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Divague: Revista de ensayo literario | De los tilichentos

De los tilichentos

Totem No. 7, 2009-2011 © Alain Delorme. http://www.alaindelorme.com/works-totems#

Totem No. 7, 2009-2011 © Alain Delorme.
goo.gl/pPw31e

 

Por Juan Carlos Campa

No toméis nada para el camino, ni bordón,
ni alforja, ni pan, ni dinero, ni llevéis dos túnicas.
Lucas, 3.1416

Kant decía que no podemos imaginar las cosas sin espacio, pero sí, en cambio, pensar un espacio sin cosas. La excepción es el tilichento. Enemigo del vacío y de la nada, no es capaz de concebir un lugar en el que no prodigue la acumulación de objetos. Es un conservador y no renunciará a los objetos de su fascinación.

Existen tres criterios para clasificar al tilichento: por el tipo de objetos que conserva, por el espacio reservado para el amontonamiento y, finalmente, por el espíritu que anima la perpetuación.

Al primer grupo pertenecen el deportivo, el turístico, el religioso y el conmemorativo.

Al segundo, el automovilístico (como teme viajar solo, se hace acompañar por documentos muy importantes, herramientas, e incluso platos y vasos), el rinconero y el hornero (dime que hay en tu estufa y te diré quién eres).

Al tercero, el prevenido, el recordador y el estético.

El prevenido conserva aquellos objetos que ostentan una etiqueta que dice paralgomehandeservir, categoría  que incluye alambres, cintas, clavos, cuerdas, tornillos, tuercas, lámparas, conexiones eléctricas, focos fundidos, estopa, traperío y botellas, botellones y botellitas —está plenamente convencido de que puede corregir el desperfecto de las cosas con el recambio de alguno de sus elementos.

El prevenido también conserva papeles, especialmente si son documentos de instituciones bancarias, compromisos legales, periódicos o revistas: porsiseofrece. Poco importa que las instituciones hayan desaparecido, que los compromisos estén cancelados y que los impresos estén invadidos, colonizados y expropiados por el moho. En uno de sus pasatiempos preferidos, enciende el radio Philco de bulbos, la televisión, la grabadora o el bíper: quizá en esta ocasión, el tiempo, que lo cura todo, haya reparado el daño; quizá esta vez, en cuanto los encienda, comenzarán a canturrear, a recibir ondas, a urgir su presencia para una junta. Constatado el desperfecto, que nunca reconocerá como definitivo, les promete a las cosas que un día, algún día, su corazón volverá a latir. Pero antes de emitir el juramento intenta abrir el paraguas y se pone el sombrero del abuelo.

El recordador, también conocido como sentimental, humaniza las cosas, y por ese motivo no puede deshacerse de ellas. Eliminar los objetos sería tanto como borrar la memoria que tiene sujeta a un referente material, y eso no sucederá.

El recordador no debe confundirse con el conmemorativo, puesto que éste posee una inclinación definida por objetos vinculados a fechas especiales: un bautizo, una primera comunión, la quinceañera, la boda, la graduación y el funeral le proporcionarán los primores de su devoción.

El estético es el único capaz de reconocer la belleza y la sensualidad de los envoltorios de celofán, de los moños, del ribete, de las canastas, de los arreglos florales y del colorido puerquito de cerámica. Entre más grandes, mejor. Es el único competente para admirar lobienquestánhechaslascosas. Por eso no puede botar la caja metálica de chocolates, ni las envolturas respectivas que conserva en la caja misma. En algún momento de la vida del estético apareció la composición formada por el tambo, las bolsas, una lona, varias botellas y la caja de tomate. La belleza del arreglo se volvió irresistible, y ya —alma blanda— no pudo desprenderse de ella.

A la clasificación podrían agregársele grados, pero eso es lo de menos, puesto que la realidad muestra una serie de mixturas, cruzamientos, embrollos e incluso mutaciones que el lector puede pormenorizar sin dificultad.

El tilichento ama la preservación, pero está cautivado por lo transitorio. Quizá por eso es un apasionado por los contenedores: bolsos, cubetas, cajas, cajones y cajitas. De formas y tamaños diversos. Estampados y sin estampar. Objetos que, además, habrán de apilarse formando composiciones revueltas, caprichosas, ondulantes y vastas. Por eso ama el barroco.

Y la realidad contribuye con el tilichento, conocedor de las artes de la acumulación y del atiborramiento: los objetos se le van arrimando, le sonríen con simpatía, y ya no tiene más remedio que concederles visa franca a sus reinos, que son infinitos.

Celoso de su heredad, sabe cómo formar a las generaciones futuras: cuántasvecestedichoquenotireslabasuraenlacalle. No, porque la basura (como rezan los principios de esta doctrina) debe conservarse en casa.

Y no hay peor atentado, infamia, injuria o maldad que adquiera proporciones verdaderamente diabólicas que limpiarunpoco. Si se le presiona, si por algún motivo siente la más mínima amenaza en las fronteras de su reino, sabrá defenderse: ultimadamentesonmispinchescosas. Su orden es de otro mundo: el suyo, y es él el único que puede comprenderlo a la perfección.

