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Divague: Revista de ensayo literario | El posmoderno Prometeo

El posmoderno Prometeo

rivadiva.com     CROATIA’S FESTIVAL NOVAG CIRKUSA
Por Carlos Castillo

El ejemplo, muy gastado para mi gusto, de los usuarios alienados y recluidos en sus computadoras, adictos a internet, no prueba que el medio provoque esa enajenación. Lo señalado (que es más un lugar común) evidencia únicamente que la incapacidad de esas personas para relacionarse con su entorno de modo más activo ya existía, y que ahora ha encontrado un foro más amplio y más rico en información y accesibilidad para desarrollarse, para potencializarse a través de la tecnología.

Estos personajes tan estereotipados son la personificación del miedo de una sociedad al paso evolutivo en puerta, temor que ha servido, desde hace muchos años, como argumento para la literatura fantástica popular. Particularmente en los cómics o tebeos norteamericanos, ejemplificándose en el conflicto entre la humanidad y los mutantes, como nos lo contaron Stan Lee y Jack Kirby en la década de los sesenta, y quienes perfilaron a los mutantes como víctimas de una injusta criminalización por desenvolverse, para bien o para mal, bajo esa potencialización que, en su caso, proviene de su naturaleza, y en el nuestro, de la tecnología.

Esa criminalización es similar a la denunciada, desde hace varios años y sin que hayan cambiado mucho las posturas, por las compañías dedicadas a la comercialización de música, que acusaban de ilegales y delictuosas las descargas gratuitas de música en línea, imputaciones que hoy en día continúan en relación con los derechos de autor en internet. Es el miedo a un mundo sin copyright el que genera una aparente incompatibilidad entre las nuevas facultades ofrecidas por la tecnología, y las reglas del juego que operaban antes de la era digital.

La tecnología ha sido considerada, dentro del imaginario de la humanidad, como motivo de rompimiento de las relaciones diplomáticas entre dioses y hombres. En la mitología griega Prometeo se rebeló contra Zeus sustrayendo del monte Olimpo el fuego de los dioses, proveyendo a la humanidad del medio ideal para manufacturar el hierro y los metales.[ref]Existen variaciones del mito, en una de ellas es a Hefesto, dios del fuego y la forja, a quien Prometeo le sustrae el Fuego olímpico, pero en todas las versiones del mito la constante es que la humanidad es la beneficiada.[/ref] En esta parábola mitológica, el fuego es una representación de la tecnología, por ser el elemento con el que se forjaban las herramientas y armas. El mismo Hefesto, hijo de Hera, es otra parábola de la polémica implícita en la tecnología: Hefesto, lisiado y cojo, despreciado por su madre, es arrojado del Olimpo a la Tierra, donde echa mano del fuego (tecnología divina) para forjar herramientas que compensen sus incapacidades y desventajas físicas. Sus inventos tecnológicos beneficiaron, incluso, las belicosidades de otros dioses para con sus semejantes o en detrimento de los mortales.

Internet, poco a poco, se convierte en el elemento ígneo que define el desarrollo de nuestras sociedades: es nuestro actual fuego prometéico. Su origen tiene una analogía directa con uno de los usos que le diera Hefesto, quien lo utilizó, también, para forjar varios de los pertrechos bélicos de la diosa Atenea, mientras que nuestra versión digital nace de la iniciativa militar del gobierno de Estados Unidos, por supuesto, también con fines bélicos.

La red se ha convertido en el medio elemental de interacción y desarrollo (o está en vías de serlo). Si miramos con detenimiento, comprobaremos que los bytes son ahora los engranes que hacen funcionar los mecanismos económicos de las sociedades, basta ver cuántos ciudadanos echamos mano de los servicios bancarios para resguardar nuestros depósitos monetarios convertidos en tintineantes números en una pantalla electrónica. Este mismo proceso ha convertido los libros, la música, la fotografía y el video a formatos digitales portátiles; incluso nosotros mismos, en este momento, somos sólo avatares en las listas de contactos de alguien más.

Internet asimila la economía, la cultura, la ciencia, buena parte de las relaciones sociales y los modos de conocer y percibir el mundo; entonces, no parece un desatino pensar que, eventualmente, tendrá que ver con nuestro sistema neuronal. De ser así, podría esperarse (si no es que ya ha sucedido) una nueva alteración en la genética humana (como sucedió con el eslabón evolutivo que salió de los mares primigenios para andar la tierra) que genere un ser cuyos procesos sinápticos se organicen de acuerdo a los estímulos e información brotados de una red digital. Este ser deberá pertenecer, necesariamente, a las generaciones denominadas «Nativas de la Era Digital», y que bien podría ser clasificado como mutante digital, el cual encontrará coherencia en la perspectiva darwiniana donde el más apto para sobrevivir no es el más fuerte, sino el más adaptable al entorno (que, como ya se mencionó, es definido actualmente por internet).

Cuando desaparezca la última persona de nuestra generación preinternet, las potencializaciones serán sólo un común denominador en las generaciones que habrán nacido en un mundo en el que internet es inseparable de la vida cotidiana; sólo entonces desaparecerán los estereotipos de los usuarios alienados por su uso. Por lo pronto, debemos continuar en esta marcha evolutiva en la que internet potencializa nuestras capacidades, pero, de igual modo, lo hace con nuestras incapacidades.