Warning: include_once(/home/revistadivague/public_html/wp-content/plugins/contact-form-7/wp-contact-form-7.php): failed to open stream: Permission denied in /home/revistadivague/public_html/wp-settings.php on line 310

Warning: include_once(): Failed opening '/home/revistadivague/public_html/wp-content/plugins/contact-form-7/wp-contact-form-7.php' for inclusion (include_path='.:/usr/lib/php:/usr/local/lib/php') in /home/revistadivague/public_html/wp-settings.php on line 310

Warning: include_once(/home/revistadivague/public_html/wp-content/plugins/list-category-posts/list-category-posts.php): failed to open stream: Permission denied in /home/revistadivague/public_html/wp-settings.php on line 310

Warning: include_once(): Failed opening '/home/revistadivague/public_html/wp-content/plugins/list-category-posts/list-category-posts.php' for inclusion (include_path='.:/usr/lib/php:/usr/local/lib/php') in /home/revistadivague/public_html/wp-settings.php on line 310
Divague: Revista de ensayo literario | Hagan de mí

Hagan de mí

Hagan de mí

Por Rubén Raúl Roa Encarnación

I

He presenciado algo de lo que es el trabajo en equipo (parecido a la disciplina militar). Es admirable lo bien que cada uno lo lleva a cabo: la enfermera, amable, me recibió y me dijo su nombre: «Hola, soy Bety, su enfermera, cualquier cosa que necesite me la puede pedir», y me acompañó a la cama que me destinaron en un pabellón de precirugía. Estábamos programados siete pacientes para diferentes clases de intervenciones: desde cirugías sencillas, como la mía, y de ahí para abajo, hasta todo lo que termina en «pía», endoscopía, colonoscopía, etcétera.

II

Después, me puse una bata de esas que van abiertas sólo por la parte trasera y que tiene uno que ser pulpo para amarrársela. En fin, que no basta con la humillación que se padece al quedar descubierto; la incomodidad para asir con una mano la botella del suero, levantar la bata por una orilla y sostener el miembro para orinar se añade a la aceptación tácita del «hagan de mí lo que quieran». Se palpó en el ambiente una conmoción: llegaron los ejecutores: el jefe del departamento de anestesia —que me había entrevistado antes, supongo que también a los demás pacientes—, el anestesiólogo y varios estudiantes de enfermería que venían sólo para mirar. La jefa de enfermeras permanecía atenta, era bajita, morena, de pelo recogido y con una seriedad que quitaba cualquier intención de verla como no fuera en su oficio; su eficacia quedó demostrada una vez que el doctor y otras enfermeras fracasaron en su intento de canalizarme; a la primera y mostrando por qué era La jefa, lo consiguió;hecho esto ya no me pareció ni tan bajita ni tan seria.
Transcurrió en seguida una especie de tiempo muerto durante el que todos los pacientes tuvimos que esperar sin hacer nada, viendo el movimiento del equipo de médicos, enfermeras, afanadoras…

III

A las diez de la mañana entraron los primeros pacientes. De los ocho que estábamos, seis fueron a los quirófanos. Quedamos dos. Una muchacha a mi lado izquierdo. Yo estaba de frente a un ventanal que daba al poniente; iba mirando el caminar del sol. Al parecer, decidieron resolver primero todas las pías y dejar para el final las dos cirugías: la mía y la de mi compañera de al lado. Al mediodía vinieron por nosotros; ella primero, luego yo.

IV

Un quirófano pequeño —no como esos que se ven en la serie del Dr. House— en el que ajustados cabíamos: una enfermera, el residente que hace la especialidad, el cirujano encargado, otro médico que yo deduzco es el que está por si se aparece una contingencia, el anestesiólogo y párale de contar. La conversación entre los médicos era animada pero con un aire de molestia e inconformidad: «¿Qué vamos a hacer?» Acotó el cirujano. «Tenemos que demostrar que no pueden hacer lo que quieran con nosotros. Viene la reforma de salud y nos quieren cargar con más pacientes, como si no estuviéramos ya saturados. Esta cirugía, por ejemplo, se retrasó tres meses para encontrar un día libre. ¡Están manejando el caso del niño muerto en el Centro Médico para exhibirnos!», «¡Quieren mantenernos callados!», dijo el anestesiólogo. «Tenemos que comentar con los pacientes lo que tratan de hacer con la reforma: los afiliados del Seguro Popular van a quitarles el lugar a los sindicalizados; no es justo que hayan cotizado tanto tiempo y ahora tengan que compartir el servicio…»

