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Divague: Revista de ensayo literario | En busca del macarrón perfecto.

En busca del macarrón perfecto.

macarronPor: A. Liñán

 

Un postre tan desafiante en su preparación, delicado de servir y quisquilloso hasta en su almacenamiento tenía que ser francés. Y aunque el macarrón nació siendo italiano, Francia lo acogió cuando Luis XVI lo utilizaba para sus fiestas donde el pastelillo se estigmatizó burgués. Posteriormente gracias a la magia de los dioses y al chef Desfontaines, éste se convirtió en la incitación a la liviandad que es ahora, sobre todo cuando se le ve en los aparadores parisinos de la tienda Ladurée. Su flirteo, gracias a sus vivos colores, está diseñado para seducir desde la realeza hasta a los ingenuos paladares de los transeúntes citadinos, donde un día quizá más por desgracia que por suerte, me encontraba yo.

Confieso que no me acuerdo cuándo fue la primera vez que probé los macarrones, porque el problema con ellos ahora que son tan comerciales, es que se necesita una alineación estelar específica para que justo el que se vaya a comer evoque la perfección con la que fue concebida. Lo que sí recuerdo es cuando por mera e irónica casualidad probé el macarrón perfecto. La experiencia fue tan fulminante que la he buscado repetir incansable desde entonces.

Aunque no pretendo hablar de consejos de cocina aquí, un chef francés (que por cierto preparaba malos macarrones) me platicaba que hay muchos mitos en la preparación, lo que resulta en varias recetas. Las implicaciones de esta variedad de opciones puedo constatarlas, pues en mi búsqueda encontré pastelitos chiclosos, húmedos, extra-secos, poco crujientes, faltos de textura, en fin, modos para arruinarlos, me he dado cuenta, hay muchos. Sin embargo más allá de que quizás no fueran tan desagradables al paladar, lo triste del asunto es la emergente desilusión de no encontrar el instante de felicidad prometido por aquélla ocasión de probar el macarrón perfecto.

Aunque escasas, sí hay raras oportunidades de la vida cuando tengo la gracia de toparme con la masa de almendras que respetó su proporción exacta, cuando la clara de huevo espumó con tal delicadeza que se fundió con el aire en su preparación, y especialmente cuando al macarrón se le dio su tiempo exacto de reposo, entonces sí, he podido saborear en un instante, el paraíso hecho postre.

De entrada recomiendo al comensal revisar la corteza exterior del macarrón, encontrar la combinación exacta de dureza y humedad, no debe ser tan fresca porque arruinará el perfume de sabor que lleva dentro y el endurecimiento del pastelito debe ser sólo al punto de romper sin hacer ruido. Igualmente hay que distinguir un brillo minúsculo de la corteza al seleccionarlo del resto de opciones, detalle del chef que augura un crujido en silencio, anunciando que se romperá con gran facilidad, casi al roce con los labios. Al incrustar los dientes de poco en poco en la profundidad del pastelito, la consistencia deberá hacerse delicadamente más espesa, pero al interior siempre debe mantenerse ligera, como si fuera un bocado de aire, pues al llegar al centro se liberará una fastuosa sutileza de sabor, en mi caso preferido, el perfume de un macarrón de pétalos de rosa, la flor hecha dulce que se desenvuelve para volar al infinito. El idioma francés refleja con gracia el significado del sabor o parfum de los macarrones, como le llaman, pues su sensación es así de efímera, un bocado es el paraíso y al siguiente ha desaparecido para no sé cuándo regresar.

Sé que no vale la pena vivir en pos del macarrón ideal, me he perdido muchas veces en ese viaje desde que lo experimenté. Sin embargo ahora desconozco de qué otra forma vivir. He llegado a habituarme a la desilusión, odio las experiencias deficientes de los macarrones falsos, sobre todo con mis expectativas tan altas de querer encontrar el nirvana en cada uno de esos bocados. Y es que así de delicado es el asunto de comer macarrones, uno busca fundirse a ese micro relámpago de felicidad, pero en cuanto me aferro al instante, él desaparece y me quedo una vez más sólo con el sufrimiento.