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Divague: Revista de ensayo literario | El placer de odiar

El placer de odiar

OdiarPor: WILLIAM HAZLITT

Desde donde estoy sentado, veo una araña rampando sobre el suelo alfombrado de la habitación; no la que aparece tan cabalmente alegorizada en los admirables Versos a una araña,1 pero sí de la misma edificante familia. Incauta, apresurada, viene renqueando torpemente hacia mí, se detiene, ve de pronto la sombra gigantesca ante ella y, sin saber si batirse en retirada o seguir avanzando, observa al enorme enemigo. Pero como yo no hago el menor movimiento ni inicio ofensiva alguna contra la extraviada bandolera, como ella seguramente haría con cualquier mosca infeliz apresada en sus redes, cobra ánimos y se aventura a proseguir adelante, con una mezcla de astucia, de impudencia y de miedo. Al pasar junto a mí, levanto la alfombra para ayudarla a escapar, contento de perderla de vista, y no puedo menos de estremecerme al recuerdo una vez que lo ha hecho. Un niño, una mujer, un rústico, o bien un moralista de hace un siglo, habría aplastado sin compasión a la sabandija. Mi filosofía ha ido más allá: no le tengo ninguna mala voluntad al bicho en cuestión; sin embargo, no puedo refrenar un movimiento de repulsión al verlo. El espíritu de malevolencia ha sobrevivido al ejercicio efectivo de ella. Aprendemos a doblegar nuestra voluntad y a conservar nuestros actos públicos dentro de los límites de la humanidad mucho antes de llegar a poner nuestros sentimientos e imaginaciones al mismo diapasón de mansedumbre. Renunciamos a la demostración exterior, a la violencia bruta, pero no logramos eliminar la esencia o principio de la hostilidad. No aplastamos de un pisotón al pobre bicho (cosa que nos parecería bárbara y reprobable), pero lo miramos con una especie de místico horror y de repugnancia sagrada. Harán falta aún otros cien años de buena literatura y de pensamiento ahincado para curarnos del prejuicio y hacernos sentir por esa tribu ominosa un poco de the milk of human kindness2 en lugar de su propia esquivez y ponzoña.

 

La Naturaleza parece realmente (y tanto más cuanto más la observamos) hecha de antipatías y contrarios; sin algo que odiar, perderíamos el veneno del pensamiento y de la acción. La vida se convertiría en una charca, de no sentirse agitada por el choque de intereses contrapuestos y las pasiones desordenadas de los hombres. La veta blanca de nuestro propio destino brilla más (y a veces aun sólo así se torna perceptible) cuando se hace en torno de ella la mayor oscuridad posible; como el arco iris, pinta sus colores sobre las nubes. ¿Es el orgullo? ¿Es la envidia? ¿Es la fuerza del contraste? ¿Es la debilidad o la malicia? El caso es que hay una secreta afinidad, un ansia del mal en el espíritu humano, el cual siente un perverso pero delicioso placer en la maleficencia, fuente infalible de goce.

El bien puro pronto se vuelve insípido, falto de variedad y de vida. El dolor es un agridulce que jamás harta. El amor, a poco que flaquee, cae en la indiferencia y tórnase desabrido: sólo el odio es inmortal.

 

¿No vemos acaso en acción este principio dondequiera que dirijamos la vista? Los animales se atormentan y mortifican uno a otro sin misericordia; los niños matan las moscas para divertirse; todo el mundo lee los accidentes y crímenes en el diario como su

 

1 Versos de Leigh Hunt: To a Spider Running across a Room, aparecidos en el tercer número de The Liberal (abril, 1823).

2 «El zumo (más literalmente: la leche) de la ternura humana.» SHAKESPEARE: Macbeth, I, V, 18.

 

sección más atractiva; una ciudad entera corre a presenciar un incendio; nadie, en cambio, se alegra en el fondo de que lo extingan. Desde luego, es mejor que así sea, pero no cabe duda de que disminuye el interés; y nuestras sensaciones participan más con nuestras pasiones que con nuestro entendimiento. La gente acude en tropel, con entusiasmo, a ver representar una tragedia, pero, como observa Mr. Burke,3 si en la plaza vecina tuviera lugar una ejecución, el teatro se quedaría vacío. Un idiota, una loca, un villano gracioso, en una aldea, son admirados y mantenidos por la comunidad entera. Las calamidades públicas son también un público regocijo. ¡Cuánto tiempo no fueron el Papa, la Inquisición, los Borbones, una bendición para el pueblo inglés, cuya bilis ayudaban a desahogar en motes y dicterios! ¿No habían hecho acaso tanto daño? No; pero como siempre tenemos un excedente de bilis, necesitamos algo en qué emplearlo. ¡Qué trabajo no nos costó renunciar a nuestra pía creencia en los fantasmas y las brujas, simplemente porque nos gustaba perseguir a las unas y asustarnos de los otros! No es tanto la calidad como la cantidad de excitación lo que precisamos; no podemos soportar un estado de indiferencia y de tedio: el

