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Divague: Revista de ensayo literario | El itinerario de mi memoria

El itinerario de mi memoria

El intinerario de mi memoria

Por: Carmina Nahuatlato

Uno va desgajándose entre calles y rincones de manera involuntaria e inexorable: el espacio es un testimonio de lo sucedido ahí, del acontecimiento volátil o enraizado en la memoria.

La ciudad es nuestro telón de fondo y el escenario que habitamos: en ella nos relatamos entre recuerdos impredecibles pero certeros, se nos gasta la vida debajo de ese portal, en el quicio de aquella puerta o a la sombra de quién sabe qué bugambilias, galeanas, arrayanes, primaveras, sauces, pirules, nísperos y framboyanes sembrados en jardines lineales que apuntan al gozo. Toda yo estoy desbalagada en esta ciudad: partes de mí se quedan prendidas en ciertos espacios, pequeñas zonas que habitamos todos pero sólo yo puedo nombrar, lugares por recorrer y encontrar mi memoria, indescifrables para los otros, pero, para mí, escenarios del presente suspendido en que se vuelven algunos de mis recuerdos.

La ciudad que soy tiene unos cuantos sitios, o uno solo, donde me ocurrió algo, después están todos los otros lugares donde les ocurrió la vida a los demás.

La azotea en la calle Pico de Orizaba

Pensaba que las casas de los otros, por ajenas, eran imposibles de conocer. Que nunca atravesaría ciertos canceles. Que mis ojos no verían más allá de esas ventanas entreabiertas, de las cortinas anudadas. Que no conocería la disposición del comedor redondo, las vajillas amontonadas en las repisas y las fotografías dispuestas sobre ellas. Que no perdería la cuenta de los vinos y licores sobre la alacena. Que mis pasos no medirían lo angosto de esa sala ni apreciaría la poca luz que la ilumina filtrándose entre los arrayanes. Pensaba que no descubriría, en el primer piso de esa casa, un altero de cajas, un altar apagado y dos puertas cerradas; que no atravesaría una y luego extendería mis deseos sobre la cama hasta quedarme a media luz y en silencio. Que por un momento no me descubriría descalza y tan cómoda como si ese aposento fuera el mío, aunque no lo fuera nunca. Pensaba que no sabría de la recámara con patio y mecedora en el segundo piso, que no la recorrería mientras palpaba disimuladamente su colcha mullida, que no vería mi reflejo despeinado y alegre mientras me lavaba las manos y las ganas de una ducha en ese baño tibio. Que sería imposible subir al techo y apreciar desde ahí la vista al parque y al centro de la ciudad que lo contiene.

Pero entonces recibí una invitación inusitada y pasé bajo los arrayanes, me tomé un café dulce en ese comedor, atravesé en pocos pasos la sala, subí un piso, me abrieron una puerta, me acosté en esa cama, me encontró ahí la tarde y el antojo del aire en la cara, me levanté, fui al baño, sonreí frente al espejo y una voz masculina me llamó desde el patio en el tercer piso de esa casa que creía inasequible. Atravesé el ventanal y se extendió ante mí el pasadizo vertical al cielo que creía que no era mío, sino de ese hombre que me adentró a su casa y a su historia.

Subí y me di cuenta de que no había nada en ese espacio que lo hiciera singular —escombro, tendederos, cilindros de gas, un tinaco negro—, pero me conmoví cuando en esa azotea inasequible se cumplió el intento por ver el cielo de la forma en que ese hombre lo veía. Y se ahuecó en mi pecho el deseo inédito de poseer un lugar en lo alto para mí y nadie más, un mirador privadísimo donde hiciera por adivinar el clima para el resto del día; fumarme un cigarro, un disparate o una por una mis certidumbres; sentir cómo me encumbra el vértigo en las alturas y luego, a ras de tierra, seguir viviendo. Un lugar así como antesala de mi vida secreta, donde otros puedan tener un asomo al íntimo deleite de la contemplación del mundo desde mis ojos.

Y así, desde que bajé por esa escalera en cuyo arranque descansa una bugambilia roja, sigo buscando un mirador particular para ver cómo arde el mundo, cómo pasa allá abajo, lejos, la vida, para tenderme al sol de la tarde y hacer de cuenta que las nubes son las olas de un mar azul, suspendido y etéreo sobre nosotros.

