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Divague: Revista de ensayo literario | Cual Colón en el Oxxo

Cual Colón en el Oxxo

Cual Colón en el Oxxo

Fuente: 1950s Ads, en Pinterest

 

Por Héctor Ibarra

Ha sido un mes lleno de descubrimientos personales. El primero: después de 15 años sin probar un Chocotorro lo volví a hacer y puedo decir que es el hermano glamoroso, guapo y generoso del Gansito (le da una paliza). El segundo descubrimiento pasó en el Oxxo mientras comía mi segundo Chocotorro del mes.

El mismo espíritu aventurero que me hizo engullir un pastelito color rosa flamingo me llevó al estante de revistas. Tome un periódico flaco que en primera plana tenía a un motociclista muerto. El periódico se abrió ante mis manos y comencé a leer; imágenes y texto. Pagué 15 pesos por mis dos mercancías y salí de la tienda con el periódico doblado. Siempre hay una forma de enrollarlo para tapar los culos, las chichis, y los cuerpos desmembrados que caracterizan sus primeras planas.

Me sedujo, me hizo comprarlo y llevarlo hasta mi casa como un cachorrito. Nunca en mis más de ocho mil días en este planeta había tenido un metro en mis manos. «la voz de jalisco». ¿Qué es el metro? Es muchas cosas y puede ser muchas más. Por ejemplo: puede ser un sombrero y puede ser un animal, puede ser una persona conocida, puede ser un espejo, es tinta y papel, puede ser una pieza de arte contemporáneo, puede ser un escudo, y puede ser un excusado. A lo que voy es que en sí mismo es una cosa y ya para cada quien es otra muy diferente. Ésa es la razón por la que mi relación con él nunca será sincera.

Estuve a punto de partir de las ideas que tenía al respecto de este tipo de materiales comunicativos.  Durante años juzgué a los puestos ambulantes que lo vendían y a las personas que, como lo acabo de hacer, doblaban bien las hojas  para esconder la sangre y nalgas de su portada. Siempre mantuve el miedo a lo desconocido y el asco a lo que no había probado. Juré un odio solemne a los responsables de ensuciar mis mañanas con frases pseudo­cómicas para referirse a muertes ajenas o cuerpos encuerados. Pero ahora no me siento de la misma forma y lo tengo frente a mí. Por eso este encamorrado ensayo pretende  encontrar y resaltar las virtudes de estas publicaciones diarias, pues si hemos dejado de juzgar a los libros por su portada por qué no hacerlo con su primo lejano el metro.

Virtudes básicas del metro:

Tiene 11 años como publicación, por lo cual ya pertenece al acervo histórico­cultural. Por sólo ocho pesos recibes cuarenta páginas a color con una excelente resolución en imágenes. Contiene información de muchos temas, lo cual amplía la gama de conversación con tus conocidos y puede ser un objeto que compartir con personas que vean un interés en las páginas donde tú no lo encuentras.

Virtudes complejas del metro:

Ofrece un vocabulario actualizado y complejo que recuerda las palabras habituales que construyen nuestra realidad social, por lo que previene el vergonzoso «en la punta de la  lengua». Este periódico es una bitácora detallada del desastre, por lo que podemos tener fe en figurar un día entre sus textos mortuorios. Cerca de una quinta parte del texto son fechas y horas precisas de los accidentes, las muertes y discusiones, por lo que traza una agenda fatal minuciosa y comprometida con la objetividad. ¿De qué servirá saber con exactitud las horas y los minutos de los hechos trágicos narrados?

En la página 16 aparece el Papa Francisco con Obama y, si se mira a contraluz, el Papa se sobrepone a un camión que cayó en una zanja en la página posterior. Página 10: «Improvisan ataúd», «Dejan cadáver dentro bolsa». Además de ser una frase mal redactada, en la parte inferior de la hoja y debajo de las fotografías de bolsas negras con cuerpos dentro, está el obituario cotidiano con los muertos que no lograron la noticia gráfica pero que de algún modo se les aprecia y menciona con gusto. Hay cuatro muertas con el nombre en común de ­María.