espíritu parece aborrecer el vacuum tanto como se suponía en otro tiempo que hacía la materia. Hasta cuando el espíritu de la época4 (esto es: el avance del refinamiento intelectual, en pugna con nuestras flaquezas naturales) no nos permite ya poner en práctica nuestras veleidades de terquedad y de venganza, tratamos de revivirlas hablando de ellas y conservamos en la imaginación los viejos ogros y fantasmas de nuestro terror y nuestro odio. Quemamos a Guy Faux en efigie, y el griterío y los golpes y los denuestos de que es objeto este pobre muñeco harapiento hecho de trapos y de paja constituye todos los años una verdadera fiesta en cada burgo de Inglaterra. Los protestantes y los papistas no se queman ya unos a otros en la hoguera; pero nos suscribimos a nuevas ediciones del Libro de los Mártires de Foxe5 y el secreto del éxito de las Novelas Escocesas es más o menos el mismo: nos vuelven a las querellas, rencores, estragos, congojas, entuertos y venganzas de una época y una humanidad bárbaras, a los prejuicios arraigados y a los enconos mortales de las sectas y partidos religiosos o políticos, a las contiendas e intrigas de los clanes y caudillos. Alternativamente, sentimos con todos ellos la fuerza incontrastable del odio.

Leyéndolas, dejamos a un lado las trabas de la civilización, el velo inconsistente del altruismo. «¡Fuera, fuera, postizos!».6 La fiera recobra su dominio en nuestros adentros, nos sentimos como animales que van de caza, y lo mismo que el sabueso se estremece durmiendo y corre tras la presa en sueños, así el corazón se ensancha y grita de alegría en su cubil al sentirse una vez más devuelto a la libertad y a sus instintos sin ley y sin traba.

Cada uno se divierte como puede, y va hacia el diablo por su propio camino. Ningún panóptico7 aquí de Jeremy Bentham; ninguno de los paralelogramos infranqueables de Mr.

 

3 Edmund Burke, en su tratado On the Sublime and Beautiful, parte 1, § 15.

4 Uno de los principales libros de Hazlitt (serie de retratos de algunos de sus contemporáneos) se llamó así: The Spirit of the Age. Comenzó a publicarse poco después de escritas estas líneas (cuando sin duda tenía ya in mente el proyecto de la obra), en The New Monthly Magazine, en enero de 1824.

5 The Book of Martyrs de John Foxe (1516-89), del que se había publicado una edición en folio por

suscripción en 1811.

6 Off, off, you lendings! Shakespeare: El Rey Lear, III, IV, 113.

7 Modelo de cárcel propuesto por Bentham y adoptado modernamente, cuyo nombre indica que todo su interior (los diferentes pisos de la prisión, con sus galerías y celdas para los presos) puede vigilarse desde un punto determinado.

 

Owen8 (¡qué maldiciones y puntapiés no habrá lanzado Rob Roy contra ellos!), ningún cálculo minucioso del interés personal: la voluntad se dirige derechamente a su objeto; como el torrente en la montaña se precipita por sí solo al abismo, el mayor bien de cada individuo consiste en hacer el mayor mal posible a su prójimo: espectáculo delicioso, que despierta un eco seguro y placentero en el corazón de todos. De este modo, el célebre predicador Mr. Irving9 ha vuelto a encender el antiguo, primitivo y casi extinto fuego del infierno en las naves de la capilla Caledonia, cuando introducen el agua real del New River en Sadler’s Wells, ante el asombro y el entusiasmo de su agraciado auditorio. Es agradable, aunque un suplicio, 10 el contemplar sentado el abismo de Tophet,11 el jugar al snapdragon12 con llamas y azufre (lo que sin duda ha de producir una sacudida eléctrica placentera, una sensación estimulante a las constituciones delicadas), y el ver a Mr. Irving, como un enorme titán, de semblante atezado y ceñudo, que tuviera que inventar suplicios y torturas para todos los condenados. ¡Qué ser extraño es el hombre! No satisfecho con hacer cuanto puede para perjudicar y molestar a sus semejantes en este mundo, «sobre esta escollera y bajío del tiempo»,13 donde cualquiera pensaría que ya hay sobrados sinsabores,  decepciones, angustias, lágrimas, suspiros y gemidos, el beato maniático lo lleva de añadidura a la cima del picacho de la teología para precipitarlo desde allí en el abismo siempre abierto del fuego punitivo: su malignidad imaginativa implora a la eternidad que ejercite en él su rencor inextinguible y suplica al Todopoderoso que lleve a cabo una vez más su sentencia inexorable. Los caníbales queman a sus enemigos y se los comen en perfecta camaradería; los mansos teólogos cristianos arrojan, a quienes disienten de ellos aunque sólo sea en el grosor de un cabello, cuerpo y alma en las llamas del infierno, para mayor gloria de Dios y bien de sus criaturas. Menos mal que el poder de tales seres no corresponde a su voluntad; y en verdad que el sentimiento de su debilidad e incapacidad para regir las opiniones ajenas es lo que les hace «exceder al mismo Termagante»14 y esforzarse en someter a los disidentes por el miedo a fuerza de palabras gruesas y monstruosas amenazas.