V

La cirugía dio inicio: primero la anestesia local para quitar la sensibilidad de la cintura hacia abajo. Me preguntó el anestesiólogo, al tiempo que con un objeto puntiagudo me rascaba abajo del ombligo: «¿Siente algo?» Le contesté que una leve impresión de araño, pero sólo eso. Repitió la tarea sobre mi pierna derecha y no sentí nada. «Ya podemos empezar», le dijo al cirujano.. Me cubrieron de telas de tal manera que desde mi posición no podía mirar lo que hacían; empezó el jaloneo y mi mente imaginaba todo lo que estaba sucediendo. Por un momento dejé de poner atención a su conversación y me concentré en lo que me estaba pasando. El miedo me invadió: ¡¿qué tal que al anestesiólogo se le pasa la mano y me deja sin poder caminar?! Lo miré de reojo, estaba ubicado en la cabecera; desde ahí controlaba la presión del corazón, mi respiración, el nivel de oxígeno en mi cuerpo; pero… era joven, calculo que tenía entre treinta y cuarenta años. Y, ¡no se sabe!, a los jóvenes les falta experiencia y en ocasiones se presentan a trabajar después de una noche de juerga… Aunque no parecía estar pasando nada extraño, los doctores continuaban con su charla, todo era de rutina.

VI

Al día siguiente, 21 de junio, se llevó a cabo una marcha por las calles de las ciudades en las que hay unidades hospitalarias. El gremio a cargo de la salud de la mayoría de los mexicanos se manifestó para defender sus derechos. El motivo: apoyar a un equipo de compañeros del Centro Médico de Occidente acusados de negligencia en el caso de un niño que fue recibido en un grave estado de salud. Con puntualidad militar, enfermeras, residentes, doctores, especialistas, salieron a la calle para advertir al gobierno y a la sociedad que son un grupo organizado y solidario. Días antes de la marcha se convocó a no dejar de asistir. Algunos de los jefes de las diferentes especialidades en los hospitales, los más activos, recibieron llamadas de la Secretaría de Gobernación en las que se les recordaba que su retiro o jubilación estaba cerca y que sería mejor que pensaran lo que hacían. Al gobierno le incomoda que este grupo pueda ser, como ha sucedido antes, cabeza de inconformidad ahora que todo marcha sobre ruedas con las reformas.

VII

El cirujano le pidió al residente que hiciera las suturas de lo que tuvo necesidad de abrir; su trabajo había terminado, quedaba cerrar y limpiar. La enfermera se lanzó sobre mi abdomen y con algo parecido a un estropajo friccionó desde mi cintura hasta la ingle. No sentí nada, sólo me percaté del jaloneo hecho sobre mi cuerpo. Todo seguía el curso planeado, apenas noté lo sucedido. Eran las 13 horas.

VIII

De regreso en la cama, tenía que esperar. El sol ya no se distinguía a través de la ventana, quedaba la claridad. En ese momento creí que todo pasaría tan rápido como había sido hasta entonces, pero mis piernas no respondían. ¡Nada! Mi cerebro emitía la orden de movimiento, y como quien ve llover y no se moja. A las tres y media de la tarde, una anestesióloga con la que me recomendaron, me vio y dijo que eso era normal: «Dentro de lo que a veces sucede. Hay que esperar. No se puede hacer nada hasta que la anestesia se elimine; no todos los pacientes reaccionan igual». Mi compañera, impaciente como yo, ya hacía intentos por incorporarse; su cintura y sus piernas respondieron más pronto que las mías. Pero… ¡maldición!, se va la anestesia y comienza el dolor. Ninguna posición le acomodaba: se sentaba con la almohada detrás de su espalda, y nada, el dolor se iba sólo por momentos; pedía que la ayudaran a caminar e igual el dolor la vencía; no encontraba posición que la consolara.

IX

Mi rodilla izquierda logró un imperceptible movimiento hacia arriba; la derecha seguía como muerta. Había pasado apenas una hora. La sala se había quedado casi vacía. Estábamos mi compañera, ya desesperada —pidiendo que la dieran de alta para irse a su casa a rumiar su dolor y maldecir el procedimiento—, dos pacientes nuevos —los únicos citados por la tarde; probablemente se quedarían toda la noche— y yo. El personal disminuyó. Bety se marchó después de hacer un intento infructuoso por levantarme: «No tiene caso. Mientras las piernas no quieran, se puede hasta caer. Mi compañera que se queda lo cuidará igual». ¡Falso! La enfermera encargada no fue tan amable; ella y su ayudante (para cuatro pacientes) respondían, si lo hacían, cuando lo creían necesario.
Ya podía doblar la rodilla izquierda, y la derecha trataba de incorporarse. Al mismo tiempo, un dolor agudo en el vientre comenzó. No supe, a partir de ese momento, a qué dedicar más atención: a hacer el esfuerzo por levantarme o a calmar la sensación de acuchillamiento que al enderezarme me doblaba y me regresaba a la posición que tenía.
A las seis de la tarde tomé la decisión de levantarme y demostrar a mi custodia que me podía sostener y que el dolor me hacía lo que el viento a Juárez. Me ayudaron a despojarme de la incómoda y aireada bata, y como el doctor había dejado firmada mi alta para que me fuera en cuanto pudiera caminar… Como pude me subí el pantalón, y sin atreverme a abrocharlo, empecé a andar (arrastrar los pies hacia el elevador). Doblado como arco de Cupido, abandoné el hospital.