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Divague: Revista de ensayo literario | El reclamo de los montes

El reclamo de los montes

Mutación De Apache

Acuarela sobre Papel 27.9×21.6cm.

Por Jaime López Reyes

El corazón de un montañés es una máquina que tiene un poco de ciencia y un poco de alquimia, funciona con bocanadas de frío que, mediante un proceso de combustión interna, absorbe y transforma en energía calorífica. El procedimiento de convertir el plomo en oro se haya implícito en dicha transformación, un estudioso versado en tradiciones alquímicas puede nítidamente ver el paralelismo entre frío y plomo, y hacer el experimento correspondiente.

 

Es bien extraña la naturaleza de las bajas temperaturas en cualquier región serrana del mundo: el frío entume los miembros, dificulta la respiración y la torna vaporosa, lanza mil puñaladas contra las coyunturas del cuerpo, y sin embargo, pregúntese a cualquier residente de las alturas y éste le dirá que aquel frío calienta su corazón e infunde fortaleza a su espíritu, por aquella magia natural de la que hablamos, pero que sólo un alquimista podría entender.

 

Cuando un montañés regresa a sus queridas serranías, tras una corta o larga ausencia, apenas siente el viento helado acariciar su rostro y su corazón comienza inmediatamente a palpitar con violencia, pues al contrario de las salamandras, aquellos seres precisan del frío para recargar energías. La maquinaria compleja que es el cuerpo de un serrano puede parecer reservada, estática, inerme, porque en realidad adopta esa grave postura la mayor parte de su existencia, mas le basta la más ínfima chispa, una ofensa, un peligro, en fin, cualquier atisbo de dignidad mellada para que la llama poderosa e indómita, eterna en sus ojos y en reposo en el resto de su cuerpo, despierte súbita y magnificente. Toda la energía acumulada en el frío de sus huesos centellea furiosa como un relámpago.

 

No es recomendable enemistarse con cualquiera de las razas forjadas en las cimas, pues son siempre un formidable adversario, duro de enfrentar, difícil de vencer, y virtualmente imposible de conquistar. Los picos y cerros han templado durante todas las edades y en todas las latitudes, culturas indomables, rebeldes, ardorosas. Siempre orgullosos, ponderan su libertad por sobre todas las cosas. Las condiciones adversas hacen improbable, si no la vida misma, al menos la holgura y el confort, lo que hace que los pueblos florecidos en las crestas enfrenten una selección natural mucho más severa, minando su número, pero produciendo pueblos curtidos y forjados en el invierno sin fin. Son los montañeses personas rudas, feroces, estoicas y macizas. Criaturas de raíces tan fuertes como las montañas en que viven, a las que aman y veneran.

 

Súmese a ese fogoso espíritu, beligerante y temerario, la agreste orografía, las tormentas torrenciales, las nieblas impenetrables a los ojos no entrenados, los deslaves y laberintos boscosos, y no es de sorprender que aquellos pueblos mantengan siempre grandes niveles de autonomía, y aún mayores aspiraciones de soberanía. Periódicamente, la voz de las montañas se hace audible, dicen los montañeses, entre la violencia de los elementos, invitando a espíritus pusilánimes o invasores, a reconsiderar su estancia en las alturas. Hablan los cerros en un idioma que los serranos entienden, y respetan. El reclamo de los montes es de temerse, los montaraces más acostumbrados a las condiciones inhóspitas, saben muy bien que las demandas que hacen, no suelen estar sujetas a negociación.

 

Aunque la expresión cultural nacional en las cúspides, es por excelencia la guerra, y los montañeses siempre están dispuestos a la reciprocidad intercultural con otros pueblos que así lo soliciten, no son naciones ambiciosas: la expansión no les apetece, por el contrario, prefieren siempre jugar de locales que de visitantes, son mejores en la defensa que en el ataque, pues se sienten plenos en sus confines. La sacralidad de sus montañas, les parece, deviene en gran medida de su aislamiento, es su reducto y consideran un deber patriótico mantenerlo de ese modo: propio, aislado y sagrado.

 

Para acudir a las cordilleras hay que haber nacido ahí, o ser invitado: nunca, bajo ninguna circunstancia, es sensato acudir sin ser llamado. Cuando alguno, persona o pueblo, se sabe non grato, es mejor no intentar, ya no la conquista, sino tan sólo el arribo a las cumbres. Las montañas son imponentes y generan un temor reverencial, precisamente por inexpugnables, un rápido recorrido histórico y el mínimo instinto de auto preservación bastan para dar cuenta de ello. Montaña y montañeses se defienden mutuamente, y en simbiosis, son enteramente invencibles.

1El Reclamo de los Montes, inspiración para este ensayo, es una obertura del compositor mixe Delfino Reyes, de 1942.