 

El placer de odiar, como una sustancia ponzoñosa, roe el corazón de la religión y lo llena de resentimiento y beatería; hace del patriotismo una excusa para llevar el incendio, la peste y el hambre a otros países; no deja a la virtud otra cosa que el espíritu de reprobación, y un prurito mezquino, envidioso, inquisitorial de escudriñar las acciones y motivos ajenos. ¿Qué han sido las distintas sectas, credos y doctrinas sino otros tantos pretextos para querellarse, reñir y hacerse pedazos entre sí, a manera de blanco contra el cual disparar? ¿Supone nadie realmente que el amor del inglés a su país entraña un verdadero sentimiento amical ni el menor deseo de servir a sus compatriotas? No; lo único

 

8 Hazlitt se refiere a ellos en otros pasajes de sus obras, particularmente en el Project for a new theory of civil and criminal legislation, publicado por vez primera en los Literary Remains editados por el hijo de Hazlitt en 1836.

9 El reverendo Edward Irving, teólogo y predicador escocés, sobre el cual hay un capítulo en The Spirit of the Age.

10 Thas pretty, though a plague. Shakespeare: All’s well that ends well, I, I, 97.

11 Valle al sur de Jerusalén, más tarde usado como símbolo del infierno.

12 Antiguo juego de Nochebuena, que consistía en sacar granos de uva de un plato con coñac ardiendo.

13 Upon this bank and shoal of time. Shakespeare: Macbeth, I, III, 6.

14 For o’er-doing Termagant (nombre dado por los cruzados y en las narraciones medievales a un ídolo que se suponía adorado por los sarracenos, más tarde personificado en las morality plays como un personaje particularmente violento y desenfrenado). Shakespeare: Hamlet, III, II, 14.

 

 

que supone es odio hacia los franceses, o hacia los habitantes de cualquier otro país con el que a la sazón se halle en guerra. ¿Acaso el amor a la virtud denota el afán de descubrir o enmendar nuestras propias faltas? No; lo que hace es tratar de expiar la pertinacia en nuestros propios vicios con una intolerancia virulenta hacia los ajenos. Este principio es de aplicación universal, tanto al bien como al mal: pues si nos hace detestar la necedad, no por eso nos hace estimar más el mérito de nuestros semejantes, y si nos inclina a reprobar el mal que hacen, no por ello nos hace soportar de mejor grado la prosperidad que alcanzan.

Vengamos las injurias, sí; pero pagamos con la ingratitud los beneficios. Hasta nuestras aficiones y gustos más decididos no tardan en seguir este rumbo. «Lo que era dulce como una golosina, tórnase más amargo que la coloquíntida»,15 y el amor como la amistad se derriten en su propio fuego. Odiamos a los antiguos amigos; odiamos los libros ya leídos, odiamos las ideas pasadas, y acabamos odiándonos a nosotros mismos.

 

He observado que son pocos los amigos más íntimos de otro tiempo que hayan continuado en el mismo pie de amistad hasta hoy día, o que sean capaces de unir la constancia a la cordialidad del afecto. He conocido dos o tres grupos de «inseparables», que se veían «seis veces por semana»16 y que han acabado por apartarse y dispersarse. Por mi parte, yo he reñido con casi todos mis antiguos amigos (según ellos debido a mi mal carácter), pero es el caso que también ellos han reñido unos con otros. ¿Qué se ha hecho de «aquella partida de jugadores de whist» celebrada por Elia17 en su notable Epístola a Robert Southey, Esq . (y que, ahora que recuerdo, yo también celebré en este mismo libro),18 «que durante tantos años llamaron amigo al almirante Burney»? Disuelta está, como las nieves del año que pasó. Algunos de ellos murieron, o se fueron a vivir a otra parte, o se cruzan en la calle como desconocidos, tratando de no verse; o, si se detienen a hablar un instante, procuran hacerlo lo más brevemente posible. Algunos han conseguido un puesto en la Administración pública; otros un nicho en la Quarterly Review. Unos han logrado, con no poco trabajo, adquirir cierta nombradía en el mundo, mientras otros continúan en su oscuridad original. Despreciamos al uno, y envidiamos y nos complacemos en mortificar al otro. Los tiempos han cambiado; imposible revivir los sentimientos del pasado; y evitamos el ver y nos sentimos desazonados en presencia de aquellos que nos recuerdan nuestra flaqueza humana, y si nos esforzamos en afectar una apariencia de amistad, el esfuerzo aun nos deja más íntimamente desabridos, sin por ello engañar a nuestros quondam compañeros. Las viejas amistades son como los manjares a diario repetidos: insípidos y rancios. El estómago protesta instintivamente contra ellos. De modo análogo, el trato constante y la familiaridad engendran el hastío y el menosprecio; y, si nos encontramos con ellos al cabo de un intervalo de ausencia, ya no parecemos los mismos.

