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Divague: Revista de ensayo literario | Ensayar tecleando

Ensayar tecleando

Ensayar tecleando 2

Fuente: Archivo de Deisa Felix en Facebook

 

Por Frank José Arellano

Mi acercamiento a los teclados convencionales comenzó tarde. Ahora recuerdo cuánto me costaba presionar las teclas de manera correcta en las clases de mecanografía de noveno grado. Ya con catorce años, nunca antes había tenido la necesidad de redactar nada usando otros medios que no fueran los que me proporcionaban mis dedos y un bolígrafo que se arrastrara casi torpemente por el papel. Todavía en los años noventa, el programa de mecanografía del liceo al que asistí formaba parte de los complementos de la educación básica. Los primeros días que toqué la máquina de escribir mi confusión fue bárbara: a, s, d, f… clack, clack, clack; ñ, l, k, j, clack, clack, clack. Hasta temía reprobar el curso. Tal vez mi única ventaja en la clase era que le sonreía, con cada error, a la maestra Is., lo que terminó logrando que ella fuera mucho más paciente tanto con mi demora para culminar las hojas de los ejercicios como tolerante con el producto final que observaba.

El programa de mecanografía sólo se impartía por un año. Las huelgas escolares, mis ausencias a clase (era un adolescente y me rebelaba como tal) y la facilidad para responder exámenes «grupales» me impidieron aprender la técnica del tipeo. No haría falta decir que después de los años de la «diversificada»[ref]Los dos últimos años del bachillerato en Venezuela.[/ref], al salir de la secundaria en 1999, yo no podía ser mejor frente a un teclado que un mono medianamente amaestrado.

En esos días, las computadoras con programas visuales atrayentes eran completamente ajenas para mí. No vi ninguna pantalla a color hasta los 16 años, ya a punto de culminar el bachillerato. Tal cosa no pasó en el liceo ni tampoco en una oficina, ocurrió en el apartamento del bloque 18 de Colón que le pertenecía a la mamá de He., uno de mis compañeros de la escuela. Aquel día, una cuadrilla de adolescentes quedamos en reunirnos en dicho lugar para hacer una espaguetada. Iban, claro está, quienes tenían permiso de sus padres y podían disponer de su tiempo libre para simplemente pasar el rato.

Hicimos la vaca[ref]En varios países suramericanos “hacer la vaca” es recolectar  dinero en grupo con fines festivos.[/ref] y planificamos el almuerzo. Algunos susurraban diciendo tener interés en meterle mano a la computadora, otros contaban los billeticos para comprar una botella de licor de anís y un cartón de jugo de naranja. Yo no comprendía el afán sobre la computadora. ¿Qué harían?, ¿ellos sabían programar?, ¿es qué acaso las computadoras no eran aburridas con sus pantallas negras y sus letras verdes?. De cualquier manera, yo me anotaba por el espagueti, la vida social y la posibilidad de que el azar me regalara algún beso durante el juego de la botellita en aquella tarde.

Estando ya en el apartamento, algunos nos dirigimos a la cocina, otros se apresuraron a uno de los cuartos. El apartamento, en aquel entonces, se hallaba deshabitado. El grupo constante de los que participábamos de estas espaguetadas cuasi espontáneas fluctuaba entre los ocho y los doce jóvenes. De ellos, sólo tres tenían un genuino afecto por la tecnología. Esos tres nos avisaron que estaban encendiendo la computadora. Mientras tanto yo pensaba: «Ajá, ¿y qué?». Luego, nos exhortaron a ir al cuarto por un momento. Fue allí que vi por primera vez una imagen a color en el fondo de pantalla y lo que se podía leer: «Windows 98».

He., que era diestro en el arte, nos mostraba las carpetas, los archivos, las imágenes, cómo se guardaba la información. Sin exagerar, por momentos me sentí obnubilado por lo que él movía, guardaba, desplegaba, ocultaba. Allí se me atravesó un destello por el cráneo que me llegó como una epifanía: ¡Pufff! las computadoras evolucionaban. Lo que me lo aseguraba, sin lugar a dudas, era la cantidad de colores y el montón de iconos en la pantalla.

