año antes por el sacerdote Posada, cuando del Diestro se encontraba de temporada junto con su compañía lírico dramática en el Teatro Municipal de Cali. Así es como empieza la historia, hoy leyenda, del primer largometraje de ficción ‘Made in Colombia’.

La filmación empezó en octubre del mismo año, meses atrás Charles Chaplin había estrenado su película “El chico”, Hitler se convertía en el líder del Nacional Socialismo alemán y en Colombia, Pedronel Ospina Vásquez estaba a punto de suceder a Marco Fidel Suárez en la presidencia. El rodaje de “María”, película que se convertiría en el testimonio mudo del cine colombiano, incluyó a Stella y Margarita López en los papeles de María y Emma. Las hermanas López eran hijas de don Federico López, un dentista que se desempeñaba como embajador de Colombia en Jamaica, y quien desde luego le dio un impulso económico al proyecto. Por otra parte, el papel clave de Efraín sería interpretado por un músico llamado Hernando Sinisterra, quien fue la figura predominante del movimiento musical para la ciudad de Cali de principios del siglo XX.

Hernando Sinisterra, nacido el 25 de marzo de 1893, hijo de un general de la república y el último de quince hijos, aceptaría el rol de Efraín en la película “María” después de que un actor llamado Hernando Domínguez fuera descartado, al parecer, por exigir demasiado por su participación. Sinisterra posa siempre elegante en las fotografías existentes, a la batuta de la “Orquesta Cali” y “La unión musical”, dos agrupaciones que contaban con parte de los mejores músicos de la ciudad.

En cuanto a música, a comienzos del siglo XX las prácticas musicales en la ciudad afrontan un fenómeno: es en Cali y en muchas partes del país, donde se da inicio a la confrontación entre músicas populares y la música erudita centroeuropea. En una esquina, la chirimía representaba el gusto popular, de raíces nativas; y en la otra, las polkas, fandangos y valses; representaban el gusto europeo de las clases privilegiadas, aunque en términos prácticos estas barreras fueron parte de un discurso, ya que los registros escritos de la época mencionan que las fiestas eran una amalgama de clases y músicas.

Ahora, para cuando Sinisterra irrumpió en la vida musical de Cali, a nivel nacional hacía rato se daba una discusión acerca de cuál debía ser la música identitaria de los colombianos; “la música de la patria”. Después de despertar del sueño fallido del libertador, Colombia inicia una búsqueda desesperada por encontrar los símbolos que representen su identidad nacional, todas esas cosas que pudieran ser estimadas como propias, que le permitieran reconocerse frente a sí misma y decir “yo soy”. Partiendo de la tendencia a homogenizar como requisito obligatorio para alcanzar una nación moderna, el polémico bambuco es elegido como símbolo nacional al imponerse a codazos sobre otros ritmos como el vals o el pasillo, ya que la clase dominante consideraba que este se aproximaba más a la estética europea, pues había comenzado a alejarse de sus raíces ancestrales y además empezaba a adquirir características de música de salón.

Pero en otros lugares del mundo pasaba algo que aumentaba las aristas del discurso: el desgaste expresivo de finales del periodo romántico, dio origen a los nacionalismos en Europa y más tarde, en el resto del mundo occidental. A mi parecer, afirmado con suspicacia, las músicas nacionalistas no son solamente la reivindicación de los aires tradicionales de una nación a través de un lenguaje universal, sino que son una estrategia de la academia por garantizar su supervivencia ante el agotamiento que suponen cuatro siglos de arte musical, validando un discurso de identidad y nación que luce genuino en unos casos más que en otros.

Entrado el siglo XX se hizo más aguda la disyuntiva entre música académica y músicas populares. En Colombia, una vez terminada la guerra de los Mil días, se vio en la música popular una práctica diferente a la que ofrecía el modelo musical europeo, al mismo tiempo que se institucionalizaba la educación musical superior como parte del plan de reconstrucción del país, pero en realidad, se estaban sentando las bases de la acalorada discusión acerca de la música nacional que marcaría los inicios del siglo.

Dada desde la emotividad y arrogancia de sus promotores, la discusión acerca de la música nacional estaba hecha para durar, se parecía a tener mucha tela por cortar pero con unas tijeras sin filo, a falta de información y un estudio profundo del tema. Antonio María Valencia, director de la escuela (más tarde conservatorio) de música de Cali desde su fundación en 1933, fue uno de los principales contrincantes del debate. Además de sostener una polémica con Guillermo Uribe Holguín, director del conservatorio nacional, acerca de la escuela nacional de música, Valencia también contestó un par de artículos publicados en la prensa local caleña en 1921, consignados en el libro “Imagen y obra de Antonio María Valencia” de Mario Gómez Vignes. En ellos un escritor, bajo el seudónimo de “Dilettante”, salía en defensa de los “aires nacionales” frente a las tendencias extranjeras, a lo que Antonio María Valencia, en compañía de su amigo, el también músico Eleázar Guzmán, respondió por escrito a las afirmaciones y cerraron filas por una “música nacional” libre de excesos de sentimentalismo. Antonio María Valencia se unía al pensamiento de Uribe Holguín, respecto a que la verdadera música nacional no existía y que para llegar a tenerla se necesitaría de un Saint-Saëns colombiano.