El uno se nos antoja demasiado sobrio, demasiado tonto el otro; y nos preguntamos en nuestro fuero interno si no les ocurrirá lo propio a ellos. Las agudezas del primero (sin contar el aguijón que a veces dejan) se enrancian con la reiteración, y la estolidez del segundo se nos hace intolerable. El más divertido o instructivo camarada es, a lo sumo, como uno de esos libros predilectos que, apenas hemos empezado a releer, cuando ya

 

15 The food that to him now is luscious as locusts, shall be to him shortly as bitter as coloquintida.

Shakespeare: Othello, I, III, 349-51.

16 Cita que no han logrado identificar los escoliastas de Hazlitt.

17 Seudónimo de Charles Lamb. La carta de referencia apareció en The London Magazine, octubre de 1823 y, a la vez que la mejor vindicación de Hazlitt, atacado por Southey, es un admirable testimonio de la nobleza y el espíritu de justicia de Lamb.

18 En el ensayo titulado On the conservation of authors, uno de los más célebres de Hazlitt.

 

 

 

estamos deseando volverlo a la estantería; desgraciadamente, no podemos hacer lo mismo con nuestros amigos, y ello trae consigo un resentimiento y cien malentendidos entre los interesados. Si, por azar, el celo y la integridad del amigo no da lugar a ello, o su curso no es interrumpido por un accidente natural, buscamos —y no hay que decir si encontramos— otros motivos de queja o de insatisfacción. Comenzamos por criticar la manera de vestirse, los modales, el carácter en general. «Fulano es un buen muchacho, pero ¡hace unas visitas tan interminables!» Otro no acude puntualmente a sus citas, y esto deja una llaga que nunca cicatriza. Conocemos gente joven o distinguida, o tenemos una querida de buen ver, y se nos ocurre que sería agradable presentarla a tal o cual amigo nuestro; pero éste se halla en un mal día, el encuentro no resulta todo lo brillante que esperábamos, y ello basta a enfriar nuestra amistad. O bien el amigo se muestra demasiado terco o, en sus opiniones, contrario a las de nuestros nuevos conocidos, y hasta cometemos la bajeza de no sostener aquellas opiniones, que en el fondo son también las nuestras, para no tener que defender al amigo en cuestión. Cualquiera de estas causas llega, con el tiempo, a constituir un motivo de irritación o desacuerdo, que crece en ocasiones hasta la violencia, como única razón plausible de ruptura, y desde luego el medio más fácil de abolir el recuerdo de un afecto o una gratitud pretéritos, tan poco compatibles ya con nuestro actual estado de ánimo. Podremos tratar de coser nuestras heridas o de echar un remiendo a la carroña de nuestra antigua amistad, pero las unas apenas soportarán que se las toque y la otra no vale realmente la pena de embalsamarla. La única manera de reconciliarse con los viejos amigos es separarse definitivamente de ellos; a distancia, aún podremos quizás (en un duermevela) volver a los tiempos y a los sentimientos pasados; en todo caso no se nos ocurra renovar nuestra intimidad hasta haber agotado nuestro resentimiento, o dicho, pensado y sentido uno de otro todo lo malo que nos sea posible. También, si podemos armar pendencia con alguna otra persona y hacer de ella el buco expiatorio, será un medio excelente de componer un hueso roto. Pienso, pues, que debo reanudar mi amistad con Lamb, que ha escrito tan magnánima carta a Southey diciéndole lo que piensa. Y se me ocurre que si hago tan buenas migas con H…19 es, sobre todo, porque, cada vez que nos encontramos, nos dedicamos a pasar revista a los viejos amigos y «descuartizarlos como si preparásemos un manjar para los dioses».20 Ahí están L… H…; John Scott; Mrs…, cuyos bucles negros como el ala del cuervo ponen un fondo pintoresco a nuestro coloquio; B…, que se ha puesto hecho un tonel y, según parece, ha contraído matrimonio; R…:21 hace tiempo que no vemos a ninguno de ellos, pero sus defectos y flaquezas son el vínculo común que nos une. Desde luego, no nos condolemos ni gemimos a su respecto; antes al contrario, nos desternillamos de risa, riendo «sin parar, horas enteras».22 Plato tras plato de anécdotas, rasgos y rarezas van pasando ante nosotros, que pinchamos y nos servimos sin reparo, hasta quedar ahítos. Probablemente, algunos de ellos hacen lo mismo con nosotros, y no seré yo el que deje de desearles buen provecho. Por mi parte, como ya dije en una ocasión, prefiero a aquellos

 

19 Probablemente el pintor B. R. Haydon.

20 Let’s carve him as a dish fit for the gods. Shakespeare: Julius Caesar, II, 1, 173.

21 L… H…: Leigh Hunt. John Scott: Director de The London Magazine, que murió en 1821 de resultas de una herida en un duelo con Christie, amigo de Lockhart. Mrs…: Mrs. Novello, según el hijo de Hazlitt. B…: Thomas Barnes, director de The Times, íd. R…: John Rickman, contertulio de las reuniones en casa de Lamb, íd.

