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Divague: Revista de ensayo literario | Filete

Filete

Woman with death head. The Hours of Dionara of Urbino, c. 1480, Yates Thompson 7, f. 174r, The British Library. http://britishlibrary.typepad.co.uk/.a/6a00d8341c464853ef017d3d24f47a970c-popup

Woman with death head. The Hours of Dionara of Urbino, c. 1480, Yates Thompson 7, f. 174r, The British Library.
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Por Citlalli Espinoza

She looks up at the blue, and whispers to all of the above: “Don’t let me drown. Don’t breathe alone. No kicks, no pangs, no broken bones. Never let me sink. Always feel at home. No sticks, no shanks and no stones. Never leave it too late, always enjoy the taste of the great grey world of hearts”. As all dogs everywhere bark, “it’s worth knowing: like all good fruit, the balance of life is in the ripe and ruin”.

Δ

I.

Dios es un árbol. Dios es un gallo que canta todas las mañanas. Dios es la sucesión día-noche. Dios es un jitomate podrido. Dios es un río desbordado. Dios es un huracán. Dios es fuego que ampolla y fuego que conforta. Dios es lluvia que riega y lluvia que ahoga. Dios es el parpadeo. Dios es una verruguita persistente. Dios es un grito de terror. Dios es un orgasmo. Dios es el hombre nombrando por primera vez todas las cosas. Dios es un niño llorando de hambre. Dios es un árbol quebrando el asfalto con las raíces, totalmente en silencio.

II.

Tengo cierto tiempo pretendiendo que soy inmune a la incertidumbre y al dolor de la muerte. Me divierte alardear de mi falta de fe y de cómo pisoteo todas las estructuras que mi arrogancia alcanza. Sueño que me sustento a mí misma y construyo un reino flotante sin ningún poder superior más que yo misma. En medio de mis extensísimos campos, el Sol se refleja en mi corona de papel aluminio, y la hace brillar más de lo que brilla él mismo. Incluso me he atrevido a preguntarme si no será al revés.

III.

Me gustaría cuestionar a la muerte: «¿qué es lo real?». Nada zanja una discusión (cualquier discusión, lo he visto) como esa pregunta. Te da unos segundos de ventaja para salir corriendo mientras tu interlocutor busca qué responderte. De lejos, tal vez, escuches cómo te la mienta. Pero la muerte, solemnísima, no necesita respondernos nada. Ella es lo real. Nos tiene agarrados por el brazo, nos encaja las uñas en la piel. Nos ha rondado todo el tiempo. Nos ha dado un sentido, algo para reafirmar nuestra humanidad. Le rehuimos, a ella y al dolor. Es todo lo que tenemos, miedo y la esperanza constante de poder sacarle la vuelta.

IV.

Cuántas cosas no nos hemos inventado para aliviar el escozor de nuestra potencial podredumbre. Cuántos juegos, cuántas canciones, cuánta poesía, cuántos mitos, cuántas religiones que nos permiten morir un poquito para sentir que estamos preparándonos. Fingimos entender nuestra mortalidad, aceptarla, abrazarla como la más natural de las metamorfosis. Confiamos en esa tácita promesa del descanso absoluto, para nosotros o para nuestros amigos. Es increíble la cantidad de cosas que podemos decir sobre la oscuridad más inminente, el montón de disfraces con los que queremos suavizar, aunque sea un poquito, la impertinencia desgarradora de nuestro ser finito, pero ante la experiencia concreta corremos gritando de horror: «¿Por qué ahora? ¿Por qué yo?»

V.

Ante la inminencia de la muerte, todo y nada nos queda; ¿qué argumentos podemos esgrimir ante ella? Mi prima estaba muriéndose, y mi madre, consoladora siempre, dijo que aún no era su tiempo. Que tuviéramos calma, que era joven y fuerte. Madre, nada de eso puede detener al misterio más críptico de todos. Nos arrolla, más cuando uno no es el que muere. La mera posibilidad nos desarma, porque de repente nos damos cuenta (y a nadie le gusta eso) de que somos un instante mal vivido, siempre mal vivido, siempre a medias, siempre lleno de expectativas inalcanzables, terriblemente vulnerables, mortales, hechos de carne a punto de podrirse. Nuestra piel es repugnante y se agrieta más con cada segundo que pasa. Y nunca fuimos conscientes de cuánto amábamos cada lunar en ella.