Línea 1

En la cartografía de contrastes dibujada sobre la ciudad, todos tenemos un camino por el que siempre transitamos, un trayecto que nos lleva, trae de regreso, acerca o aleja según nuestra hoja de ruta. Un camino tan irrevocable como la necesidad de desandarlo en la urgencia de volver o salir de casa y que de tanto recorrerlo ya no advertimos las sutilezas que lo transforman o nos han transformado en cada ida y vuelta sobre el mismo. Ese camino tan nuestro, empero, también le pertenece a otros: el andar es compartido y resulta, más que otra cosa, un andar sobre una línea a veces trunca, curva o con atajos pero siempre paralela a tantas otras vidas cuyos caminos, si el azar selectivo así lo dispone, se entreveran con los nuestros.

La Línea 1 del Tren Ligero es mi vaivén cotidiano, la tentadora posibilidad de tomar la vía en el sentido contrario al planeado o cruzar al andén de enfrente y ver allá de qué se trata la vida. Sobre este rumbo descubrí que los lunes tienen al alba un hedor a cigarro y alcohol y la apariencia de un estudiante desvelado: las ojeras marcadas, el peinado confuso, la mochila apretujada. Supe cuánta fuerza, de voluntad y de cuerpo, puede tener una madre menudita para llevar acunado en su pecho todo el peso de un adolescente preso en su parálisis cerebral. Cuando viajaba a la universidad, rompí mi propio récord de lecturas pre-clase en 13 estaciones; conversaba con mis amigas en esa forma ambigua para los terceros, pero clara para nosotras: acompañada de Silvia tomaba el tren de las 9:20 de la noche y nos despedíamos sin ganas en la estación Refugio; con Lucía llegaba hasta Periférico Sur muy de mañana y atravesábamos corriendo y tomadas de la mano los 6 carriles que nos separaban del acceso principal; Paty se bajaba en Tesoro y apenas nos daba tiempo de recordar la tarea para el día siguiente. Pero las charlas más intensas eran con Claudia, el tema de la transexualidad y las diversas variantes de la identidad de género se prolongaba hasta División del Norte.

Subir al tren entre las 8 y las 9 de la mañana tiene la ventaja de que en Juárez se quedan muchos asientos vacíos, y de ahí al Periférico Sur, el viaje incluye un baño de sol si te sientas del lado izquierdo, pero si haces el recorrido a la inversa no verás a tu alrededor sino a todos los pasajeros evitándose unos a otros en el intento de salvaguardar su espacio personal. En las noches de verano, la luna se posa sobre los techos de las tumbas en Mezquitán y delante de ella las palmeras y cruces altas se dibujan negras desde el camposanto. Cerca de Mexicaltzingo las casonas antiguas me hacen sentir que vivo en la ciudad correcta pero en el siglo equivocado. Patria me da pavor: te bajas del tren ahí frente a interminables pasillos altos y entubados que te sacan de la estación pero te abandonan sobre un montón de carriles cuyo tráfico alborota al viento y sacude el polvo que se te acumula en lo que te animas a travesarlos. En Atemajac tuve un desencuentro trágico con abrazos flojos y lágrimas sueltas sobre el puente peatonal. Desde el alto trasbordo en España se puede ver cuán largo es el camino del tren, por dónde viene la lluvia y  tierra roja en el cerro del Tesoro.  En Santa Filomena hay fiesta en agosto, adornan el parque y sus alrededores con papel picado y parece que allí es la plaza de algún pueblo y no un parque diminuto junto a una avenida de 8 carriles y un paso a desnivel. Hay otro parque en Urdaneta, siempre verde, recóndito. En Ávila Camacho vi un atardecer rosado y quise quedarme ahí hasta que se despintara todo y el cielo se pusiera gris y luego negro. Una mañana se subió en Washington un hombre que reconoció mi cara y yo olvidé su nombre por grabarme el tono verde de sus ojos y la forma en que se le revolvía el pelo. Andar por Isla Raza es como cruzar isla tras isla como en un vasto océano, sólo que huele a rosticerías de pollo y lo ves todo desde un camión lentísimo: esa estación siempre ha sido para mí sólo de paso. En Periférico Norte, Dermatológico y 18 de marzo, tal vez haya una magia que todavía no encuentro, o no la vi o simplemente no hay  nada, o puede que ahí anide un recuerdo sin ser vivido todavía.