22 And I did laugh sans intermission / an hour by his dial. Shakespeare: As you like it, 11, VIl, 32-3. Pero el texto de Hazlitt reza exactamente: sans intermission, for hours by the dial.

 

amigos con defectos que poder comentar. «¡Ah! —exclamó al oírme Mrs…—, 23 ¡usted, siempre tan filántropo!» Entre los citados estaban algunos de los espíritus más selectos de la época, no «hombres vulgares y de poco»;24 y nosotros, desde luego les hacíamos justicia; aunque, de todos modos, mejor es que no oyeran lo que a veces decíamos de ellos. A mí se me da un ardite lo que digan de mí, sobre todo si es a mis espaldas, y en punto a discusiones de orden censorio o analítico, nada suscita el peor veneno de mi pluma como las miradas de desdén o antipatía. La expresión del semblante me lastima más que los excesos verbales. Si en un caso25 entendí mal aquella expresión, y recurrí a la represalia sin motivo, el primero en sentirlo sería yo. ¡Pero el rostro era demasiado hermoso y yo demasiado viejo para haber podido equivocarme!… Algunas veces, voy a casa de…;26 y, siempre que lo hago, resuelvo firmemente no volver. No encuentro ya la familiar acogida de otros tiempos. El espectro de la amistad me recibe en la puerta y se sienta junto a mí durante toda la comida. Nuevas ideas y nuevos conocidos se han apoderado de ellos. Las alusiones a pasados sucesos son consideradas triviales, y no siempre es prudente acometer temas de índole más general. M…27 no dice ya, como antaño, cada cinco minutos: «Fawcet solía

decir», etc. El tópico está ya un tanto manido. Las muchachas han crecido y muestran un sinfín de habilidades y talentos. De una y otra parte, percibo una envidia latente. Ellos creen que yo me doy importancia, y yo me figuro lo mismo de ellos. Cada vez me preguntan «si no considero a Mr. Washington Irving un admirable escritor». No, no volveré por esta casa hasta que reciba una invitación para la Nochebuena en compañía de Mr. Liston.28 La única intimidad que nunca sentí flaquear ni decaer fue una amistad puramente intelectual. No había en ella ni el puritanismo del candor, ni la quejumbre de una sensiblería afectada. Nuestra mutua relación era considerada simplemente como un tema de conversación y de conocimiento, y no como un vínculo de afecto; temas tan puramente experimentales como podrían serlo los «ratones en una campana neumática»,29 cuando no como agentes maléficos que entregar sin escrúpulos al escalpelo. Amigos y enemigos eran lo mismo para nosotros sobre la mesa de disección. Sacrificábamos las flaquezas humanas en aras de la verdad. Una vez extraído el jugo, veíanse los esqueletos de la reputación bamboleándose en el aire como moscas en una telaraña, cuando no eran conservados en algún ácido puro para exámenes ulteriores. La demostración era tan deliciosa como nueva. No se ha exagerado el valor de la bilis, y nada conserva tanto como un cocimiento de misantropía. De todo nos cansamos, menos de poner en ridículo a nuestro prójimo y congratularnos de sus deficiencias. Por igual razón, al cabo de cierto tiempo nos cansamos de nuestros libros preferidos. No podemos seguir leyendo de continuo las mismas obras. Nuestra luna de miel, aun casándonos con la propia Musa, tiene forzosamente su término, y es seguida por la indiferencia, cuando no por el tedio. Hay algunas obras, precisamente aquellas que más sorprenden e impresionan la primera vez por su novedad y audacia, que no soportan una segunda lectura; otras, de un carácter menos excéntrico y que sostienen y aguijan la atención con una mayor prolijidad y delicadeza en los detalles, no tienen el suficiente interés para mantener en tensión nuestro entusiasmo. La popularidad de los escritores de

 

23 Mrs. Basil Montagu.

 24 A fellow of no mark nor likelihodd. Shakespeare: First Part of King Henry IV, lll, 11, 45.

25 Howe presume que aquí se refiere Hazlitt a Mrs. Basil Montagu.

26 Según Howe, el autor puede referirse a la familia de Joseph Hume, funcionario del Pipe Office. 27 Acaso también Joseph Hume, según Howe.

