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Divague: Revista de ensayo literario | Cuando bailo, bailo

Cuando bailo, bailo

cuandobailo

 

Por Tania Casillas

Nunca he buscado un diagnóstico de ansiedad porque no creo en las enfermedades mentales, pero sé que eso tengo porque esa palabra, con su firmeza en la ene y la ese, describe lo que siento cuando no estoy concentrada en el momento: con la urgencia de estar en otro lugar, con necesidad de mover mi cuerpo; el sistema nervioso manifestándose detrás de los codos y rodillas; comezón en la cabeza y pantorrillas entumidas.

Un vaso de agua para seguir escribiendo y ver si la ansiedad sale de mi sistema como si fuera cafeína, que tan mal interactúa con mi capacidad de controlarme, pero que tanto me encanta en agua caliente.

Rayar de nuevo sobre las palabras que decidí no utilizar en este ensayo, otro vaso de agua, una mirada por la ventana y tratar de volver al carril de pensamiento, leyendo lo anterior.

Comezón en las orejas ¡qué tic tan desagradable!, siempre olvido detener mi mano antes de rascarme los oídos, pero me acuerdo de mi propósito de no hacerlo más hasta que estoy preocupada de haberme lastimado el tímpano y creado una deficiencia física que ahora sí me lleve al hospital psiquiátrico.

Las enfermedades mentales existen: conviví con la esquizofrenia y conozco los efectos del alcoholismo en la mente de las personas afectadas; he presenciado las consecuencias de los suicidios frustrados; sé sobre personas bipolares; hay científicos estudiando los cerebros de psicópatas, y otros tantos tranquilizando enfermos mentales al explicarles que se sienten así por la falta o exceso de químicos en su sistema.

¿Será que mi sistema endocrino no funciona bien? De nuevo el apretar de dientes. ¿Cómo voy a explicar mi punto de vista? ¿A qué hora voy a terminar este ensayo?

También sé que -debido al consumo drogas o un accidente o trauma- las personas desarrollan enfermedades mentales; sé que hay estudios, simposios, publicaciones… pero no creo en los tratamientos médicos para tratar las enfermedades mentales.

El déficit de atención, por ejemplo. Le di clases a un niño con este diagnóstico. Fue complicado y exhaustivo, requirió de mi creatividad, firmeza y habilidad para conectar con los estudiantes, pero, después de 12 horas (dos clases sabatinas) no era más que un chiquillo berrinchudo. Cuando le dije a su madre que él tenía fortalezas en clase, ella parecía aliviada, el hijo no parecía tan temerario e incontrolable después de todo.

Me viene el futuro de nuevo -y el pequeño dolor de cabeza- al pensar en aquello que tanto me han repetido cuando cuento esta historia para justificar que no soy partidaria de drogar a los niños, o de dejar de darles dulces para que no se pongan -como les llamó una mujer, “himperactivos”, o sea, hiperactivos que se imponen-: “tú no tienes hijos”, “sólo veías al niño por 6 horas a la semana”, “lograste que te hiciera caso porque estaba tomando sus medicamentos”.

Y la comezón de nuevo. Estiramiento de brazos y lectura de lo anterior para ver si la ansiedad desaparece y puedo continuar escribiendo.

Las medicinas psiquiátricas en los adultos. No conozco a una persona, diagnosticada con esquizofrenia, con una vida funcional. Hay casos que se desataron en una circunstancia regular de la vida y las personas nunca pudieron volver a su rutina. Como aquella familia que perdió mucho tiempo pensando que el enfermo estaba embrujado, llevándolo a limpias y rituales. Cuando por fin lo vio un doctor era un inválido dependiente de sus padres ancianos. Las medicinas eran la única opción y lo mantienen como autómata.

En Cuba hay grupos de ayuda donde los esquizofrénicos llevan una vida normal con medicina y apoyo emocional. Tal vez podrían ser felices sólo con la terapia grupal, sin las medicinas.

No sé si me levanto a cerrar la ventana por los nervios o porque realmente está frío el ambiente.

Sufrir por el pasado, pensar en el futuro, desperdiciar el presente, y todas esas maneras incorrectas de vivir que se describen en los estados de facebook, son la causa de la ansiedad.

Desaprobación de la madre, heridas de la infancia, rechazo paternal, falsas expectativas, ojalá pudiera encontrar la causa de mis problemas mentales. Sacar el aguijón de lo que me enferma antes de escudarme en la enfermedad misma para seguir comportándome erráticamente.

Por eso no creo en la medicina para tratar enfermedades mentales. Cierto es que quiero soluciones rápidas (como cuando los presos para los que interpreto del inglés al español, quieren una medicina que los haga dejar de sentir el encierro), pero también tengo esperanzas en la observación y vigilancia constante de la mente.

Quizá la salud está en bailar cuando se está bailando, en dormir cuando se duerme, y en escribir cuando se piensa, como dice Montaigne.

Escala de ansiedad y depresión de Goldberg:

¿Siente que nada vale la pena? A veces, hasta lloro.

¿Ha estado muy preocupado por algo? Ya dije que soy aprensiva.

¿Se ha sentido muy irritable? Solo cuando me preguntan que si estoy enojada.

¿Ha tenido dificultad para dormir? Tomo té de tila.

¿Ha estado preocupado por su salud? Temo enfermarme de diabetes.

¿Ha perdido la confianza en sí mismo? Cuando escribo ensayos de cosas que no tengo ni idea.