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Divague: Revista de ensayo literario | De llenar vacíos

De llenar vacíos

De llenar vacíos

Fotografía de Fernando Osuna.

Por Nadia Galina

En ocasiones me descubro rellenando los espacios vacíos de las letras; muchas veces hasta recurro a una segunda lectura sólo para, al ir leyendo, deleitarme con las palabras que contienen varias letras con espacios redondos: cuando doy con palabras como bamboo o apogeo no veo la hora en que por fin queden llenos los espacios; como en todo, esta manía tiene sus partes negativas: los espacios alargados como los de la e, o el espacio inferior de la g en algunas fuentes, en lo personal me causan desazón. Claro que ésta es una neurosis mía; no dudo que haya otros maniáticos a quienes tales espacios les provoquen un especial placer.

Tomando en cuenta que en el alfabeto en mayúsculas sólo hay siete letras con espacios a rellenar  (A, B, D, O, P, Q y R) y que en minúsculas hay ocho (a, b, d, e, g, o, p, y q) los textos en minúsculas me provocan más goce que los textos en mayúsculas; afortunadamente éstos son pocos y breves (en su mayoría publicitarios). Por otro lado, el cincuenta por ciento de los números son rellenables, y con la ventaja de que el ocho tiene no uno, sino dos espacios deseosos de contener algo, lo que sea: un punto, una raya, un garabato que llene parcial o totalmente el número.

Las diferentes tipografías permiten que la manía se perfeccione y llegue a un grado de sofisticación tal, que alguien podría reservarse el derecho de ejercer su manía sólo en textos con fuentes como Old English Text MD o Castellar, donde los espacios son tantos y de tan variadas formas, que ameritan usar varias tintas.

De repente los catálogos tipográficos se convierten en una carta de restaurante. ¿Qué le puedo ofrecer? Una ligera Lithos Pro Regular, la clásica Arial, o algo más fuerte, como Harrington o una Franklin Gothic Demi de espacios pequeños (y esto sólo en Word).

Después de una breve investigación, encontré que estos espacios se llaman contraformas o contrapunzones, y al parecer los diseñadores tipográficos se rompen la cabeza para diseñar letras cuyas contraformas sean agradables a la vista con el fin de hacer la lectura más amena; mientras más definidas son éstas, más fácil es la lectura. De hecho no es tan simple como un “hueco” en las letras; hay contraformas abiertas, como la de la h, la r, o las de la m; y cerradas, como la de la o ó la b. Las alargadas, regresando al tema de la e, se llaman ojos u ojales. En tipografías como Bauhaus 93, la belleza radica en que no hay espacios cerrados excepto el de la o, la Q y el 8; todos los contrapunzones están abiertos, entonces todas las líneas se mueven siguiendo esta premisa.

En realidad no sé por qué desde un principio llamo a estos espacios “vacíos”; efectivamente no contienen ni aire, no obstante están llenos de sentido, de estilo y diseño. Entonces, ¿qué nos lleva a mí y a tantos maniacos a tomar una pluma y saturar con tinta estas diminutas áreas? ¿desde cuándo la humanidad practica esta costumbre? ¿Los vikingos desquehacerados habrán rellenando los espacios triangulares entre las runas? ¿Se tratará de un vacío existencial?, ¿una perene sensación de vacío?, ¿u honestamente mera ociosidad?

Según algunos que dicen saber, quienes tienen este hábito sufren del actual y común TDA (Trastorno de Déficit de Atención); las tareas un tanto minuciosas y obsesivas ayudan a la persona a mantener su atención en una actividad. Otros dicen que es un TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo), en el que el simple hecho de que haya vacío entre las letras es causante de estrés; entonces el obsesivo se ve obligado a llevar a cabo esta laboriosa y pesada tarea que los diseñadores tipográficos o los impresores dejaron a medias.

Para descubrir si el motivo que desataba en mí esa manía no era un triste vacío existencial, me di a la tarea de hacer ahora un arduo experimento, y los resultados fueron los siguientes: la mayoría de las ocasiones lo hago cuando estoy escuchando a un hablante pomposo y lo único que tengo a la mano para controlar mi ira por estar perdiendo mi tiempo son una hoja impresa y una pluma. La otra es cuando algún familiar está hablándome sobre algo de verdad importante, cuando sé que tengo la responsabilidad de algo y me lamento no haber estado consciente de ello antes; entonces evito mirar a los ojos de la gente, agacho la mirada y me concentro en buscar los de las letras. Esto es una grosería, lo sé; aunque peor sería aparentar que no hay ningún problema, eso sí hablaría de un vacío existencial.

En mí, creo que es un intento de dar color a un texto o un contexto donde algunas áreas (no vacíos) necesitan un toque pintoresco; una chispa de dinamismo en las letras impresas ya estáticas e inamovibles. Convierto mi mundo en algo más llevadero gracias a los colores que decoran las letras que lo acompañan. Me gustaría conocer a alguien con esta misma práctica; me quedan todavía tantas dudas sobre este mundo.

Si está pasando por un momento aburrido (como el análisis del presente texto, en caso de no ser de su agrado), por una charla durante la cual quiera evitar miradas, por un rato de ocio o por cualquier otro motivo, este texto contiene mil trescientas dos contrafuentes (los ojales no los conté) que usted puede o no rellenar.