28 El actor John Liston, al cual hay frecuentes referencias en la obra de Hazlitt.

29 De A Letter to a Noble Lord, por Edmund Burke.

 

 

más éxito contribuye a apartarnos de ellos con el estrépito y el elogio hiperbólico que de ellos se hace, con el eco de su nombre constantemente repetido y el tropel de admiradores indiscretos y sandios que arrastran en pos de ellos; sin que tampoco, por otra parte, nos complazca sacar a otros de su oscuridad inmerecida, no nos vayan a tildar de afectación y afán de originalidad. Pues si nada nuevo puede decirse de un autor del que habla todo el mundo, tampoco es por lo general muy discreto ni remunerador el encomiar a uno que nadie conoce. Preconizar idolátricamente a Shakespeare como un dios, tiene el viso de una exageración vulgar y nacionalista; alabar a Chaucer, Spenser, Beaumont y Fletcher, Ford o Marlowe, tiene, a su vez, un aire de pedantería o de egotismo. Confieso que me hace odiar el nombre mismo de la Gloria y el Genio ver obras como éstas «caídas en los yermos del tiempo»,30 mientras generación tras generación de mentecatos se afanan leyendo las sandeces del día y las más grandes damas discuten en serio con sus sirvientes qué obra es mejor: si el Paraíso perdido o Los amores de los ángeles, de Mr. Moore,31 No dejó de

divertirme bastante el otro día cuando, al preguntar en una librería si tenían algunas de las Novelas Escocesas, 32 me contestó el librero que «precisamente acababan de vender la última: Sir Andrew Wylie».33 Y supongo que la respuesta complacerá a Mr. Galt tanto como a mí, por lo menos. La fama de algunos libros es prematura y aun demasiado cruda; la de otros, en cambio, apolillada y mohosa. ¿A qué consagrar nuestra atención a lo que, en el fondo, no nos inspira confianza, o en lo que otros hace tiempo dejaron de confiar? Yo mismo, apenas si me atrevo hoy día a hojear Tom Jones, 34 temiendo que no responda ya a mi ilusión de otros tiempos —lo que si, por otra parte, ocurriera, seguramente que acabaría tirándola al fuego y haciendo el firme propósito de no leer ya otra novela en mi vida. Pero seguramente, me dirán, hay algunas obras que, como la Naturaleza, nunca envejecen, y que siempre serán capaces de incitar la imaginación y el entusiasmo. O, cuando menos, algunos pasajes en ellas capaces de retener nuestro interés, sin extinguir el sentimiento de admiración y de amor que suscitaron: páginas que tendrán siempre para nosotros el mismo sortilegio. Tal, por ejemplo:

…Sitting in my window

Printing my thoughts in lawn, I saw a God,

I thounght (but it was you), enter our gates;

My blood flew out and back again, as fast

As I had puffed it forth and sucked it in

Like breath; then was I called away in haste

To entertain you: never was a man

Thrust35 from a sheepcote to a sceptre, raised

So high in thoughts as I; you lett a kiss

Upon these lips then, which I mean to keep

From you for ever. I did hear you talk

Far above singing!36

 

30 But thou amoung the wastes of time must go: Soneto XII de Shakespeare.

31 Thomas Moore, cuyo poema The Lowes of the Angels, aparecido en 1823, alcanzó cinco ediciones en el año.

32 Las novelas históricas de Sir Walter Scott, primero publicadas anónimamente.

33 Novela de John Galt, publicada en 1882, bajo el titulo de Sir Andrew Wylie of that Ilk.

34 La novela de Henry Fielding.

35 En el original dice heaved en lugar de thrust; pero Hazlitt citaba seguramente de memoria.

36 Sentado a mi ventana / imprimiendo mis pensamientos sobre el césped, vi a un dios, / tal creí (pero eras tú), entrar por nuestra puerta; / mi sangre fluyó y refluyó en un instante, / como si la hubiese espirado y aspirado de nuevo / como el aliento; en seguida me llamaron con presura / para atenderte, y nunca hubo un

 

Un pasaje como éste deja realmente en el paladar un regusto como de néctar y, leyéndolo, nos parece estar sentados a la dorada mesa de los dioses; pero, no obstante, si lo repetimos a menudo en el estado de ánimo corriente, acaba perdiendo su sabor, tórnase insípido, «bebido el vino de la poesía, sólo quedan las heces».37 De igual modo, si apelamos a la ayuda de circunstancias extraordinarias para ponerlo de relieve, como cuando lo recitamos a un amigo, o después de un largo paseo realizado en condiciones que han avivado nuestra vena romántica, o mientras

