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Divague: Revista de ensayo literario | Émesis colorida

Émesis colorida

Émesis

Émesis

Por: Tania Caillas

Emesis_colorida

Los perros vomitan. Tener tres de ellos y dejarlos explorar en el parque, significa, de vez en cuando, (y hasta varias veces en un cuándo) que habrá que limpiar vómito del -ojalá nunca se ensuciara- hogar.

 

«Los chuchos se purgan con pasto» dice el conocimiento popular; por lo tanto, cuando el vómito no es verde, es bueno investigar en internet posibles causas antes de pagar hasta 300 pesos a un veterinario que te diga que la mascota comió algo que le hizo daño.

 

Una de esas ahorradoras páginas web dice que los perros vomitan más fácil que los humanos, porque así es como se protege su cuerpo de la poca capacidad de razonar. Una persona decide si se come algo de mal aspecto. Sopesa los beneficios de probar aun cuando puede hacer daño, (pero es delicioso) y puede controlarse si está delicada del estómago. Un perro no.

 

Solovino se encuentra un bocadillo, lo huele y se lo come. Si es dañino, su cuerpo podrá vomitarlo. Los perros comen a ensayo y error. A puños y después contamos.

 

A veces la capacidad de razonar me encierra en una caja de cristal (de madera, o de lo que sea), que me protege de los errores. Adentro se puede reaccionar como se debe, decir las palabras correctas y dejar la risa nerviosa. No hay vergüenza en no hacer nada. Mejor tener un perfil bajo que uno popular y burlado.

 

«¡Qué esperanzas subirse a un juego mecánico! Si quería quedar bien con la muchacha y nunca había visto nada de eso, ¿qué tal si vomitaba, o me asustaba? Mejor abajo y conquistando», me dijo mi tío cuando le pregunté — al interrumpir la historia de su esposa— por qué no la invitó a la rueda de la fortuna, en vez de dar vueltas por la feria, en su primera cita.

 

Como si cada uno de nosotros gozara de ciertos puntos para hacer el ridículo durante una vida. Resbalarse en las escaleras del tren ligero y caer de pompas frente a todos los que esperan es uno. Decir, frente unas 100 personas, que se vivía con el temor de que los seres queridos “se levantarán muertos” debe valer dos puntos. Haber abrazado al visitante extraño creyendo que era uno de los tíos lejanos, unos cuatro. Siete por traer la falda levantada. Equivocarse en clase, regresar el saludo a alguien que no te hablaba a ti, correr detrás del autobús equivocado, besar en la mejilla cuando te daban la mano, pisar a un nuevo compañero de baile, no saber la respuesta, publicar una nota con información incorrecta, ser novato… y los puntos se terminan.

 

Hay que cuidar el historial de situaciones embarazosas, pues pesa más que estar en el buró de crédito. Las equivocaciones vienen a la mente como pinchazos de vergüenza en los momentos en que más se  necesita la seguridad.

 

Ya sin fondos, es mejor no subirse a la rueda de la fortuna. Aún si se tiene la autoestima de alguien que le gusta “Choche” de Bronco —y lo admite. Una equivocación duele igual para todos.

 

Pero ¿qué tal si hay más crédito? ¿Qué tal, si después de los ridículos el contador vuelve a empezar, ahora con el doble de números? Risa es todo lo que se necesitaría, y habría más solvencia grotesca junto con la oportunidad de experimentar situaciones nuevas.

 

Y se inaugura la opulencia: bailar extraño, caerse cuando te sentías sexi, contar algo muy personal, equivocarse, practicar, utilizar muchas comas, intentar un oficio nuevo, conquistar a alguien guiñándole el ojo.

 

Vivir con la libertad de ser un fracasado. Vomitar de colores, esperar que lo siguiente que probemos se quede en el estómago para siempre y haga  una vida divertida.