El metro es una comida balanceada; está lleno de quejas locales, la muerte del día en la página ocho, diez páginas dedicadas a deportes, cinco a accidentes y detenciones, el horóscopo, los resultados de la lotería, los anuncios clasificados, promociones eróticas y esotéricas y un par de noticias internacionales. Es uno de esos platillos que se engullen rápido y aunque no haya mucho interés en los chícharos uno termina comiéndoselos. También es un platillo donde hay un par de filetes de res crudos, con moho verdoso en las orillas y aunque nadie comería eso, despierta una curiosidad que me hace tragar sin discriminación y aquello entra a mi boca, estómago e intestino.

[narcos, coqueto, cadáver, mota, mochas, basura, desfigurado, explosión, espermatozoides, mataron, acrobacia erótica, golpes, emboscada, leche del hombre, triunfo, propasarse, ataúd, estampado, camiseta mojada, víctima, morderte, acuartelar, bacheo, descomposición, hongo, mamada, embolsado, sexy, infección]

No encontraría las razones para juzgar a alguien que lo lee en el camión o para decirle que no debería de leerlo. La carne cruda podrida que acabo de comer se inquieta en mi barriga e intenta escalar. El resultado de seguirla comiendo durante varios días es un acostumbramiento a su textura y putrefacción. ¿Qué efecto tiene el recurrir tan frecuentemente a estos papeles tan explícitos? ¿Pueden ser mecanismos de sensibilización filosófica, artística, de corte existencial que nos enfrenta a la condición final de nuestras vidas y nos permiten vivir consciente y plenamente?

Por un rato, el metro me recuerda a  Corazón valiente, la película del 95 y la escena del castigo en el que le sacan las tripas a Mel Gibson. Pienso en la guillotina y los espectáculos que daban esas navajas, en los sacrificios humanos de los mexicas, las cabezas y los corazones húmedos,  pienso en el símbolo ultra popular que muchos usan colgado del cuello y que representa nada más y nada menos que un método de tortura antiguo y un cuerpo humano muerto y violentado. ¿Será que todos gustamos de una corta dosis de muerte, sangre y erotismo?

El metro también me hace recordar las noticias de la televisión, la poca diferencia que hay entre un medio y otro, entre las imágenes y perspectivas que muestran, el poco valor crítico sobre los hechos y la sobre exposición a la violencia.

El metro parece que me entiende y sabe que me gusta mirar culos y tetas, y las imprime en buena calidad para que no las extrañe cuando en la vida real se escondan bajo pedazos de tela y vayan adjuntas a mujeres. Ayer escuché esta frase en un compañero «¿Está mal que admire los culos de las mujeres?».

El metro me recuerda al Chocotorro, un producto más. Artificio, no necesidad, alto contenido calórico y energético y poco valor nutricional. Un objeto más en el Oxxo, bueno para llamar la atención pero que aporta poco y que, si dejáramos de consumir,  nada malo sucedería. Por el contrario, probablemente empezaríamos a comer frutas y esas cosas, si no es que antes nos seduce un Chocorrol invitándonos a probar su rico relleno de piña y crema.

Puede que no haya encontrado un argumento que me dé la razón en un duelo de palabras sobre el daño que creo que representa tal publicación. No tengo argumento para decirle al señor y la señora que lo disfrutan que dejen de hacerlo. Lo único que tengo al final de este texto es un gesto que resultó de observar la fotografía de la portada y que es mi razón personal para no regresar a estas páginas ligeras: El motociclista tirado en la calle, sangrado y medio tapado con una sábana se parece mucho a mi primo Luis. La muchacha nalgona tiene unos ojos parecidos a los de mi hermana. Y toda la publicación cobra otro sentido.