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Divague: Revista de ensayo literario | Cortos domingos de largas reflexiones

Cortos domingos de largas reflexiones

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Por Nadia Galina

Sucedió el domingo. Apenas comenzaba el juego cuando Hannes paró la pelota y preguntó si todos conocíamos bien las reglas del streetball. ¡Por favor! ¡Unos chamaquitos jugando en la calle! La mitad de nosotros ni nos conocíamos y, además, ¡qué íbamos a saber de reglas del streetball! Sólo queríamos jugar y divertirnos para distraernos, pronto sería de noche y luego llegaría el lunes otra maldita vez. (¡Chingados! Cómo se van acortando los fines de semana con los años…).

Hannes comenzó a explicarnos las reglas en un inglés con acento alemán: cada vez que alguien anota una canasta, el equipo contrario es el que saca; antes de tratar de encestar, la bola tiene que haber tocado la zona fuera de la línea de seis metros (la línea semicircular). Eso era todo. Esencialmente, una vez que le arrebatabas la bola al equipo contrario, no podías simplemente encestar sino que tenías que sacar la bola del semicírculo y luego volver a entrar al área para tratar de encestar. (Luego me enteré de que estas reglas son de una variante germana de baloncesto callejero llamada lucky loser).

En los primeros veinte minutos de juego todos rompimos las reglas al menos una vez, no sin enojarnos y hacer berrinche por las nuevas reglas impuestas por el niño bonito. Después de un glorioso intento de robarle la bola a alguien, seguido de una canasta perfecta, resultaba que el tiro no valía, ya que la bola no había salido del área. ¡Demonios! No obstante, a la media hora ya nos habíamos adaptado, y, además, nos habíamos percatado de que esas reglas hacían el juego mucho más interesante, sobre todo: más justo. Después de una canasta no estaba todo el equipo bajo el aro listo para la rebatiña rapaz, sino que todos salían del área para comenzar de nuevo fuera de la línea de seis. Parecerá un detalle sin importancia, pero cambió por completo mi gusto por el básquet. Yo soy una chica de estatura baja, y sinceramente siempre me daba miedo ese momento en que todos, bien gandayas, se amontonaban para ganar la pelota con tanta violencia, característica de los montoneros bullys mexicanos (en grupo son bien machitos). Si buscara violencia, mejor jugaría rugby.

Me parece que los mexicanos recapacitamos poco sobre las reglas. Pensamos que sólo se nos imponen para controlarnos, pero no que deberíamos exigir reglas que aseguraran que todos tengamos el derecho a hacer un saque libre, sin abusivos merodeando a ver qué provecho obtienen del esfuerzo del que tiene el turno, sin hacer uso de la opresión o la violencia. Al que reconoce el verdadero esfuerzo ajeno lo tachamos de «adulador»; y por otro lado, vanagloriamos a los engreídos, cortos de entendimiento, que logran reconocimiento o admiración mediante la práctica activa de su idiocia no diagnosticada.

Damos por hecho que hay quien puede hacer un saque desde un punto privilegiado por «derecho divino», por el «estado de derecho» o porque «dios le dio licencia»; que hay quien tiene que sacar con todas las de perder porque «esa es su cruz» o ¡yo qué sé!

Este domingo, un juego de básquet me lleva a la conclusión de que son reglas lo que les falta a nuestros niños. No de esas reglas prohibitivas o condicionales como «Si haces la tarea, te llevo al parque»; unos llaman a eso «negociar con sus hijos», yo lo llamo «no me toques las pelotas». El escuincle tiene que hacer la tarea, ésa es su obligación, y tú lo tienes que llevar al parque, ésa es tu obligación. Si no van a cumplir gozosos sus obligaciones de padres, ¿para qué se aparean? Las reglas de las que carecen son reglas de empoderamiento, reglas como: «Hagas lo que hagas, siempre debes de practicarlo con un sentimiento de justicia», o «Todo empieza y termina con respeto al prójimo», reglas infalibles de Funakoshi sensei que respaldan la exigencia de un fair play.

