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Divague: Revista de ensayo literario | Complicado

Complicado

Complicado

Sin título, de la serie “Personajes contemporáneos”, técnica mixta sobre MDF, 60×40 cm, de Daniel Neufeld.

Por Beraud

Un libro más. Otro. Otro más. A veces tengo que empuñar de cinco o seis, acomodarlos en la caja que les corresponde; cosa de optimizar el espacio. Sí, comienza la mudanza hormiga, esa que a cualquier persona, incluso a los más compulsivos, le arde en la rutina. No hay nada más tedioso que colocar cada una de las pertenencias dentro de contenedores. Claro, las que caben.

Durante el compás que se desarrolla al vaivén del ir y venir de mis manos ocupadas, vienen a mi mente desde la psique de la especie humana aquellos momentos en los que debíamos andar en grupo por la praderas —ya habíamos bajado de los árboles, según dicen— en busca de alimento y, más importante aún, dónde poder pasar los días y las noches que el buen tiempo nos permitiera, además de cargar con las pertenencias, pocas, propias de la cacería y la guarida.

No había más que cubrir las necesidades básicas, el ambiente nos proveería del resto: leña para la fogata; una buena sombra debajo de un árbol solitario; algún riachuelo que saciara nuestra sed. Suena simple y se antoja, por la sencilla razón de la carencia cómoda. Hay que ver, en estos días, cuántas cosas puede uno tener —desde una perspectiva— optimista—.

Debemos sumar a ello la grandiosa aventura que es conseguir los contenedores. Vaya que llegamos a utilizar hasta el último centavo que se pueda obtener del artículo que, a simple vista, es innecesario. No es el caso. Una caja de cartón, en el mercado sobreexplotado del negocio que nos da por llamar «tiendita de la esquina» aunque no se encuentre en dicha geografía, fluctúa entre los diez y quince pesos; no depende de la oferta y la demanda, si no de la longitud y curva del colmillo del buen ciudadano llamado por la colectividad «tendero». Diez pesos es el caso, que deben ser aprovechados al máximo, algunas veces con el asombroso milagro de la Cinta Canela que tanto bien les hace cuando no han sido tratadas por las mejores y más habilidosas manos. Ya se tienen. De una u otra manera habrá que darles una buena rehabilitación; es menester volverlas útiles en poco tiempo, aunque su vida sea efímera.

Uno de los pasos de la movilidad, obligada la mayoría de las veces, es obtener un espacio que nos permita realizar nuestras actividades rutinarias, muy humanas todas ellas, y que no pueden ser llevadas a cabo en plena calle, no si se quiere ser tomado en serio por la sociedad; es lo primordial. Es decir, tener una casa o un departamento, en el peor de los casos un cuarto, es de suma importancia para la especie humana. Cuatro paredes son el mínimo requerimiento para llegar, después de un arduo día de trabajo, y descansar a pierna suelta.

Aquí una de las complicaciones, de las primeras, pues mucha gente sugiere (muy típico de los tapatíos) que adquieras en una transacción de compra-venta una casa: «Así ya tienes tu casita», con cierto tono bondadoso, amable, de alguien cuya edad le otorga el sagrado derecho de aconsejarte sabiamente, situación que acabará con tus complicaciones. Parece que por momentos olvidan que no se trata de comprar una bolsa de pan dulce, cosa ya de por sí difícil en este mundo industrializado.

Sí, es una opción ideal; eso, pues al ver las posibilidades que tienes y que te ofrecen es rápidamente descartable. De esta manera llega uno al terreno poco entendido de las inmobiliarias y los arrendadores, con las particularidades propias del siglo XX. En otras palabras, es aquí donde uno da cuenta fidedigna de la existencia inexplicable de la división económica de la ciudad. Sí, en Guadalajara, la Calzada Independencia es aún el eje que parte por la mitad el poder y el tener, como en aquellos tiempos en los que personas y animales eran detenidos y tratados por igual, revisados y espulgados antes de permitirles acercarse a los lugares y a la gente civilizada.La diversidad de costos, espacios y maneras se vuelve un mapa de posibilidades lejanas y cercanas, reales e irreales.

Vaya creación del mundo moderno, esta propiedad privada que te distancia de obligaciones y placeres. Aquella comunidad que andaba incesante a través de pastizales, bosques y desiertos, no tenía más que seguir su caminar para llegar a su destino, cualesquiera, para disfrutar del espacio elegido. Acaso se encontraban con tribus un tanto más violentas que les exigían derramar sangre para ganarse el derecho de pisar la misma tierra y respirar el mismo aire; pero, ¿dinero? Bueno, cosa de elegir. Es posible que más de algún aguerrido tomara por válida la opción y se batiera en combate; se supone que el jefe de la comunidad estaba para eso —y otras tantas cosas—. Quizá fue el momento en que surgió la «presión social». Digamos que sucumbió ante ella y ganó. Se establecen y se vuelven los nuevos vecinos.

He terminado de empacar los libros. La ropa, lo siguiente, es lo más sencillo. Si está planchada, como las camisas —hay quienes planchan hasta los calzones— es cosa de mantenerla en su respectivo gancho y sólo introducirla en grupo dentro de una bolsa; consejo de una amiga que ha elegido el sedentarismo. La mayor parte de mis prendas es impresentable en lo que se refiere a las arrugas permitidas por la alta sociedad, cuyos miembros son los únicos atrevidos para mirarlas y casi contarlas; les gusta incomodarlo a uno, es, a decir verdad, su pasatiempo. Una vez doblada y redoblada, la ropa ocupa un ínfimo espacio, una mochila de viajero para ser precisos.