Unos minutos después de la demostración He. dejó que Ro. jurungara[ref]Jurungar en algunos países caribeños significa tocar con las manos o revolver las cosas en el interior de algo para saber cómo funcionan. El DRAE lo recoge como equivalente de hurgar.[/ref] el aparato. Finalmente me cedió el turno. No pude hacer mayor cosa. Lo más vívido que me viene a la mente ahora fue el momento en el que rodé levemente el ratón y presioné, como primerizo, Enter. Entré… quedé maravillado. No obstante, esto fue casual. No me dejaron permanecer mucho tiempo frente al monitor porque era lento con el teclado, no hacía las cosas bien y, por supuesto, tenía que pedir ayuda. Me percaté de mis carencias. Ahí había un mundo desconocido. Poco después me comencé a preocupar, puesto que en esa época los adultos empezaron a decir por doquier: «En pocos años, quien no sepa de computación e inglés se quedará sin trabajo».

Al año siguiente, me propuse estudiar ingeniería de sistemas, aunque no sabía un rábano de qué iba la cuestión. Ni siquiera había sido bueno en las matemáticas en la secundaria. Al graduarme, me mudé a San Cristóbal, Táchira. La mayor parte de mis amigos también se fueron a estudiar alguna carrera de ingeniería en la misma ciudad. Yo viví un primer y único semestre de terror académico allí. Lo mío era leer cuentos y novelas; mientras las exigencias de las clases en la universidad tomaban otros derroteros.

Fui muy afortunado de conocer compañeros pacientes que sí sabían lo que hacían. Ellos no comprendían por qué yo había ido a parar en el laboratorio de sistemas. Una vez uno, Ga., gritó al cielo, se rió, se puso la mano en la boca en señal de sorpresa y luego me ayudó a transcribir el que fue mi primer trabajo, aunque en conjunto, en Word Office. Ya corría el año 2000 en la facultad de ingeniería en San Cristóbal. La mayor parte del texto fue copiada por él, pero me explicó varias cosas y pude transcribir, poco a poco, a paso de tortuga esclerotizada, dos páginas de texto. La certeza de que no me hallaba en el lugar adecuado la había obtenido casi desde que pisé aquellas aulas. Fui terco por unos meses solamente a razón de lo que los mayores vociferaban. El tan engreído «mercado laboral del futuro» ya se burlaba de muchos de nosotros sin que lo conociéramos bien; sin saber de qué se trataba realmente.

Los antiguos compañeros de clases de Colón me llevaron en varias ocasiones al cibercafé. Me enseñaron cómo abrir una cuenta de correo electrónico y cómo ingresar a las salas de chat. Ellos conversaban sobre las personas que habían conocido de México, Argentina, Chile, etc. También de cómo habían mentido y se habían descrito como hombres guapos y de ojos azules. A mí por lo general me abandonaban los interlocutores en las salas de chat. Me tomaba demasiado tiempo completar las oraciones y quizás se aburrían de esperar. De cualquier forma, me empeciné en seguir yendo al cibercafé, al menos una vez por semana, para practicar la escritura, el tipeo. Yo también quería impresionar a alguien diciéndole que medía 1.85 m, que estaba en forma y que tenía los ojos del color de las lagunas de los parques naturales. Quería, en parte, participar de lo que hacían los demás. Además, secretamente adoraba el sonido que generaban las teclas al ser presionadas una y otra vez. Este deleite, este fetiche si se quiere, no se lo comenté jamás a mis panas[ref]Panas: amigos, cuates, compinches o camaradas.[/ref]. No deseaba ni imaginarme el pitorreo que me habrían montado por semanas.

Después de terminar el semestre, una convicción ya se había apoderado de mi voluntad. Dejaría la carrera en San Cristóbal para inscribirme en la Facultad de Humanidades y Educación de Mérida, Mérida. Me mudé, comencé a estudiar algo con lo que de inmediato me sentí más cómodo: Historia. Aquí también debía entregar trabajos transcritos en computadora, cosa que hacía al principio en largas horas sentado en algún cibercafé. Afortunadamente, el precio del tiempo en estos se había abaratado para entonces. La otra opción que existía era la de encomendarles los manuscritos a las secretarias que pasaban los trabajos a la orden, cobrando por el número de palabras o de páginas, dependiendo del trato. Las secretarias de este tipo estuvieron muy de moda en el primer lustro del siglo xxi por aquí. Difícilmente se ven ahora los cartelitos de «Se pasan trabajos en tiempo record» que en algunos locales comerciales llegaron a abundar. Para mí, nada más de cálculo, de algoritmos ni de programación. Lectura y escritura eran los nuevos quehaceres. Llegué a pensar: «En este estanque sí se acomoda el renacuajo».