…play with Amaryllis in the shade,

Or with the tangles of Neaera’s hair…38

y faltan aquellas circunstancias, no podremos menos de sentir su falta, y en vez de aprovecharla como un elemento favorable, sentiremos la nostalgia de lo que perdimos, y en vano nos esforzaremos por resucitar «la hora irrevocable» y en más de un caso nos asombraremos de haber sobrevivido al deleite de antaño y al melancólico vacío que dejamos atrás. El placer toca a su ápice en un momento de tranquila soledad o de efusión embriagadora, declina en seguida y la comparación y la conciencia de este declinar nos llena con una sensación de saciedad y de cansancio… «¿Ocurre lo mismo con la pintura?» Debo reconocer que sí, por lo menos con toda la que no es de mano del Tiziano. No sé por qué, pero el caso es que de los paisajes de éste sopla siempre una brisa pura y fresca, como si viniera del pasado; y sus rostros tienen una expresión que no se marchita con los años. El otro día vi un cuadro suyo. Entre la inexorable desolación y los relumbrantes primores de Fonthill39 hay un portafolio de la Galería de Dresde. Lo abre uno y una cabeza de muchacha nos mira desde una de sus páginas: una doncellita en verdad, pero al mismo

tiempo ya una mujer, con un aire de campestre inocencia y todas las gracias de una princesa. Los ojos como de paloma, los labios a punto de entreabrirse, una suave sonrisa de contento bañando el rostro entero, los joyeles prendidos en el rizado cabello relumbrando como luces, el busto juvenil a duras penas contenido en el rígido corpiño de brocado, como el capullo de abril que empieza a dilatar sus pétalos. ¿Qué me impide, entonces, colocar esta grácil imagen de belleza, a modo de una barrera perenne, entre mí y la desgracia? Pues, simplemente, que la alegría requiere un mayor esfuerzo del espíritu para sostenerla que la tristeza; así que, al cabo de una breve tregua de placer, instintivamente nos volvemos de lo que amamos hacia lo que aborrecemos.

En cuanto a mis opiniones pasadas, la verdad es que estoy harto de ellas. Y tengo sobradas razones para estarlo, pues me han engañado deplorablemente. Me habían enseñado a pensar, y yo estaba dispuesto a creer que el genio no era un celestinaje, ni la virtud una máscara, ni la libertad un simple nombre, y que el amor tenía su sede en el corazón humano. Actualmente, se me daría un ardite que borrasen del diccionario estas palabras o no haber oído hablar jamás de ellas. Son ya a mis oídos un escarnio y un sueño.

 

hombre / mudado de la zalea al cetro, encumbrado / tan alto en pensamiento como lo fui yo; tú dejaste entonces un beso / en estos labios, que entiendo guardar / siempre. Y te oí hablar / con palabras más dulces que todo canto. Beaumonto y Fletcher: Philaster, V, 5.

37 Los versos de Macbeth (II, III, 96-7), a quien sin duda alude la cita, dicen textualmente: The wine of life is drewn, and mere lees is left this vault to brag of. Hazlitt dice: The wine of poetry is frank, and but the lees remain.

38 A jugar con Amarilis en la sombra, / o con la cabellera enmarañada de Neaera… Milton: Lycidas, 68.

39 La residencia de Beckford, el autor de Vathek. Hazlitt la visitó dos veces: la primera en octubre de 1822 a causa de la serie de artículos sobre las galerías pictóricas que le encargó The London Magazine; y la segunda en 1823 para asistir a la subasta de los efectos de propiedad de Beckford.

 

 

En vez de patriotas y amigos de la libertad, sólo veo tiranos y esclavos, el pueblo unido a los reyes para remachar las cadenas del despotismo y la superstición. Veo la imbecilidad apareada con la picardía y formando entre ambas la opinión y el espíritu públicos. Veo al conservador insolente, al reformista ciego, al liberal cobarde. Si la humanidad hubiese deseado realmente lo que es justo, hace tiempo que lo habría obtenido. La teoría es sobradamente clara, pero los hombres, proclives al daño, «reprobados para toda buena obra».40 He visto cuanto fue conseguido por los grandes afanes del espíritu y el entendimiento de hombres «de los cuales el mundo no era digno»,41 y que prometían un alba esplendorosa de verdad y de bien en el curso de los años venideros, frustrado por un hombre solo, apenas con más vislumbre de comprensión que la precisa para darse cuenta

de que era un rey, pero insuficiente desde luego para comprender que podía ser rey de un pueblo libre. He visto este triunfo celebrado por poetas, amigos de mi juventud y amigos del hombre, pero que fueron arrastrados por la marea enfurecida que, despeñándose de un trono, barrió ante sí todo vestigio de razón y de derecho; y vi también, a todos los que no secundaron este insulto y ultraje a la humanidad, proscritos, perseguidos (ellos y sus amigos convertidos en objeto de burla), al extremo de que ha llegado a darse por sentado que nadie capaz de vivir por su propio saber o su talento no esté dispuesto a prostituir este saber y este talento, traicionando a la especie y haciendo su presa del prójimo. «Esto fue en otro tiempo un misterio, que el tiempo se ha encargado de demostrar».42 Los ecos de la Libertad han resonado una vez más en España,43 y el amanecer de la esperanza humana alboreó de nuevo; pero esta aurora fue empañada por el hálito nauseabundo del fanatismo, y sofocados aquellos sones redivivos por el griterío de las torres de la Inquisición derrocadas por los años, pues el hombre hubo de rendirse (como era inevitable que lo

hiciera), primero a la fuerza bruta, pero aún más a la perversidad innata y al espíritu bastardo de su propia naturaleza, en que ya no queda sitio para una futura esperanza ni desilusión. E Inglaterra, la archirreformadora, la libertadora heroica, que se desgañita hablando de la libertad mientras es instrumento dócil del poder, aquí permanece en pie, perpleja y boquiabierta, sin sentir cómo se avecinan el añublo y la roya, ni cómo crujen y se desmoronan sus propios huesos bajo la zarpa y el empuje de este nuevo monstruo: el Legitimismo. ¿No vemos cómo en la vida privada triunfan la hipocresía, el servilismo, el egoísmo, la estupidez y la impudencia, mientras la modestia y el pudor rehúyen el encuentro, y el mérito es brutalmente pisoteado? ¡Cuán a menudo es «arrancada de la frente

