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Divague: Revista de ensayo literario | De la utilidad de los libros

De la utilidad de los libros

TOMADA DE www.terra-z.ru
Por Juan Carlos Campa

Los libros son objetos de valor incalculable. Uno no puede comer, conversar o jugar ajedrez en una mesa que se encuentra a desnivel (el plato se ladea, los codos no consiguen apoyarse con firmeza, las piezas se mueven), situación molesta ocasionada porque alguna de las patas es más corta o más larga que las demás; en este caso, y si no contienen muchas páginas, los libros pueden emplearse a modo de cuñas, y ya cuando la superficie se ha emparejado es posible proseguir en las actividades mencionadas con la mayor de las comodidades.

La intimidad es un bien preciado y personalísimo, de ahí que los libros sean excelentes auxiliares para mantenerla descubierta, o, en su caso, a buen resguardo. Las puertas y las ventanas son cómplices, pero pueden llegar a ser también testigos de cargo: por eso uno debe cerciorarse de que mantengan la debida compostura de acuerdo a la muy personal necesidad. ¡Cuántas tragedias y traumas infantiles pudieron evitarse de mantener debidamente velado cierto espacio! Los libros pueden asegurar las hojas de las puertas, y evitar que las batientes de las ventanas se abran inoportunas. En sentido inverso, si el interés es la notoriedad del aquí estoy, o el relumbrón del ya llegué, entonces nada como un libro para evitar que las puertas o ventanas se cierren y confundan o, incluso, pierdan el mensaje que se les ha querido conferir.

El interior de los libros es también de auxilio inmejorable. Sirven como carteras cuando uno tiene que realizar un trámite de mucha importancia y teme perder el documento que será exigido para el pago, el cobro, la inscripción, la suscripción, la validación o la revalidación ante alguna institución. Y pueden ser álbumes del recuerdo: entre las páginas pueden conservarse cartas, fotografías, flores marchitas, una estampita de la Virgen de Zapopan, boletos, billetes y la envoltura de un dulce que nos regaló una novia que quisimos mucho. Si se coleccionan separadores, son el lugar idóneo para preservarlos.

Los libros son buenos para aprender a dibujar. Siempre ofrecen el espacio suficiente para llenar el blanco vacío con un paisaje de palmeras, una mujer de cabellera negra, un monstruo, y cuando se ha alcanzado la abstracción suficiente, espacios geométricos mágicos como los de Escher o composiciones no figurativas como las de Kandinsky: dibujos democráticos que uno garabatea ante situaciones insufribles: bacterias oblicuas, insectos multiformes, edificios indecibles. Cualquiera experimenta este entretenido devaneo: la actitud se revela en el trazo, trazo que siempre genera otros sucesivos. Éste apurará tarascadas puntiagudas y filosas; ése acariciará un círculo que sólo culmina para volver a comenzar; aquél le pondrá cabellera de fuego a un enano montado en una tortuga que asomó la cabeza del tronco de un árbol.

Si en el margen de la página se dibuja un monito que en las páginas sucesivas se repite, pero con cambios lentos en la posición, entonces se tiene el principio del cine, y se puede hacer una diminuta y entretenida caricatura. Al pasar las hojas con rapidez, el monito se moverá. Las posibilidades creativas de esta diversión carecen de límites. Además del monito: carros chocones, naves espaciales, barcos y un soldado disparando.

Si el libro está ilustrado, entonces las imágenes pueden alterarse. Si Marcel Duchamp le puso bigotes a la Mona Lisa en 1919, y Jim Henson montó sobre el cuadro el rostro de la cerdita Piggy, ¿por qué uno iba a evitar emularlos? Los textos de historia son particularmente útiles para esta práctica —los entendidos dicen que es una manera en que la juventud se apropia del conocimiento—. De este modo, Hernán Cortés evitará los rigores del sol con unas gafas oscuras, Sor Juana tendrá una barba carrancista; Miguel Hidalgo lucirá un peinado punk y Benito Juárez tocará una guitarra eléctrica. Además, a las imágenes se les pueden añadir globos, para escribir en ellos exclamaciones, afirmaciones o preguntas de cualquier índole. En el mismo sentido pueden incluirse atributos escatológicos o sexuales de singular picardía. Después de todo, no sólo es una forma de apropiarse de los próceres, sino además de devolverles su carácter humano. Muy héroes y muy célebres, pero igual tendrían que ir al baño, y estarían obligados a satisfacer otras —no menos humanas— necesidades.

Los libros también se visten. De saberlos escoger y combinar con los colores y formas de la ropa, pueden ser una prenda que rivaliza incluso con la corbata. Son buenas tarjetas de presentación: eligiéndolos bien uno puede pasar por inteligente, sensible, intelectual, estudioso, matemático y hasta poeta. Si resulta incómodo andar por el mundo con las manos vacías, los libros son un recurso inapreciable para los tímidos: traer algo en las manos ofrece siempre cierta seguridad, sobre todo cuando se pretende ingresar a lugares concurridos por desconocidos.