No tuve la oportunidad de adquirir una computadora personal hasta el año 2007. Justo en ese momento empezaría a escribir la tesis de grado de la licenciatura. Cuando acometí la tarea de escribir, intenté en múltiples ocasiones redactar directamente en ese nuevo ordenador (el mismo que mantengo hasta el sol de hoy). No lo lograba, algo me faltaba, ¿sería falta de inspiración?, ¿desconfianza?. Por mucho que me gustara el sonido de las teclas, no me salía producir escritura allí. Hubo incluso una situación en la que por causa de una falla en el servicio eléctrico se descompuso la máquina y perdí varios de los archivos depositados en ella. Por suerte, las carpetas de la tesis tenían respaldo en el pendrive de mi vecino.

Los nervios de aquel día hicieron que me inclinase por volver a los cuadernos. Utilicé dos carpetas grandes anilladas. Tomaba las notas en ellas. Cuando podía, redactaba. Hasta los pies de página los localizaba allí, a mano. Todo lucía muy desordenado. Al cabo de dos años, sin embargo, por fin se terminó de formar aquella tesis de grado, primero manuscrita y luego transcrita. La transcripción me llevó tiempo, no fue agradable, sobre todo por lo que tuve que ordenar. A partir de allí continué aplicando el mismo esquema de trabajo y me negué a escribir cosas directamente en la computadora. Escribía a mano, luego me ponía a transcribir, refinar, editar y releer lo escrito una vez puesto en el procesador de textos digital. ¿Gastaba más tiempo? sí, claro, la tardanza se acentuaba así. Eso duró hasta hace pocas semanas.

Debido a ese modus operandi, mantuve la costumbre de comprar cuadernos y de tenerlos por allí, al alcance de la mano. Tal método quizás nunca hubiera cambiado a no ser por la crisis económica y la inflación que ha traído como resultado en Venezuela. He debido reconciliarme con la computadora y su teclado pues, aunque parezca exagerado, los cuadernos ya casi pasan a ser un lujo. La última vez que fui a cazar algunos en la papelería ya costaban, según la marca y el tamaño, entre una séptima y una sexta parte del equivalente al salario mínimo mensual de aquí. Ni que decir que en tales circunstancias se hace insostenible preservar el hábito de la escritura en cuadernos y libretas.

La buena y fiel computadora de 2007 todavía reposa en el cuarto. Ha venido a mi rescate. Ahora la enciendo casi a diario. Cuando necesito escribir algo trato de concentrarme y me digo: «A tocar piano». Hace poco le conté estas cosas a mi madre. Le intrigó un poco lo que le dije sobre el curso de mecanografía. ¡Sorpresa! Resulta que ella supo de una vieja máquina de escribir que nadie utilizaba y, aunque le pareció raro todo aquello que le comenté acerca del sonido de las teclas y de mi falta de adecuación a los métodos de escritura contemporáneos, ella, con una risa entrecortada como para no mofarse descaradamente, me la ofreció. Sí, mi madre se quería reír, y es que mientras yo pienso en redactar trabajos a máquina, ella posee un smartphone con tecnología táctil. Me señaló que mi nuevo antojo de escribir a máquina le olía a añejo, que eso no implicaba ninguna especie de actualización. Que era, si acaso, y si lo quería llamar así, romántico.

Puede tener razón, aunque yo no me considero ni romántico ni hipster. La tecnología táctil aún me es ajena. Todavía le debo algo a la presión de las teclas. El mundo se mueve, sí. Se popularizan las pantallas sensibles. No obstante, para mí es hora de abrirle algo de campo a los viejos teclados. Los cuadernos volverán a casa cuando su precio no sea absurdo. Por ahora, ya voy terminando de transcribir en Google Docs el primer texto que redacté escuchando el clack, clack, y el timbrecillo de la vetusta máquina: este recuento que he ensayado aquí: tecleando.