 

40 Epístola de San Pablo a Tito, 1, 16.

 41 Epístola de San Pablo a los Hebreos, XI, 38.

42 Adaptación de la frase de Hamlet (III, I, 114-5): This was sometime a paradox, but now the time gives it proof.

43 «España, como Fernando, como Monarquía, ha caído de su nefasta altura, para no volver a levantarse: España, como España, como pueblo español, se ha levantado de la tumba de la libertad, para no volver a caer (¡tal es de esperar!) bajo el yugo del opresor y del fanático», escribía Hazlitt al final de un ensayo titulado: On paradox and commonplace, de su libro Table Talk. En marzo de 1820, como resultado de un movimiento revolucionario, Fernando VII se vio obligado a aceptar la Constitución de 1812 y la abolición de la Inquisición; pero, en octubre del mismo año, a causa de la intervención francesa, fue restaurado el absolutismo. Puede, pues, datarse —observa Howe— la composición de dicho ensayo entre una y otra fecha, y no deja de ser curioso que Hazlitt no modificase la conclusión con arreglo a los hechos al publicar el libro en 1821-2.

 

 

la rosa de un amor virtuoso para reemplazarla por una pústula»!44 ¿Qué posibilidad de éxito puede tener aquí ninguna verdadera pasión? ¿Qué certidumbre de continuidad? Viendo como veo todo esto, y deshilachando la urdimbre de la vida humana en sus hebras varias de mezquindad, rencor, cobardía, falta de sentimiento y falta de entendimiento, indiferencia hacia los demás e ignorancia de nosotros mismos; viendo cómo la costumbre prevalece sobre toda excelencia y cede el paso a la infamia; equivocado como siempre estuve en mis esperanzas públicas y privadas, calculando a los demás con arreglo a mí mismo y errando siempre en el cálculo; sin cesar defraudado donde más confianza puse; juguete de la amistad y pelele del amor, ¿no tengo acaso razón para odiarme y despreciarme? Así lo hago en verdad; y más que nada por no haber odiado y despreciado lo bastante el mundo.45

 

 

 

44 The rose plucked from the forehead of a virtuous love to plant a blister there, escribe Hazlitt

parafraseando los versos de Hamlet (III, IV, 42-4): …takes off the rose / From the fair forehead of an innocent lave / And sets a blister there.

45 La única excepción a la corriente general de este ensayo (y es una excepción teórica, pues, a decir verdad, no conozco ninguna en la práctica) es que, en la lectura, siempre nos ponemos del lado de lo mejor y miramos el caso como propio. Nuestra imaginación se siente suficientemente estimulada, el asunto se nos presenta como una pura creación del espíritu, con la que nada tenemos que ver personalmente, de manera que podemos ceder sin inconveniente a la impresión y tendencia natural del bien y el mal. Nuestras propias pasiones, intereses y prejuicios quedan al margen, dejándonos la posibilidad de juzgar imparcial y conscientemente, desde el punto de vista abstracto —pues la conciencia no es, al fin y al cabo, sino la idea abstracta del bien y el mal—. Pero apenas tenemos que obrar o que sufrir en persona, el espíritu de contradicción, o cualquier otro demonio por el estilo, entra en juego, y allí acaban el sentido común y la razón. Hasta la fuerza misma de la facultad especulativa, o el deseo de ajustarnos a una pauta ideal de perfección (podamos o no), lleva quizás a no pocos de los absurdos y sufrimientos de la humanidad.

Perseguimos lo que no nos es dable alcanzar y desechamos el bien a nuestro alcance. En los miles de personas que han leído El corazón de Midlothian seguramente no hubo una sola que no deseara el triunfo de Jeanie Deans. Hasta Gentle George lamentaba lo que había hecho, una vez que lo hizo, aunque desde luego no habría tenido el menor escrúpulo en repetir la misma jugarreta al día siguiente; y el autor desconocido, en su carácter de colaborador de la Blackwood y The Sentinel, es más o menos un personaje tan respetable como el propio Daddy Ratton. En el teatro, todo el mundo se pone de parte de Otelo contra Yago. En la misma escuela, cuando leen a Homero, ¿no suelen los chicos sentirse partidarios de los griegos o de los troyanos? (Nota del autor.)