Si son delgados, como abanicos; si son largos, para rascarse la espalda; paraguas para la lluvia, sombreros para el sol. Los libros pueden emplearse para cruzar charcos con éxito y evitar que los pantalones se mojen. Si el pasto está crecido y húmedo, uno puede sentarse en ellos; apilados pueden formar un improvisado pero cómodo banquito. Si uno debe rezar y no hay lugar para hincarse, permiten componer un reclinatorio. Con el ingenio debido y respetando las leyes de la física son útiles para alcanzar objetos que se encuentran a determinadas alturas. A la hora de la siesta puede dárseles el uso de almohadas, durante la duermevela; si la iluminación es molesta, abiertos y colocados sobre la cara formarán un biombo que evitará la insidia de la claridad. Los libros antiguos deben emplearse en invierno, pues son más cálidos; los nuevos en el verano, pues son más frescos. Y el olor de sus páginas: cuando el sentido del olfato está especialmente desarrollado, agudiza los efectos somníferos.

Los libros sirven para comprobar el funcionamiento del lápiz, de la pluma, del pegamento, del punto rodante del corrector, de las navajas y de las tijeras. Además son útiles para anotar direcciones, teléfonos y recordatorios que uno tiene particular interés en traspapelar. Pueden regalarse, y uno siempre queda bien porque ¿quién no recibe con beneplácito un libro como obsequio? Si se sujetan con firmeza funcionan como pesas para hacer ejercicio, con la ventaja de que el peso podrá incrementarse en una relación directamente proporcional a las destrezas que paulatinamente se vayan adquiriendo.

Debajo de una taza evitan que las bebidas calientes maltraten la superficie de las mesas; pueden tapar la boca de los vasos; pueden utilizarse como platos, aunque dicho uso está restringido a las comidas sólidas. La estrategia no deja de tener su ventaja: se arrancan las páginas utilizadas y entonces el libro queda listo para emplearlo de nuevo como plato desechable.

Los libros pueden ocultar objetos insospechados. Por ejemplo, en la película The Shawshank Redemption, Andy Dufresne (Tim Robbins) oculta un gastado martillo en una Biblia que le permite fugarse de la prisión. Dice Ellis Red Ridding (Morgan Freeman):

La geología es el estudio de la presión y el tiempo. Eso es todo lo que se
necesita. Presión y tiempo. Eso y un póster enorme. Como dije, en la cárcel un
hombre hace lo que sea para mantener su mente ocupada. Resulta que el hobby
de Andy era llevarse la pared de su celda al patio poco a poco.

Los libros, además, permiten aplastar toda suerte de incómodas alimañas como cucarachas, moscos, moscas y mosquitos. Cuidadosamente abandonados facilitan la crianza extensiva de hongos, ratas y ratones que pueden emplearlos como madriguera y también como alimento. Algunos de ellos son útiles para emplearlos como armas arrojadizas, y si son de buen tamaño, como armas defensivas: Napoleón, cuando era niño, los utilizaba para simular barricadas. Era una exageración, pero algún provecho puede sacarse del imperial entretenimiento: quizá no sea necesaria la barricada, pero un muro portátil siempre es necesario para pasar inadvertido, ocultarse y no ser reconocido por alguien con quien no se quiere hablar.

Los perros —auténticos devoradores de libros— los consideran juguetes inapreciables. Los gatos, a su vez, los emplean para poner a prueba sus virtudes malabarísticas, pues a la par que van encajando sus uñas, suelen arrojarlos al suelo, al mismo tiempo que se cuelgan y columpian de ellos. Cansados del pasatiempo, duermen plácidamente encima de los volúmenes, en posturas verdaderamente fantásticas.

Para una manifestación ideológica, para una fogata o para encender el horno, son insuperables: arden muy bien. El aquejado de desesperación puede dedicarse a deshojarlos con rabia, medida que le sentará como terapia más que indicada, pues de ese modo podrá desahogarse y así recuperar la tranquilidad. Con los libros es posible practicar todo tipo de deportes: son sustitutos más que funcionales de los balones y las raquetas. Si se quiere jugar beisbol, como bat, como pelota y también para marcar las bases del diamante. En su interior puede jugarse gato.

Las abuelitas pueden emplear sus páginas para guardar agujas o alfileres.

Si el apuro es higiénico, sirven para sonarse la nariz, o en el baño. (Ciertamente hay libros cuyo papel es áspero: para estos menesteres es más que recomendable emplear las páginas de los libros sagrados, que suelen ser muchas y muy suavecitas. Después de todo la higiene es la higiene, y una urgencia, una urgencia).

En la obra Cyrano de Bergerac, de Edmond Rostand; Lisa, la esposa de Ragueneau (excelente pastelero, pero pésimo poeta) ofrece una muy buena idea: los utiliza como surtidores de cucuruchos para vender postres. Un vendedor de cacahuates, guasanas o habas con chile podría emplearlos del mismo modo. Si se colocan en libreros, detrás de la hilera que suelen formar aparece un hueco que es muy práctico para guardar o esconder botellas, papeles importantes, expedientes personales, recibos de la luz o del teléfono. Finalmente pueden abandonarse y llenar cajas con ellos.