VI.

Un esposo descansa la cabeza sobre la tumba de su esposa. Lo veo de lejos; el hombre se hace chiquito, se quiebra, se derrite bajo el sol del dos de noviembre. Y yo no me explico cómo pude pretender tomar la muerte a la ligera. Me imaginé que podría permanecer tranquila si un día alguien se iba o si mi propio final se anunciaba. Tomarlo como una etapa más, como aprender a caminar o la pubertad. Pero ante el dolor de este hombre (tal vez estaba borracho, tal vez su esposa tenía diez años de muerta; qué importa) me sentí indigna y estúpida. ¿Cómo pensar que la muerte es levedad cuando nos desgarra de esta manera? Nos lanzan al mundo después de arrancarnos del Todo, y vamos haciendo lo que podemos para volver a unirnos, pero es inútil. En el instante final no hay nadie más. Después del amor, después del dolor, sin darnos cuenta siquiera, damos el último respiro, parados ante abismos desmesurados, desnudos y tan ignorantes como al principio. Y tal vez la única levedad fuimos nosotros.

VII.

Dios duerme. Le importan un carajo tus guerras. Le importa mucho menos tu gracia. Podrás construirte, destruirte y reconstruirte todas las veces que te plazca. Podrás matar a quien te estorbe, podrás amar a quien te guste. Podrás ponerte una corona y mandar que nos corten las cabezas a todos. Podrás adoptar perritos de la calle y comprarle mazapanes al pobrecito-niño-mugroso-del-crucero-no-traes-cambio-para-darle, podrás ser quien quieras y como quieras, ¿crees que eso hace alguna diferencia? ¿Crees que te puedes ganar un lugar en algún hipotético cielo? ¿Crees que ser bueno te salvará y te librará de todo dolor? ¿Crees que existe siquiera una salvación? Cada vez más, esto es tierra de nadie. Y Dios duerme, muy lejos de aquí.

VIII.

Si tuviera que definir la vida, diría que es una espera y una búsqueda interminable. Somos conscientes de nuestro final, y a pesar de saber que es despiadadamente el mismo para todos, gastamos nuestras horas buscando con qué justificar todo mientras existimos. ¿Qué somos aparte de un filete con fecha de caducidad? Para mi suerte (buena o mala, no sé decir), soy un filete que piensa y siente. No me cuento entre esas bendecidísimas excepciones que tienen la certeza de que vamos hacia algún lugar, que después de todo esto hay algo que por sí mismo vale la pena. Aunque encuentre a veces algún aparente sentido, en el fondo siempre sospecho que no somos sino una gran broma, que esto no es real, no puede ser real. No puede, porque si fuera sólo un juego, ¿no se supone que tendría que estarme divirtiendo? La desilusión es insoportable; sé que vivo en el peor de los mundos posibles, donde la risa ya no es señal de ingenio y entendimiento, es más bien un mecanismo de defensa masivo, la última respuesta de una cabeza aletargada hasta la imbecilidad. Yo me resisto con todas mis fuerzas a caer en el sueño de los estúpidos y los vacíos. El camino de la gracia y la fe también me está vedado, y no sé si es porque me hace falta poner en off ciertas funciones de mi cabeza, porque me falta entendimiento, porque me sobra arrogancia o porque fui parida por el demonio.

No, para mí no hay salvación ni conclusiones reconfortantes. Hay explicaciones que pretenden mucho y cumplen poco, hay ideas que se resisten a la cordura, hay eternas interrogantes. Y como no soy tan libre como para procurarme en cualquier momento mi propia muerte, como sé que soy una mentira, voy a rendirme ante las pequeñas glorias que ilógicamente existen en este circo. Si salvarme es imposible, voy a distraer a la desesperanza, y al asco infinito que la sucede, voy a escribir esta historia para probar que soy sublime. Voy a dormir mi consciencia de filete con las historias y la música, o cualquier cosa que me haga sentir eterna y creadora. Y en secreto, en el lugar más oscuro de mi inacabado y condenado ser, dejaré mi voz más pequeña mirando el cielo y susurrando oraciones, por si resulta que más allá de mi putrefacción y mi ruina, puedo seguir existiendo.