¿Acaso antes, muy antes, antaño, era necesario doblar con perfección matemática las prendas que debían cargar consigo para llegar al próximo punto en la inmensa superficie terrestre? No veo, o quizá no quiero ver a la gente arrodillarse al filo de su piel de animal grande para doblar con tranquilidad la coberturas propias y de los congéneres. Si se piensa que debían asistir en su próxima parada a un recibimiento diplomático, es posible imaginarlo. Sin embargo, si se trataba sólo de desplazarse unos cuantos kilómetros, la presencia de arrugas y su cantidad era lo de menos.

Tal vez no. El macho alfa, el jefe de la tribu, de la comunidad, debía poner reglas y límites para mantener a raya a cualquier librepensador que se atreviera a inferir que existen otras maneras más relajadas. Si de prendas se trataba, tenía que ser más estricto aún, no podía permitir que su comunidad pareciera desaliñada, desatenta, desgarbada. Había muchas y varias especies como para darse el lujo de pasar desapercibido. Así que, por supuesto era necesario arrodillarse, doblar con mucho cuidado aquellas pieles, respetar aquellos pliegues propios del animal que cedió su recubrimiento natural.

Era preciso, también, así lo presumo, que se colocara en el orden que evitara retrasos en las actividades de cada integrante de la agrupación. Claro, se acerca un tigre dientes de sable —es un supuesto, no se pongan quisquillosos— y el jefe, al igual que sus subordinados, deben vestir la mejor gala de guerreros defensores del pueblo. La imagen de la defensa debe perdurar en la mente de todos y cada uno de los protegidos. No puede tomarse con indiferencia ser defendido por alguien que viste un taparrabos; una casaca hecha al talle le da presencia a cualquiera.

El testimonio oral, esa bonita tradición que tiende a aumentar las cosas en fondo y forma, podría quedar en el olvido si el jefe y sus guerreros son tan descuidados como para salir al encuentro de la amenaza con sólo una pequeña prenda que les tape aquello que puede no ser olvidado. Ni modo, se ha hecho desde tiempos ancestrales y no seré yo quien rompa las tradiciones de los que poblaron por vez primera la misma tierra que piso día a día, con algunos cambios por supuesto.

Libros y ropa están en su lugar. A seguir, los muebles, el peso en su esplendor. Uno por vez, tampoco es que haya que cargar más de una cosa por mano; aunque, si se tiene dicha fuerza o habilidad, es recomendable que sea aprovechada al máximo; eso reduce los tiempos de establecimiento que desde el inicio se planearon. Quizá debió usarse la misma aptitud al momento de empacar y cargar las cosas para realizar el movimiento. Afortunadamente ya he liberado a cada estructura de sus respectivos contenidos; eso ya está en cajas. Un flete es lo más conveniente cuando se cuenta con pocas posibilidades de llenar una superficie construida. Un par de libreros, escritorio, electrodomésticos y el colchón que un perfecto desconocido para mí tuvo a bien haber inventado.

¿Qué podrían haber necesitado guardar en aquellos tiempos? Sus lanzas podían recargarse en cualquier estructura vertical, si se deseaba que luciera ante los demás, que es lo más seguro; todo en esta vida se trata de lucir lanzas. Los más humildes preferían dejar la suya en el suelo y dedicarse a lo que tenían que dedicarse, no sé, dormir, comer. Vaya rutina. Los trastos tal vez sí necesitaban de algún ingenioso invento que los sostuviera a una distancia de la tierra y las hierbas. Debían ser, supongo, de fácil armado y desarmado. De otra manera estaban condenados a ser abandonados, la competencia entre «iguales» se complicaba, no había espacio ni tiempo para salir corriendo con la utilería a rastras. Es posible que también las cazuelas fueran olvidadas. Insisto, lo primero es protegerse uno mismo (al menos eso parece que quiere decir el tan conocido instinto de autoconservación); ¡ay de aquellas que debían llevar consigo al fruto de su vientre! Ellas mismas debían olvidar, con todo y lo práctico que pudieron ser aquellos fabulosos inventos. Ahora no, no en esta actualidad, en la que se prefiere lo bien hecho, de buen material, prácticamente indestructible.

«Antes se hacían bien las cosas» es una expresión que toma distintos significados si el «antes» se define con algunos dígitos. Pero, ni modo, hay que cargar con ellos, son necesarios para evitar que las pertenencias se dañen con el tiempo, porque el tiempo es muy dañino. Busco y encuentro a la persona con el vehículo adecuado, que ya he contratado antes, y llevo mi mobiliario a su nuevo espacio.

Está todo listo, empacado, encintado, etiquetado. Emprendo el viaje hacia mi nueva morada. Sonrío al abrir la puerta. Se respira el aire viciado de una habitación que ha estado cerrada por tiempo suficiente para que no sobreviva ningún incauto. Lleno mis pulmones de polvo guardado por semanas, quizá meses. La sensación de novedad dura sólo un momento. Debo descargar, con la ayuda del fletero amable, todo aquello que con tanto ahínco y esfuerzo puse en cajas y bolsas. Una vez dentro del lugar que habré de habitar, el enfado vuelve. Como quisiera ser jefe de una tribu para dar las indicaciones, las órdenes a quienes deben por obligación natural, casi divina, acomodar todo en su precisa ubicación. Intento, de verdad intento imaginar a aquel gran cazador con sus pertenencias a cuestas. No puedo, es difícil traer a mi mente la imagen de quien protege a su gente con las manos ocupadas de pieles y bultos. Trasladarse ha sido siempre tan complicado…