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Divague: Revista de ensayo literario | En peligro de extinción

En peligro de extinción

En peligro de extinción

Por P. M. Esparza

Coincidir en la fila para las tortillas siempre fue una casualidad provechosa. No era tiempo perdido. Durante esos minutos de espera, con el calor que sabe recrudecer a la hora de la comida, se reconciliaron Pedro y Lola; a Lupita le gritoneó su mamá; Jorge y Lázaro jugaron rayuela. Eso era antes: las filas para las tortillas están en peligro de extinción.

Las mentes ahora están tan distraídas que se les agotan los ánimos hasta  para comenzar una plática. En las rutinas actuales no hay calma suficiente para esperar. Los comensales no necesitan hablar para pedir un servicio rápido, pues su gesto y actitud presurosa advierten que si no hay respuesta inmediata, se irán a la tienda o al supermercado (que al cabo venden tortillas en cada esquina).

La fila para las tortillas es aún más antigua de lo que son las tortillerías que conocemos actualmente. Alguna vez hubo paciencia suficiente para aguantar hasta veinte turnos, incluidos los de algunos avorazados que llegaban con cubetas para echar ahí sus pedidos tan pretenciosos como entretenidos. El puño de tortillas recién hechas (a mano), que poco a poco se desinflaban y se acomodaban en la servilleta, era compensación suficiente para esperar. Tampoco faltaba quién abría la puerta de su casa y se ponía a tortear en el zaguán. O que en algún local hubiera piso suficiente para agacharse frente al metate y preparar la masa con la piedra mientras, por un lado, el comal ardía enfurecido sobre la  leña.

Las máquinas llegaron durante los años setenta, luego los mostradores y las básculas digitales que industrializaron el negocio hasta lo que es ahora.  Los ritmos de vida actuales son los culpables. Buscamos comida en el momento y lugar en que nos llega el hambre; se nos acabó la calma de ir con la servilleta, hacer fila, volver a casa y desenvolver las tortillas al centro del comedor. La agonía de las servilletas y la fila en las tortillerías se ven reflejados en el peligro que corre este alimento ancestral. A ver quién comete el atrevimiento de darle a un niño de ocho años una tela bordada con punto de cruz, y consigue que éste entienda sin instrucción que debe ir a comprar tortillas.

Se venden kilos en todos lados porque nunca van a sobrar en los platillos mexicanos, y en una competencia voraz la tiendita «Don Choche», el minisúper «El Buen Pastor», el Oxxo y el Walmart se pelean por el comprador de tortillas. Las tortillerías no se van a poner al tú por tú contra el Walmart, pero sí están dispuestas a asumir las exigencias de su cliente, así que en algunos negocios ya no hay filas porque hay tortillas a domicilio. «¡Las tortiiiiillas!», voceaba Pancho Rodríguez, a la hora del desayuno y durante la comida, montado en una bicicleta por las calles de Mezquitán. A Pancho le daba vergüenza, pero la necesidad se la quitó. Ya que se hizo de clientes, va directamente a sus casas y se ahorra la fatiga de gritar.

No hay mejor forma de chiquear al cliente que con la calidad del producto: una tortilla calientita, suavecita; que no haga pedazos un taco al morderlo. El nixtamal hace la diferencia. Ni la tiendita «Don Choche», ni el minisúper «El Buen Pastor», ni el Oxxo y menos el Walmart ponen su maíz a remojar en una tina de metal con agua caliente; no esperan pacientemente a que los granos reventados avisen que es hora de pasarlos al molino, donde las manos ayudan a que la masa tenga la suavidad que se espera motive a dos o tres personas a juntarse frente al mostrador.

Coincidir en la fila para las tortillas siempre fue una casualidad provechosa. Si no era ocasión para reconciliaciones, peleas o amistades nuevas, al menos para un taquito de tortilla calientita con salsa de chile reventado en la piedra del molcajete.