Hernando Sinisterra entró más tarde en el debate y publicó un artículo titulado “La importancia del cultivo de la música nacional” en el que resalta la manera hostil en que Valencia y Guzmán responden a “Dilettante” y le recuerda a los lectores que Valencia también ha sacado tiempo para componer pasillos. La respuesta de Valencia y Guzmán fue inmediata y no se retractaron de lo dicho, al contrario, reafirman: “hay que enaltecer de manera científica los tales aires”, a lo que nuevamente Sinisterra respondió, esta vez, lamentando no haber sido comprendido en su artículo anterior. Más tarde “Dilettante” regresa a la discusión para continuar con un debate en el que todos tenían un poco de razón. Esta es solo una de las controversias de las que está llena la primera mitad del siglo XX y muestra el nivel de beligerancia que despertaba la discusión acerca de la “música nacional”. Años después sería la prensa escrita, centro de numerosos debates, quien reclamaría por el reconocimiento a Hernando Sinisterra y su labor musical.

Con la “Orquesta Cali” Hernando Sinisterra era el de los clubes, el del Salón Moderno, el de la vida social y los repertorios amplios. Más tarde las orquestas, incluyendo las de Sinisterra, estarían en las radio-plateas de las emisoras de radio de los años 30. Todo este movimiento crearía una predilección de la gente hacia el formato orquestal o música orquestada. Entre los años 1925 y 1930 Hernando Sinisterra también dirigió la banda del batallón Pichincha, experiencia de la cual temo, solo queda un himno, pues el batallón renueva sus archivos cada diez o veinte años, mientras la casa musical Umaña, poseedora de algunos arreglos y composiciones de la Orquesta Cali, quemó sus partituras una vez cerró sus puertas.

Hoy el testimonio musical y fílmico del pasado en Colombia nos habla de cómo se trabaja y se vive únicamente para ser parte del olvido, y de cómo hallamos casi placentera la acción de olvidar.

Da capo sin repetición.

Ya en algún momento del año 1903, Máximo Calvo había abandonado España para probar suerte en América donde se dice trabajó como distribuidor de la 20th Century Fox. Después de diecinueve largos años en Panamá, Calvo viajó a Cali para filmar María, en diciembre de 1922 se estrenó por primera vez en el Teatro Salón Moderno y un año después, Calvo, junto con su esposa, se estableció definitivamente en Cali. En una entrevista realizada en 1960 al director español, este afirma que viajó a Cali exclusivamente a filmar María y que cuando llegó el cine colombiano no existía, como se sabe, en nuestra historia cinematográfica también aparece el nombre de Máximo Calvo como el director del primer largometraje con sonido sincronizado (Flores del Valle, 1941). En 1945 filmó su segundo largometraje sonoro titulado “Castigo de fanfarrón”, el cual sería también su última producción en este formato. Máximo Calvo moriría en el año de 1973, con la paternidad de la primera película filmada en Colombia y de la cual solo quedan veinticinco segundos de un total de ciento ochenta minutos, insuficientes para dar testimonio ante la historia, de nuestra cultura cinematográfica. En 1985, el director de cine Luis Ospina intentó reconstruir el momento en que fue filmada “María” a través de un cortometraje documental llamado “En busca de María”, el cual pienso es un intento por saldar una vieja deuda con la historia. Más tarde Ospina, en 1987, es quien dirige el largometraje documental “Antonio María Valencia: Música en cámara”.

Aparte de “María” y con un largo recorrido como actor, Alfredo del Diestro dirigiría más tarde dos filmes en los que también actuaría: Los que danzan (1930) y Nobleza ranchera (1938). En la década del treinta, Del Diestro probó suerte en Hollywood, en donde logró aparecer en nueve largometrajes hispanos, entre ellos: La dama atrevida, del director norteamericano William McGann (1931) y en Marido y mujer, del cineasta Bert E. Sebell (1932). Alfredo del Diestro moriría en Ciudad de México en 1951.

Por otra parte, no todo fue color de rosa para el bambuco. Sus detractores pusieron en duda desde su importancia cultural hasta su autenticidad. Ahora muchas cosas descansan en el olvido y de muchas otras ya no se habla: Antonio María Valencia falleció el 22 de julio de 1952 víctima del tétano, en medio del más ferviente rechazo por su homosexualismo y su adicción a la morfina. Hoy se le reconoce como uno de los compositores más importantes en la historia de Colombia.

El Salón moderno desapareció entre las llamas en abril de 1928, hecho que sirvió como llamado para crear el Cuerpo de bomberos voluntarios de Cali. Después del incidente, se construyó en el mismo sitio en el que actualmente está el teatro Jorge Isaacs y, en cuanto al destino de la compañía cinematográfica Valley Film Company, de lo poco que dan cuenta los registros es del pleito que ganó la familia de Jorge Isaacs por derechos de autor contra la compañía, lo cual sirvió de publicidad adicional para la película “María” y sentó precedente como el primer caso judicial de esta naturaleza en Colombia.