El trasbordo a la Línea 2 es tan idílico como paradójico: hay un beso en ese entrecruzamiento que no termina nunca, una galería de arte siempre visitada y pocas veces vista, una prisa a todas horas subiendo y bajando las escaleras en las 6 salidas posibles al mundo del caos que camina sobre esta línea subterránea. La avidez por hacerme un destino me encuentra siempre justo cuando se vacían los vagones y la masa de vidas paralelas se disuelve mezclándose para cambiar de andén, cruzar de norte a sur, a Línea 1 o Línea 2, y todas sus combinaciones posibles, en ese arrojo me da por atravesar en diagonal, como se surcan mejor las olas altas, ese remolino viviente para salir rumbo al Parque Revolución, sintiendo cómo trepa desde mis piernas, y se atora entre mi corazón y mi cabeza, esa sensación placentera y espinosa que acompaña el andar de quienes fluimos por la vida a contracorriente.

El puente de La Normal

Cuando un lugar que creías inamovible en tu hoja de ruta desaparece, se violenta la memoria. Vienen de golpe un recuerdo, mil recuerdos, y entre ellos el de la última vez que estuviste ahí. No lo crees y vas y observas. Te cercioras, pero sólo encuentras el escombro de sus restos, la tierra revuelta sobre la que se erigía. Ese lugar nunca fue tuyo. Sólo te queda la sensación de pérdida, como si te hubieran arrebatado algo. Y sin la evidencia, las memorias tuyas allí alojadas desaparecerán, se convertirán en un recuerdo del recuerdo, en algo que alguna vez recordabas, en un vuelco en el corazón, una reminiscencia inexacta, un intento por recordar.

Ya no hay puente en la glorieta de la Normal. Una máquina demoledora lo derrumbó. Ya no están ahí mis hermanas despidiéndose sonrientes, mientras yo niña intento no llorar y mi papá arranca el Datsun. Tampoco estoy cruzándolo todos los días con mis sobrinos de la mano, ni todas mis incontables yos a todas horas subiéndolo, bajándolo para ir al parque vertical, saltar el tráfico, comprar dulces, tomar el camión, esperar una cita. Del puente curvo sólo me queda una fotografía en desde su punto más alto tomada con la cámara fotográfica de un celular. No la hice yo. De haberlo hecho hubiera enfocado el reloj de la Parroquia de Nuestra Señora del Sagrario o el punto de fuga donde nace  la calle y se alcanzan a ver las torres amarillas y puntiagudas de la Catedral. Pero quien decidió la perspectiva, lo hizo y rescató sin querer la imagen del panorama de la glorieta arbolada, la fuente con sus arcos de agua, las nubes color salmón que pintaban el cielo en esa tarde, y la vista en lo alto desde el puente, que no fue mía pero sí la última que vieron mis ojos desde ese lugar. La foto con su perspectiva es la prueba irrebatible de que hubo un puente y de que allí en lo alto me ocurrieron cosas. Aunque en su lugar haya un socavón y pase un tren bajo la tierra.

Epílogo o fin del paseo

Ya no sé si ando por delante de mis recuerdos, si ellos van conmigo, o sin darme cuenta ya retrocedí. Pero cada día camino y camino esta ciudad, y de tanto hacerlo me pierdo en las memorias de antes y las que todavía no se acumulan. Hay un deseo indómito de olvido, y  entonces busco lugares dentro de este territorio, pequeños rincones para desconocer las coordenadas entre las que habito, para olvidar, o que la ciudad entera me recuerde otras cosas, y si no es así que no exista. Pero nada se borra, todo se superpone. Ningún camino se desanda, no hay mapa alguno sin reminiscencias del anterior. Una sola esperanza: tal vez esta ciudad, y todo lo que me recuerda, deje de existir cuando la deje de caminar.

 

Fragmentos del texto original, que a su vez forman parte de un proyecto más extenso de la autora.

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