Bien dicen que los niños que conocen artes marciales no andan buscando pleitos con quien no sabe pelear, quizás porque las principales reglas de las artes marciales modernas es que no se practican sin motivo o con personas que no las conocen; además, no sólo se practican en el dojo, sino que se llevan a todos los ámbitos de la vida. Creo que no tiene sentido vencer a un brabucón peleonero que no conoce las enseñanzas de un sensei; ahora que, si el brabucón lanza el primer golpe, habrá que ponerle una buena… instrucción.

Y es que, en teoría, con el establecimiento de reglas se podría eliminar, automáticamente y desde el inconsciente, la desigualdad. Si las mismas reglas nos rigen a todos, entonces todos somos iguales; y no normativamente iguales, sino con igual derecho a la diversidad. A menos, claro, que las reglas estipuladas fueran reglas fascistas; reglas especiales que favorecieran sólo a testigos de Jehová o a los pansexuales o a los ambidiestros. Y es por ello que, para crear reglamentos, propongo las siguientes reglas:

Ninguna regla debe de favorecer a un individuo o a algún grupo. Es decir, ninguna regla debe respaldar la discriminación, la tiranía, el abuso o la explotación.

El incumplimiento de esta regla puede llevar a falsas ideologías normativas, ya que si se favorece a un grupo, entonces ese grupo se convierte en falsa norma, es decir: si, por ejemplo, una de las reglas llegara a favorecer solamente a los individuos que cuentan con 32 dientes, entonces surgiría una ideología normativa en la que sólo los individuos con dicha cantidad de dientes podrían participar en los actos de sociedad. Por consiguiente, niños, personas adultas, yo, entre otros, seríamos parte de una mayoría poblacional regida, discriminada y quizás hasta oprimida por la minoría dominante. Y eso no es todo, sino que a partir de ello se desarrollarían mil complejos sociales como para reality shows de esa realidad dominada por los 32 dentados: «Mi hijo tiene la mandíbula muy pequeña y su padre aún no lo sabe», «Me enamoré de alguien con sólo 27 dientes». Toda una sociedad girando en torno a la industria de implantes molares: cirujanos maxilofaciales con emporios odontológicos y ocupando lugares en el senado, una mafia de extracción de dientes y de dentaduras postizas. Masas y masas de personas viviendo en las orillas de las ciudades, marginados: unos por tener sólo veinticuatro dientes, como yo; otros, con sabe qué infelices destinos. Todos reinados por la discriminación dental. ¡Qué pesadilla! Así que no podemos permitir el incumplimiento de la primera regla de redacción de reglamentos.

Absolutamente todas las reglas se aplican a todos por igual sin importar su edad, género, color, especie, preferencia sexual, religión, procedencia, aspiraciones, etc.

Es más o menos lo mismo que la primera regla, pero redactada de otra manera con la esperanza de que haya menos cabida al incumplimiento. Vestigios del derecho romano.

Y un reglamento así no llevaría al temido comunismo. Los comunismos ruso, chino y cubano fueron relativamente equitativos y sumamente normativos. Era la norma, casi para todos, ser famélico y tener que hacer inmensas colas para la comida. Lo que yo propongo lleva más hacia un Juarismo Budista: El respeto al derecho ajeno es la paz, y a la vez, la paz viene de adentro y no se busca en el exterior. ¡Alto a los privilegios! Éstos llevan a los complejos y a la norma, que buscan alivio en la explotación y la opresión.

Por más que lo intento, no comprendo cómo no nos damos cuenta de que carecemos de una normatividad igualitaria; en cambio, tenemos muy bien inculcadas esas reglas fascistas. Instituciones, grupos o individuos tienen autorización para explotar y abusar de otros grupos o individuos como consecuencia de su edad, género, color, especie, preferencia sexual, religión u origen. Los políticos abusan de sus ciudadanos, la iglesia rige sobre el cuerpo y la psique de sus feligreses, el ser humano se cree capaz de disponer de la vida de otras especies, unos quieren tener poder sobre los gustos de otros.

¿Quién concedió ese derecho? ¿Qué tipo de autoridad otorga ese privilegio? ¿Qué nazi acomplejado puso esas reglas?

En fin, a tan sólo unas horas de que comience una nueva semana, me voy satisfecha a la cama después de este gran partido. Ganadores y perdedores, todos nos despedimos con la sensación de que habíamos jugado fenomenalmente. Todos nos vamos a casa con la idea de que es posible tomar la pelota, detener el juego y exigir un fair play.