Próximos a celebrarse los cien años del natalicio de Hernando Sinisterra, en el año 1993, la familia del músico en compañía Funmúsica y el investigador Octavio Marulanda, publicaron el libro Hernando Sinisterra: huella y memoria, el cual hace un recuento de su vida: de cómo guardaba la ilusión de estudiar en Italia, del montaje de la opereta Los molinos de viento, de sus más de setenta obras inventariadas hasta el momento, de cómo la “Orquesta Cali” animaba las películas mudas que se proyectaban en el Salón Moderno, y de cómo, por voluntad propia quizá, sin entrar en escandalosas discusiones se fue retirando de la vida musical y artística de Cali, una vez llegó la ola de los músicos que sí pudieron estudiar en el exterior.

Aun es un misterio el por qué la producción musical de Sinisterra no llamó la atención de la naciente industria discográfica de la época. Arriesgaré un comentario: Hernando Sinisterra es el primer gran músico que tuvo Cali, el primer actor del cine colombiano y además un precursor de las preferencias musicales de la ciudad de Cali: el himno al batallón Pichincha, la marcha al periódico liberal El relator por motivo de su edición número 3000, el foxtrot Sajonia, un encargo de la cerveza del mismo nombre, y el primer himno al Valle del Cauca, rechazado al parecer por su complejidad, dan testimonio ante la historia, de mi afirmación, pues para la Cali de aquel entonces no hay nadie que pueda atribuirse una obra de igual proporción y relevancia. Al igual que Sajonia, Hernando Sinisterra también compuso Irradiación para La Casa R.C.A. Víctor y Alisina para una crema capilar de moda, todos tres, foxtrots con fines publicitarios (jingles).  

Algunos dicen que antes de Antonio María Valencia la actividad cultural en Cali no existía y que para entonces “Cali era un Sahara cultural”. Hoy pienso que es una afirmación que hace parte de una campaña negativa que se promovió desde algunos sectores de Cali hacia la vida cultural y musical de la ciudad, que escasa, insuficiente o poco profesional, tenía su dinámica propia desde tiempo atrás, su modo de comprender al público que abarcaba, se desarrollaba a su propio ritmo y contexto. Personaje romántico, Hernando Sinisterra falleció el 2 de junio de 1958 después de una vida al lado de su sobrina Elisa Sinisterra Cruz, con quien ya había contraído matrimonio en 1920 a pesar de las dificultades que conlleva una relación de esta naturaleza, hoy algunos, más tarde que temprano, reconocen el valor de su obra.

Coda

El nacionalismo en Colombia tiene la particularidad de darse en un momento en el cual su identidad aún estaba por definirse. Mientras este fue un proceso que se dio de forma satisfactoria en países donde la identidad llevaba incluso siglos de consolidación, aquí apenas nos empezamos a llamar República de Colombia a partir de 1886, siendo la identidad un requisito esencial para el desarrollo de cualquier nacionalismo. La independencia política frente a Europa, no significó lo mismo en términos de identidad, pues largos años de dominación representan, aun hoy, gruesas cadenas difíciles de romper. El fracaso en la búsqueda de una música nacional, radica en que esta fue una iniciativa centralista que pretendía homogenizar las prácticas capitalinas a un territorio que no solamente es pluri, sino también multicultural, se trataba de un proyecto de nación que dejaba por fuera a la gran mayoría de quienes la conformaban.

Diferencia sustancial: lo que abre un abismo entre las prácticas y gustos musicales de Cali y Bogotá, casi desde sus orígenes, es que la primera siempre tuvo, ha tenido y tendrá una fijación por los formatos de conjunto como las orquestas, mientras Bogotá, referente del modelo sociocultural del país, tomó desde un principio a Europa como ejemplo a imitar y fomentó desde el siglo XIX las músicas de salón para intentar subir el nivel cultural de la capital.

Construcción de una identidad, revelación de revelaciones: “quien no conoce su historia está condenado a preguntarse por qué”. Antonio María Valencia parece no haberlo tomado en consideración, dio la espalda a las costumbres y fenómenos musicales de Cali y creó una ilusión que la realidad desmiente paso a paso. Hoy el conservatorio que lleva su nombre sigue formando solistas para una ciudad que no los considera parte de su cultura. Es un largo camino de desconocimiento para llegar a un punto en el cual la gente prefiere música sencilla, ligera y fácil, para la diversión y el entretenimiento; que cumpla estrictamente con su papel de rito social.

El libro Hernando Sinisterra: huella y memoria inicia con una frase del historiador Hendrik Willem Van Loon: “Es más importante “sentir” que dominar la historia”. La historia de Hernando Sinisterra, la de Máximo Calvo y “María”, entre muchos otros, es esa, la que se siente pero nunca llega a dominarse de ningún modo, pues posee vacíos que hoy son imposibles de llenar, ya que en el momento en que se generaron no se pensaba en preservar para la posteridad, y por muchas razones que son una verdadera pena, ya no contamos ni con testigos ni documentos que nos ayuden a llenar esos vacíos, que el tiempo, terco y con saña, insiste en hacerlos más grandes e insalvables.