Si viaja, conforme se aleja de sus dominios —león enjaulado—, el prurito del vacío comenzará a provocarle desazón. No hay problema: un paquete, los boletos del viaje y los restos del refrigerio serán suficientes para entrar en ambiente.

En atención a la dialéctica del amor, el tilichento suele vincularse con un ordenador. La convivencia diaria les hará llevaderas las amarguras de la vida. Emularán la pareja primigenia eros/caos que Hesiodo explica en su Teogonía, dialéctica infalible para una relación duradera.

Si tuviera un oficio que desempeñar, con gusto haría de ropavejero, personaje que retrató el inolvidable Cri Cri en su canción del mismo nombre:

Ahí viene el Tlacuache
cargando un tambache
por todas las calles
de la gran ciudad
El señor Tlacuache
compra cachivaches,
y para comprarlos
suele pregonar.
¡Papeles que vendan!
¡Periódicos viejos!
¡Tiliches chamuscados
y trevejos cuatrapeados!
¡Cambio, vendo y compro por igual!

Y debe hacerse notar el desorden, el desaliño, el desarreglo, la desfachatez y todos los deses habidos y por haber que sugiere el grupo consonántico ch; probablemente por eso fue desmembrado por los académicos, probablemente también por eso la mayoría de estas palabras carecen de carta de residencia.

Y los tilichentos tienen momentos y representantes dignos de subrayar.

Ludovico Ariosto, en el Orlando furioso, señala que la Luna es el lugar al que van a parar todas las cosas que se pierden en la Tierra: «cosa», para el poeta italiano, —como para el tilichento—, posee un sentido muy amplio (los ejemplos respectivos se enumeran al final del texto).

¿Don Alonso Quijano no era un tilichento portentoso y descomunal? Porque, cuando llegó el momento de desfacer agravios, enderezar entuertos y proteger doncellas, fue al cuarto de los triques y «Lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón»[ref]Don Quijote de la Mancha. Nota extraída de uno de los ejemplares que regaló el presidente con botas, pág. 31.[/ref].

Don Alonso es un tilichento heredero: uno no se deshace de las cosas de su abuelo, bisabuelo o tatarabuelo así como así. No importa la condición en que se encuentren. La lección es clara. Se permite olvidar, descuidar; pero de tirar, nada.

Quizá el más ilustre tilichento fue Newton. El físico inglés era famoso por la enorme cantidad de papel que embadurnaba con fórmulas y trazos matemáticos. En una ocasión fue visitado por William Halley. Como el astrónomo estaba enterado de los progresos de Newton, le solicitó una fórmula para calcular la regularidad del cometa que había descubierto. Newton comenzó a buscar los apreciados cálculos. Revolvió los papeles de las mesas, el interior de los cajones y la parte anterior de los libreros. Extenuado por la búsqueda, entonces se arrinconó en su mesa, miró el techo, arregló su peluca y calculó de nuevo. Culminó, y extendiéndole los garabatos a Halley, le dijo: «Ten, para que luego no digan que no encuentro las cosas».

Borges escribió en 1921 una carta a Jacobo Sureda en la que proyectaba escribir una novela en colaboración con Macedonio Fernández. La novela se titularía El hombre que será presidente: el asunto era el complot urdido por un grupo de maximalistas que pretendían hacerse de la presidencia argentina. El método consistía en exasperar a los ciudadanos mediante la descompostura sistemática de los objetos, además de poblar las calles con una buena cantidad de cosas inútiles como los barómetros. No daba más ejemplos, pero puede uno suponer un paraíso para el tilichento: jardineras enormes y sin plantas, fuentes abandonadas, llantas, semáforos torcidos y sextantes en cada esquina.

Es muy probable que el tilichento exprese en el exterior material lo que le sucede en el interior mental. Por ello existen tiliches del pensamiento y del corazón (en esta parte se cumple la lista de Ariosto): los guantes que usabas para acariciar, la ventana rota por la que sueles mirar cuando es necesario hacerse daño, sentimientos de peluche, bolsas de ideas descoloridas, el método de matrices para solucionar un sistema de ecuaciones, los resortes ajados de la voluntad[ref]Disculpas, la frase no es mía, no recuerdo al legítimo propietario.[/ref], dos tardes encima de un violín, tres o cuatro arrepentimientos en una bolsa que está dentro de una caja húmeda y cobarde, una serie navideña, dos miradas que no devolviste, llamadas sin responder, varias mentiras inútiles, una verdad completa todavía con su cáscara, un tambo de promesas, encima otro mayor de advertencias, expedientes abiertos, la tabla periódica de los elementos (de memoria), un trenecito, la mayoría de los yotelodije, la teoría de conjuntos, un maullido, una botellita con lágrimas, una tortuga inflable de cuando el lenguaje se fue de vacaciones[ref]Ésta sí, de Wittgenstein.[/ref] y la esperanza, muerta al último y con la boca abierta.